Vestigium
¿Quién es el paciente?
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
27 de Julio de 2010


El acto médico es un encuentro interpersonal. Este hecho acontece –con excepciones- entre dos seres humanos, independientemente del altísimo nivel de intermediación tecnológica actual y de la atención masiva y fugaz, carente de nombres propios, de las que la colectivización de la atención sanitaria presta miles de ejemplos diarios. A pesar de lo fugaz y aparentemente impersonal (exámenes radiológicos masivos, otras pruebas diagnósticas como endoscopias o pruebas funcionales, el cuidado del paciente crítico en las UCI atendidas por turnos de profesionales de alto nivel de especialización que necesariamente trabajan en equipo), es innegable el carácter personal de este encuentro, entre el enfermo y el profesional que lo ayuda en su condición de necesidad. El paciente –quien padece- tiene el carácter intrínseco de persona y es tratado por personas.

Parecen estar en contra de lo personal algunas de las amenazas de un mundo globalizado: procesos unificados, sistemas que parecen privilegiar los temas de la economía y la facturación y que dejan de lado lo realmente clínico, normas administrativas que permiten e imponen reconocidas realidades negativas en lo que toca a la salud: selección adversa, manipulación de información con criterios de beneficio particular, exclusiones.

A veces parece que el acto médico se redujera a un trámite de carácter administrativo entre un usuario-cliente que impone exigencias según su deseo e interés en un entorno de marketing y de penosísima judicialización de la medicina. Es el peso de una hipertrófica “autonomía” del “usuario-cliente”, cuyas demandas se convierten en asunto de negociación; “te doy mi dinero, te exijo los resultados”. Aparece una dinámica de conflicto como natural consecuencia de un sistema que ha asimilado erróneamente la mutua desconfianza y el miedo como motor de las relaciones humanas. Esto está habilidosamente oculto bajo slogans como “calidad total” y “satisfacción del cliente”.

Cabe anotar que las preferencias del usuario, su satisfacción y subjetivismo, pueden ser despeñaderos de egoísmo y arbitrariedad. Muy especialmente vale esto para un mundo que erróneamente tiende a presentar el consumismo de bienes y servicios como “atención sanitaria”: la salud no es meramente objeto de consumo. Puede serlo, ciertamente, la intermediación tecnológica en algunos de sus aspectos, y ello puede no beneficiar al enfermo. Existe la iatrogenia, como siempre, y ahora tal vez, en mayor medida.

Al analizar el hecho de enfermar merecen ser consideradas múltiples facetas que expresan una concreta realidad y trayectoria existencial-personal del enfermo: es el “relato pato-biográfico a que se refiere Laín Entralgo con sus aspectos: 1. etiológico, 2. morfológico, 3. funcional, 4. personal, 5 situacional-biográfico: vida, casa, trabajo, familia, sociedad.

Estos aspectos hacen referencia a personas concretas, no a los números fríos de una lista de millones de clientes, ni a las vertiginosas señales electrónicas de una pantalla de computador, sea este el de una oficina de contabilidad o de un monitor de variables cardiovasculares.

La salud contiene algo más que dogmas de mercado libre, algo más que intromisión de la normatividad estatal en la intimidad de cada ciudadano -expresión inaceptable de totalitarismo-, algo más que exclusiva función de un estado miliciano que obligue a todos a portar la misma camiseta de color rojo… La salud comporta también algo más que inicuas normatividades que favorecen determinados “actores” e intereses de grupos como conglomerados económicos, vendedores o distribuidores de tecnología, mercadotecnistas, o facciones de activismo ideológico como los abortistas o los activistas de la eutanasia como supuesto “derecho”.

El paciente es un “quién”. Una realidad humana de carácter biográfico. En cada uno está patente el misterio del ser humano, su modo de afrontar y descubrir el sentido del sufrimiento. Son profundos los alcances de la implicación existencial del hecho de enfermar. Ello afecta todas las esferas, vida personal, familiar, laboral, social. Es algo más que danza tecnológica, que temas de facturación, que pretensiones de satisfacción de compradores o de relaciones cliente-proveedor. Entendido así –en términos apenas contractuales- el acto médico se aproximaría el más deshumanizado, negativo y patético escenario de juegos de intereses económicos y jurídicos, de conflictos, entre anónimos protagonistas de un drama de desconfianza y de búsqueda de provecho mutuo.