Vestigium
La salud como equilibrio
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
16 de Febrero de 2010


Desde la Grecia clásica nos han llegado las ideas más fundamentales. Los pensadores y poetas griegos supieron inmortalizarse y convertirse en clásicos porque refirieron en términos bellos, válidos para toda época, las verdades fundamentales que tocan a cada ser humano.

Quien quiera puede aproximarse a las dudas de Edipo, a las arbitrariedades de Creonte, a las convicciones de Antígona: cada uno de estos protagonistas muestra algo esencial del alma de todo ser humano, su capacidad de grandeza o de mezquindad.

Hace unos veinticinco siglos un médico griego, Alcmeón de Crotona, entendió la salud como lo que es: “equilibrio de potencias”; se refirió al bien de la salud de cada paciente como una adecuada y proporcionada mezcla de cualidades.

Para la mentalidad cuantitativa del siglo XIX vendría bien la afirmación del gran Claude Bernard: existe una “homeostasis”, existe un “medio interior” en el armónico funcionamiento bioquímico de los órganos. Tanto Alcmeón, como Bernard, se referían a la salud. Esto es importante para ser tenido en cuenta, ahora que se habla tanto de poder, de influencias y de dinero y se cree estar hablando de salud.

Cabe también hacer una corta anotación sobre lo que no es la salud. No se puede dejar de recordar que los componentes para que este bien exista han sido amplísimamente conocidos desde hace generaciones. Entre los factores determinantes de la salud se hallan: nivel de educación de una nación o comunidad, disponibilidad de agua potable y de saneamiento básico, condiciones dignas de vivienda, nivel de empleo y desarrollo laboral acorde con las aspiraciones humanas, integridad y funcionalidad de la estructura familiar y de los procesos de interacción social, y también, por supuesto, pero no en primer lugar, acceso (oportunidad, disponibilidad) a los diversos niveles de atención médica. Para los efectos más importantes –en lo numérico- son básicos los niveles primarios de atención médica. Para efectos de complicaciones, enfermedades crónicas degenerativas, y mayor nivel de complejidad, tienen innegable importancia los servicios de creciente tecnología médica. Es claro que la “tecnología médica”, con los colosales costos que acarrea, no es “salud”, es uno de sus componentes.

El pensador español, don Pedro Laín Entralgo, se refiere repetidamente a la concepción de la historia clínica como “relato pato-biográfico”. Es que el hecho de padecer una enfermedad, es un acontecimiento biográfico, existencial. En el acto médico, un encuentro entre dos personas, con sus fases de anamnesis, diagnóstico, terapéutica y seguimiento, tiene lugar –evidente cuando se entiende en términos individuales lo que sucede con la salud- la prueba de la medida de cómo el hecho de enfermar tiene significados en el curso vital particular, en el impacto del tiempo personal, en la dimensión personal íntima (vida, casa, familia, trabajo, sociedad).

La salud está relacionada con un bien fundamental, de carácter existencial. Está relacionada con un “equilibrio de potencias”, con el desarrollo de un proyecto existencial. Con el significado personal e íntimo que con que cada uno de nosotros afronta las contingencias y limitaciones propias de esta realidad corporal que nos constituye parcialmente.

La salud no es solamente una puja de dineros, de poderes, de normas inextricables, de protagonismos, de sindicatos, de banqueros. O de individuos e instituciones que manejan los hilos del poder y que dicen impunemente que lo hacen de modo “claro y transparente”, como si fueran inocentes vasos de agua pura. Hemos perdido esa inocencia, pues con excesiva frecuencia denominamos “salud” a algo que no lo es.