Editorial

Time cuestiona a internet
25 de Agosto de 2016


Pone la responsabilidad de la pobreza del debate en las redes sociales y la Internet, pero es superficial al preguntarse sobre los sujetos que suplantan, mienten y atacan.

El vigésimoquinto aniversario de apertura al acceso a los contenidos publicados en internet y la celebración del Día del Internauta, cumplidos el pasado martes 23 de agosto, ambientaron las discusiones sobre la red global iniciadas por la revista Time que abrió con el combativo artículo Cómo los trolls están arruinando internet  (disponible en goo.gl/Zb4Fkk), colaboración de Joel Stein a la que dedica su portada de la última edición. Fundada en 1923, esa revista tiene el propósito de influir definiendo los personajes o las tendencias que la opinión pública debiera privilegiar. 


La frustración enmarca un artículo que recuerda con nostalgia las expectativas de los tempranos años noventa, cuando los académicos y científicos avistaron la World Wide Web como una renacida Biblioteca de Alejandría, pero sin molestos bibliotecarios que seleccionaran las obras dignas de llegar a los anaqueles, además de libre de límites de dinero o espacio para incluir en ella todo el saber sabido por la ciencia y creado por las artes. “Una vez, dice el articulista, (internet) fue un geek (gomoso informático) con altos ideales sobre la libre circulación de información”. Lo que fue esperanza, hoy es presentado como frustración, que el autor recoge en una efectista metáfora: “Hoy, si usted publica que está luchando contra la depresión aparecerán quienes tratarán de provocarlo para que se quite la vida”.  Sin profundizar en un problema que conoce bien en tanto es periodista, el autor muestra el griterío en que deriva un entorno donde todos hablan confundiendo la libre expresión, como derecho a ofrecer argumentos en la vida pública, con la garantía a decir lo que se les ocurra sin hacerse cargo de la validez del contenido y del cuidado de la forma, que son las cualidades que siempre debe proteger el editor en medios de comunicación digitales y tradicionales.


La metáfora del suicidio muestra al público convertido en emisor que se engolosina con la potencia que adquiere su voz, por lo general subjetiva y simplista, cuando es amplificada en el imaginado universo de la internet. Como ejemplo basta la respuesta de un tuitero a la publicación de Time: “Internet ha acabado con la capacidad que tiene la izquierda para adoctrinar fácilmente al público”. Hasta el dominio de las redes sociales, se entristece la revista, los discursos públicos eran formados por doctrinantes académicos, exigidos a probar sus tesis mediante demostraciones científicas, y por los activistas, responsables de transparencia en la expresión de su causa. Hoy, esas visiones colectivas son propuestas por trogloditas que usan la palabra como garrote que amedrenta, y la revista recoge múltiples casos de líderes de opinión que renunciaron a esas redes, pero también por falsarios que se valen del anonimato inevitable, tan parecido a las despreciables capuchas de los terroristas, para fabricar falsas visiones, los más ingenuos, o inventar campos de batalla en los que la victoria es la ausencia del argumento.


Time es propiedad de Ted Turner, quien puede calificarse como semejante a Donald Trump porque ambos convirtieron los pequeños negocios de sus familias (en medios de comunicación los Turner y en inmobiliarias los del candidato) en multimillonarias firmas que les dieron prestigio y poder. Tras esa identidad, quedan múltiples diferencias, siendo notables las de filiación ideológica y política, así como la de su solidez conceptual. Esta diferencia queda en el centro de la discusión a propósito de la tesis mediante la cual el autor identifica a los votantes de Trump con los trolls que han emergido en la red, a partir de una amplia caracterización en la que reconoce al candidato y a los sujetos en redes sociales como incapaces de evaluar el sentido de sus expresiones, efectistas apegados a estadísticas de visitas o repeticiones y, a consecuencia de esto, incoherentes listos a recoger expresiones molestas.


Con perspectiva próxima a Marshall McLuhan, autor clásico de la comunicología, la revista pone la responsabilidad de la pobreza del debate en las redes sociales y la Internet, pero es superficial al preguntarse sobre los sujetos que suplantan, mienten y atacan protegidos por la invisibilidad, e interrogarse sobre sus formadores, especialmente escuelas y medios de comunicación dedicados a crear contenidos para sus espectadores mientras olvidan, o desconocen, facilitar la formación de habilidades para la ciudadanía y su participación en la vida pública.