Editorial


Obama en Cuba
20 de Marzo de 2016


Tal intervención permitirá demostrar si el presidente Obama no sometió su voz a la aprobación, vigilancia o censura de régimen de los Castro.

Como el pasado 23 de septiembre lo hizo Juan Manuel Santos, Barack Obama llega hoy a La Habana con el propósito de estrechar la mano de quienes han combatido a sus pueblos, el colombiano o el estadounidense, “usando todos los medios de lucha” para violar los derechos humanos de sus contradictores y tratar de destruir los valores republicanos caros a ambas naciones. Amparados en sus imágenes de pragmáticos gobernantes posguerra fría, los presidentes de Estados Unidos y Colombia se apuran a pasar las páginas que encontraron escritas, y a hacerlo antes de que el sol de sus mandatos se les oculte definitivamente.


Atentos a inspiraciones en que los acompañan algunos copartidarios, como Jimmy Carter a Obama o su bancada parlamentaria a Santos, los presidentes dan poco valor a la contribución de sus predecesores a la protección de la democracia en América. En proclamas que los comunistas cubanos han hecho propias, Obama ha minimizado las victorias de la política de Estados Unidos y la OEA para contener el impetuoso deseo de Fidel Castro y sus amigos soviéticos, de expandir por todo el continente la revolución cubana. Es lo que, guardadas proporciones, ha hecho el presidente Santos al desestimar (a pesar de él mismo haber participado en ellas) las luchas que miles de colombianos han librado contra grupos subversivos que en determinado momento pusieron en jaque al país, fortalecidos por los jugosos recursos del narcotráfico. Más que acercar con estos gestos a sus interlocutores, estos pasos convierten a los dos presidentes democráticos en buenos objetivos para las presiones de un régimen y una organización criminal tozudos en sus ambiciones y radicalizados en sus actuaciones.


Esta visita de Barack Obama a Cuba pone a prueba su visión sobre las relaciones de Estados Unidos y Cuba. Lo hace en el ámbito interno estadounidense, donde arriesga a que esta actuación fije la memoria de su gobierno tanto como lo hizo la política frente a la Unión Soviética para Ronald Reagan, quien salió avante en su empeño; ello, además del impacto de su acción en la elección de su sucesor. En el campo de las relaciones de Estados Unidos con el castrismo, la visita demostrará la capacidad de Obama para recordarle a los dictadores que los valores de la democracia y la libertad, en los que tengan cabida nuevas opciones de gobierno, capaces y transparentes, son condición necesaria para que la reconexión con la isla caribeña no se convierta en un arrasador tsunami capitalista que reanime el discurso antinorteamericano de los Castro.


A diferencia de las galanterías que ofrecen quienes esperan recomponer relaciones resquebrajadas, el régimen cubano recibe a su huésped con diciente presentación de armas: el editorial de Granma, periódico oficial del comunismo y la dictadura, insiste en presentar las nuevas relaciones como una victoria del Castrismo sobre la democracia estadounidense, que vuelven a vilipendiar. Desde tal visión, exigen “que se levante el bloqueo económico, comercial y financiero, que provoca privaciones al pueblo cubano”. Demuestran así los libelistas su desconocimiento de las reglas básicas de la democracia, principalmente la de que en las repúblicas democráticas los presidentes no pueden imponer exigencias a congresos que, como ellos, tienen origen en la competencia entre partidos políticos. Además, y repitiendo lo actuado durante las visitas de los papas Benedicto XVI y Francisco, la dictadura cubana ha anunciado un “apagón virtual”, a la vez censura al pueblo y demostración de la inmensa debilidad de sus telecomunicaciones, así pretenda arroparlo con el manto ideológico de la protección a la soberanía tecnológica. No sería extraño que tal “apagón” coincida con el evento central de esta visita, que será el discurso de Obama en el Gran Teatro de La Habana. Anunciado como la exposición de la agenda del Gobierno de Estados Unidos para la relación con Cuba, tal intervención permitirá ver qué tanto el presidente Obama no sometió su voz a la aprobación, vigilancia o censura de régimen de los Castro, y entonces se atreverá a reclamar, parafraseando a Ronald Reagan, que los Castro permitan votaciones libres en Cuba. Mucho se juega Obama en este viaje y de sus palabras, que seguro serán tema de futuro análisis, podrá inferirse hasta qué punto se dejó imponer un guion preestablecido por los cubanos o logró capitalizar el liderazgo que lleve a buen puerto esta iniciativa cargada de más interrogantes que esperanzas.