Columnistas

El derecho a ser ni駉s
Autor: Alvaro T. L髉ez
24 de Febrero de 2015


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No se puede negar que en Colombia tenemos legislación sobre protección de derechos de la niñez, como en casi ningún lugar de la Tierra, lo cual sería suficiente, si se juntara con los principios universalmente aceptados, para que viviéramos la sociedad más viable, en la que el futuro de la Patria, por la formación que estamos dando a los futuros ciudadanos, este aclarado y asegurado. Desde la fundación del Instituto de Bienestar Familiar y la expedición de la llamada Ley Cecilia, en el decenio de los sesenta, tenemos normatividad suficiente para que nuestros niños y jóvenes se dedicaran exclusivamente a construir desde ellos mismo, la nueva nación. Era una visión futurista de Estado, en el que todos tendríamos la oportunidad de acceder a la educación y el desarrollo.


Pero la Ley sin voluntad, eficiencia y control para ser ejecutada, es letra muerta, solo buenas intenciones de los buenos, desdeñada entre risotadas por los malos. No es suficiente el legislar: nuestros pequeños y jóvenes siguen siendo desatendidos, olvidados y maltratados. Tal vez porque una población formada y culta, desoiga los engañosos discursos de una clase política patética y decadente; tal vez es clase política, en permanente campaña proselitista, desestime cualquier acción en pro de un sector que ni vota ni opina; tal vez porque nadie entiende el valor ciudadano de la educación y formación de la juventud, a los colombianos nos importa muy poco la suerte de nuestros menores. Hay problemas graves en esta materia, pero nadie es responsable.


Ojala el Gobierno pueda poner en cintura a los abusadores, a quienes violentan los derechos de los menores. Es imperativo que la señora ministra, si no ha comenzado a hacerlo, empiece a pensar en cómo hacer de Colombia un verdadero país educado, no copiando modelos de construcciones poco constructivas, sino atendiendo el proceso de formación desde la primera infancia, promoviendo y adoptando mecanismos de protección verdaderamente eficaces para toda la población. No solo hay que intervenir universidades, hay que exigir el reconocimiento de una vida digna para todos. El Ministerio de Educación, es tal vez el más importante por la enorme responsabilidad que tiene, por la sintonía que debe tener con las vocaciones y fortalezas nacionales.


Ninguna agresión debe sufrir un niño. Si fuéramos consientes, una negociación de paz con salvajes guerrilleros o paracos, debería comenzar con la exigencia de respeto por la niñez, porque los niños encarnan la dignidad y el futuro de la Patria. La Iglesia, por ejemplo, mientras se opone a la adopción de menores por parejas de homosexuales, tiene un director universal que recomienda “nalgadas con dignidad” como parte del proceso de educación, como si se pudiera hablar de dignidad en un caso de  claro maltrato. Hay que recapacitar sobre cuántos niños hemos matado en Colombia con nuestra indolencia. Ellos son nuestra responsabilidad, la de todos los colombianos. No es aplicar la justicia penal ante las cámaras, sino proscribir el abuso.