Volver a hacer la ciudad, Presencia de la postmetrópolis

Autor: Darío Ruiz Gómez
16 septiembre de 2019 - 12:05 AM

Para determinar lo que llamaríamos nuestro inmediato futuro es necesario primero conocer nuestra realidad presente, lo que supone la destrucción, por ejemplo, del espacio público, la incorporación de la niñez y juventud a las organizaciones criminales y las nuevas economías que definen la vida social

Medellín

Darío Ruiz Gómez

¿Por qué sabemos tan poco de lo que, en el campo económico, a todos los niveles que tienen que ver con el desarrollo social, se está decidiendo, o, no, sobre el presente y futuro de Medellín, es decir sobre nuestra vida ciudadana? Pero ¿palpando cada día tal como lo hace la ciudadanía la evidencia de estos cambios en el uso de la ciudad; porqué las distintas alcaldías ignoran estos hechos y pretenden desde hace décadas gobernar a Medellín bajo la perspectiva de una ciudad de servicios? ¿Desde la irrupción de la violencia del narcotráfico nos hemos detenido a pensar de qué manera esa violencia modificó y sigue modificando para siempre nuestros usos del espacio público, nuestras relaciones sociales, nuestra escala de valores? No es como podría parecer una mordaza que se impone a los medios de información tal como se hace en una dictadura política para llevar en secreto estas determinaciones dejando por fuera las distintas opiniones de la ciudadanía y negando, por consiguiente, la participación democrática de los distintos estamentos de la ciudad en una toma de modificaciones sobre lo que debe ser el rumbo lógico de la ciudad, pero lo que es cierto es que para determinar lo que llamaríamos nuestro inmediato futuro es necesario primero conocer nuestra realidad presente, lo que supone la destrucción, por ejemplo, del espacio público, la incorporación de la niñez y juventud a las organizaciones criminales y las nuevas economías que definen la vida social, lo cual se presenta de manera contundente como una modificación de la estructura urbana tal como lo demuestra la ofensa que suponen las llamadas “Barreras invisibles”. Pero disimuladamente la mordaza ha existido y sigue existiendo pues lo que Manuel Castells denomina “flujos de información” supone el dominio total por parte de los poderes económicos imperantes, inscritos ahora en la sociedad global, la glocalización, y por lo tanto ajenos, desde ese mercado global donde ya operan sus capitales, a las afugias específicas del ciudadano en la ciudad real y sobre la vida ciudadana pero ante cuya imposición los grupos sociales afectados suelen recurrir a respuestas creativas inmediatas y de una gran capacidad de reacción popular, los dialectos no sólo ya de los adolescentes sino de los distintos grupos a través de los cuales se certifica lo que se ha denominado el regreso a la tribu. La fragmentación inaudita del territorio de la ciudad llega marcada por la presencia de un aumento de los actores en juego en la economía del narcotráfico, del turismo sexual, y por consiguiente con un mayor despliegue de violencia, con la masiva llegada de desplazados y de nuevos habitantes que han escogido Medellín como su nueva ciudad, extranjeros que incorporan inevitablemente otras costumbres, otros usos del espacio. Lo que he llamado creciente tugurización de la ciudad no se debe muchas veces a la presencia de sectores miserables sino a la imposición de tipologías urbanísticas y arquitectónicas que los poderes que ejercen dominio mantienen precisamente, ya que esa espacialidad de callejuelas, pasadizos, arquitecturas inventadas, les permite mantener un registro total de los movimientos de sus diferentes habitantes. Son pues por definición, espacios carcelarios, la ciudad inacabada en territorios donde la especulación urbana, la construcción han pasado a manos de esta economía ya no tan subterránea.

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Pagamos impuestos de rodamiento, el impuesto predial, el impuesto de licores, gracias a cuyo recaudo se logran planificar nuevas vías, nuevos espacios comunitarios, parques, pero las descomunales ganancias de esa “otra economía” y de ese otro poder que ya es gubernativo ¿A dónde van a parar si no pagan impuestos que reviertan en beneficios sobre esas Comunas sometidas y sobre la calidad de vida de niños, de ciudadanos de la tercera edad? ¿Tenemos vocabulario acaso para dar nombre a estas nuevas fuerzas económicas que hoy no solo dominan más de la mitad del territorio tradicional sino que ya pasaron de ejercer su dominio a través de las distintas formas de coacción sobre el ciudadano como las llamadas vacunas, como el diabólico “cuenta gotas”, para dar paso a una autonomía territorial respecto a lo que Michael Davis señaló como gobiernos autónomos, regidos con leyes propias donde las ganancias de estos nuevos grupos de poder son estrambóticas. Aquí es preciso referirse a “ciudades dentro de las ciudades”, a capitales golondrinos. Este desequilibrio del cual la nueva rentabilidad del suelo es dato indicativo de un cambio radical de usos y donde la antigua estructura espacial característica de la economía industrial que correspondió al capitalismo liberal con su concepto del empleo, del uso del tiempo, ha dado paso hoy ante la presencia de estos flujos de información, de redes manipuladas por los nuevos capitales, modas, drogas, turismo sexual al desencajamiento de la espacialidad urbana, del sistema de transportes, de las identidades barriales, natural y lógicamente de los distintos sistemas de comunicación. ¿Dónde ha quedado entonces la ciudad de Olano, la del Plano Regulador? Esta globalización, como señala Castells, frente al uso vital de los espacios que los grupos sociales continúan afirmando como los lugares donde las gentes se encuentran, intercambian experiencias, renuevan la cultura pero abren un interrogante sobre la nueva gobernabilidad que nuestra clase política ni siquiera se ha llegado a plantear. O ¿Es que debemos aceptar que ya se dan cogobiernos?

Es esta complejidad o sea este cambio casi brutal de significados, la que desconoce la anquilosada burocracia municipal encargada de la movilidad en una ciudad que carece de una nueva semántica vial y a cambio ha ido casi que sistemáticamente destruyendo las calles o sea un uso consagrado del espacio público, dejando que la criminalidad se apodere de plazas y parques y establezca de manera abierta sus propias territorialidades, afirme su soberanía. El poder dominante a través de un nuevo nomenclátor trata, caprichosamente, de imponer sus valores dando a calles y plazas nuevos nombres, contrariando la memoria común. Pero a la vez la presencia en las calles de los guardas de tránsito desaparece, abandonando la necesaria pedagogía cívica y dejando que las cámaras, como en un filme de ciencia ficción, se encarguen de la tarea de imponer multas a diestra y siniestra bajo el sistema de terror de una implacable autoridad sin rostro cuando la inseguridad crece de manera alarmante. Vigilar y castigar. Esta Alcaldía se encontró de sopetón con un problema que había sido represado por las alcaldías anteriores y que hoy ha estallado abruptamente ante la mirada de una burocracia impotente para comprender sus alcances demoledores sobre la vida cotidiana. Ya no la violencia del atraco callejero, del asalto a residencias, de la riña sino la violencia programada desde las superestructuras del crimen organizado que la instauran sin que la ley pueda hacerles frente o mejor para demostrar la debilidad de la ley y la justicia. Pensemos en los desastres causados por el desconocimiento de la tecnología adecuada, por las nuevas funciones de un puente, de un intercambio vial, lo que agrava el problema de la movilidad y desacredita disciplinas como el diseño urbano y la ingeniería. Al caos, caos. Lo que quiero señalar es que la autonomía de los distintos territorios en la antigua ciudad ha dado paso sin necesidad de teorías a lo que se ha denominado “Centralidades alternativas” ya que cada Comuna cuenta con el mobiliario, las nuevas tipologías comerciales necesarias ¿Para qué entonces bajar hasta el Centro y bajo cuáles motivaciones si del calendario oficial han desaparecido los eventos cívicos y religiosos que convocaban a la ciudadanía propiciando de esta manera el intercambio social, máxima aspiración en las funciones del espacio público? El desplazamiento de los antiguos habitantes del Centro y de sus barrios aledaños tuvo lugar, quiero recordarlo, cuando en un grave error de la Oficina de Planeación se comenzó a destruir a Guayaquil bajo “razones de tipo estético” olvidando que detrás de las imágenes del tango, de la rumba popular –nuestra primera cultura urbana en Colombia- estaba asentada una sólida economía de comercio, la Plaza de Mercado, depósitos de madera, de materiales, fábricas manufactureras, cantinas, bailaderos, un público popular que se fue apoderando del Centro imponiendo sus códigos particulares. A lo cual hay que agregar la desmembración de la malla urbana a causa del tajo de la Avenida Oriental, de la incapacidad de culminar el rescate de este desastre con un adecuado diseño paisajístico, etc. Igualmente hay que recordar que a raíz del llamado Festival de Ancón las gentes de los barrios populares conocieron el Centro y se quedaron en él hasta hoy, hasta que lenta pero contundentemente el hampa se apoderó del Centro e impuso su violencia, acabó con la cultura de la noche. ¿Cómo hablar desde estos dominios de una nueva vida del Centro? Hay que agregar a este proceso de tugurización el impulso que, seguramente respondiendo a los intereses de los nuevos propietarios del Centro les dio la llamada Oficina de Usos permitiendo que una sola casa se dividiera en tres vulgares negocios, que sobre el espacio de una casa se construyera un feo edificio de vivienda rompiendo descaradamente la escala estética de la calle. ¿Quién podría creer que la calle de Bolivia ocupada hoy por prostíbulos clandestinos, por moteluchos – sí, en donde aparece uno de estos, fue la casa donde Tomás Carrasquilla escribió sus últimas novelas y que debió conservarse como Patrimonio—fue una calle emblemática de la ciudad? Si ni siquiera hoy el concepto de Patrimonio arquitectónico y urbano es claro para nuestros diseñadores urbanos, para nuestros planificadores, el arrasamiento agresivo del patrimonio de la ciudad construida con sus diversas tipologías arquitectónicas, con su poética de los lugares fue entregado al caos, a la delincuencia, a la fealdad. A ese proceso de matar y matar calles persiguiendo los derechos del peatón y causando el más estrambótico caos vial. Se olvidó la ciudad construida para lanzarse a una frenética especulación urbana que saturó el espacio, densificó sin antes haber construido las vías necesarias y terminó por destruir la arquitectura y el urbanismo a causa de un excesivo comercialismo. ¿Cómo definir los alcances de la corrupción bajo este permanente auge del contratismo que no es considerado ya como un delito a castigar? ¿Bajo una economía urbana manipulada por verdaderos clubs de amigos qué opción salvadora podría emprenderse si también la tarea de la Veeduría ciudadana ha desaparecido? ¿Dónde está presente la voluntad de hacer frente con argumentos verdaderos a esta situación inevitable donde la ciudad que conocimos ya ha desaparecido y hoy está sumergida entre los trazos aún desfigurados de otras ciudades caracterizadas por otras costumbres y cuando la vivienda en altura planteada sin planificación alguna ha destruido la vida de barrio, ha desconocido la necesidad del plano de base urbano? ¿Quién habla entonces de Geopolítica o de Hidráulica para plantear la necesaria relación entre geografía e historia, entre costumbres y paisaje, entre la tecnología y los retos de una topografía imposible? ¿Quién está planteando proyectos para reincorporar vialmente al Centro con las periferias dominadas por la precariedad? Vivimos hacinados unos y otros, el caos vial y la contaminación del aire, la violencia de las calles son tan terribles que parecen no corresponder a la idea de ciudad que todavía guardamos con la esperanza de salir de una pesadilla y volver a vivir en una ciudad humana. La ciudad se deshace e incluso las ciudades mueren cuando han desaparecido los valores de solidaridad y convivencia, cuando, como ha recordado Lipovesky ya no hay vecinos y sin éstos la ciudad carece de justificación.

Aceptando lo que salta a la vista y que nadie puede negar, o sea el enfrentamiento que se da hoy entre la búsqueda de una ciudad para la vida del ciudadano y la ferocidad con que los llamados flujos de información del poder económico tratan de jerarquizar la ciudad imponiendo lo que consideran sus valores, una arquitectura de consumo, unos no lugares; la búsqueda de una espacialidad pública más humana, debe partir del reconocimiento de una nueva estructura espacial donde como recuerda Emilio Lledó la ciudad debe volver a ser la continuidad de la casa. Precisamente el análisis de esta situación es la que nos permite darnos cuenta de que los códigos entre los cuales transcurrió nuestra vida, nuestra idea de ciudad alimentada por experiencias imborrables, las cartografías personales de lugares que se han ido aposentando en nuestra intimidad ya sólo quedan en nosotros y por esto mismo se han convertido en un patrimonio inalienable desde el cual podemos enfrentar el caos, la escalada de la violencia, la desaparición del intercambio social porque cuando gracias a esos capitales arrasadores del concepto de sociedad los antiguos conceptos de valores fueron considerados como definitivamente desuetos, resulta hoy ante el vacío que vivimos que precisamente estos valores de amistad, de vida cívica, de creación de una robusta cotidianidad es lo que necesita urgentemente una ciudad arrasada, despojada de sus espacios de convivencia. ¿Es esto pura nostalgia o necesitamos de una nueva lógica urbana que incluya por ejemplo a un protagonista que ha llegado para quedarse, el extranjero, no solamente norteamericano sino venezolano, ruso, inglés, rumano? Es lo que se denomina la Postmetrópolis y su convivencia de signos incorporados por una globalidad que no tiene reversa y es necesario racionalizar espacialmente, reconocer en los nuevos flujos de información para lograr el reconocimiento de los actuales ciudadanos, de la nueva familia surgida de esta ciudad mestiza y oponer al poder económico de las organizaciones delictivas la fuerza silenciosa de los nuevos valores cívicos, la opción de humanidad que esa economía abstracta les niega al someterlos y considerarlos como simples esclavos. ¿Incorporar las nuevas tecnologías de los cables aéreos negándole al transporte su misión esencial de comunicar comunidades aisladas? ¿Seguir negando el verdadero fundamento de la metropolitanización, es decir continuar ensimismados entre fronteras que ya han sido desbordadas y que hoy no pueden concebirse aisladas de las regiones del Norte, Sur, Occidente y Oriente suficientemente conectadas entre sí?

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¿Dónde está el equipo profesional capaz de plantear este urbanismo integrador ya que el principal problema de Medellín radica en el rescate de las áreas cautivas con sus ciudadanos sometidos a poderes nefastos, en receptar con una nueva racionalidad esta necesidad de otra morfología urbana? Recordar que para el peatón no hay espacios vedados, ni fronteras invisibles es comenzar a pensar en una ciudad que pertenece y es generada desde la ciudadanía y para la ciudadanía. Y es plantear el hecho de que rehacer hoy la ciudad es rehacer la presencia de varias ciudades que hasta el momento han permanecido desconocidas unas para otras.

 

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