Nostalgia con pimienta y soledad

Autor: Reinaldo Spitaletta
16 diciembre de 2019 - 12:09 AM

Sobre esas cosas ausentes que duelen con dulzor.

Medellín

Si me mencionás nostalgia puede que me traslade a una vieja sala de cine de la infancia y me ponga a gritar como Tarzán de los Monos, interpretado por Johnny Weissmüller, al que imitábamos, además de su alarido volador de bejucos, con brazadas en los charcos como la Piedrancha y el Búcaro. Si me decís nostalgia es probable que entrecierre los ojos y vuelva a ver la muchacha aquella de las chocolatinas y las mejillas rosadas a la que nunca pude besar, pero de la que siempre me pareció que ambos podíamos filmar una película de adioses y reencuentros gozosos. Si me decís nostalgia, quizá no me toparé con ella en un bolero edulcorado, pero sí en tangos de esquina, de Seeburg y Wurlitzer luminosos, donde se escondían romances (y romanzas) de barrio y un lagrimón en el empedrao.

Rockola Seeburg

Rocola Seeburg

No sé si haya una historia de la nostalgia, que, en Occidente, pudiera venir desde Grecia hasta las más recientes edificaciones de una ciudad como Medellín, en la que ya se suben lomas en patineta y se vuela en bicicletas por barrios planos. Seguro que sí hay alguna, con venusinas y mares de Ulises, con Ítacas y una flecha de Troya. Que incluya algún lugar circular del infierno de Dante. Una historia que involucre las voces de esas muchachas y muchachos que, en las afueras de Florencia, narraban picardías de piel y aconteceres de pestes mortales.

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Si me decís nostalgia puede ser que me hagás devolver hasta las historias de Verne y Salgari, a los relatos fantásticos sobre aparecidos y otros fantasmas de mamá, a los partidos de fútbol con pelota de “carey” en una calle infinita… No estoy seguro de lo que se siente cuando alguien pronuncia esa palabra de pasado griego y que tiene que ver con el retorno de un dolor. Dolor de ausencia. Dolor de lo que se ha ido. Un dolor dulce por lo que fue y ya no será más. Es, no sé a quién se lo escuché, un vacío agridulce, un sangrar placentero, como la prosa de Proust. O como lo que se siente después de leer, por ejemplo, El café de la juventud perdida.

Me da esa sensación de pérdida revuelta con un devolverse, como un flashback de cine, a recorrer lo ya recorrido y que, por mucho que se desee, no se podrá volverlo a caminar. Sí, como en ese valsecito Bajo un cielo de estrellas: “Mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”. Un imposible. Pero que puede ser parte de un sueño, de una aspiración. Y para allá vamos, a decir que cuando me hablan de nostalgia, a veces con tonos despectivos, o con aires de “sobradez”, me suena que también la utopía es otra manera de la nostalgia. Sí, porque es sentir que se puede llegar, que hay que caminar, que hay que transitar, aunque el horizonte se corra y se haga inalcanzable. ¿Nostalgia del futuro?

Nada malo hay en “nostalgiar”, ¿o sí? Puede que en una de esas faenas se te desborde una “lágrima asomada”, o te tiemble la voz como a los cantantes envejecidos, y hasta se te quiebre. Qué más da. No es un problema (¿problema?) de edad, de madureces, de trajines cansados. No es porque ya después de tantos andares quieras recuperar los días perdidos, los años vividos, los deseos truncos. Porque de ser así, estaríamos de frente a los remordimientos, pesar por lo que no se hizo. Y la nostalgia, creo, es más bien una sensación a veces agria, a veces azucarada, sobre lo que ya no podrá volver. Lo cual también, en otro terreno, es digno de celebración. Como lo dicen los biólogos: “todo lo que nace es digno de perecer”.

Una historia de la nostalgia tendría que cubrir revoluciones y tantos intentos —frustrados unos, exitosos otros— de cambiar la sociedad. Y los cafés de la Ilustración. Y las palabras últimas de los fusilados o de los que iban a decapitar. Y el vertimiento de la sangre revolucionaria de Marat en la bañera. No sé, pero me parece que hay, además de rumores de mar y amores acabados, una inmensa nostalgia en los sonidos de las canciones napolitanas. Y no sé por qué cuando escucho ciertas arias operáticas o de zarzuelas, o una romanza como Una furtiva lágrima, creo que esa sensación como de soga que me oprime la garganta es lo que llaman la nostalgia.

Johnny Weissmuller es Tarzán

Johnny Weissmuller en Tarzan, 1932.

Puede ser también que la nostalgia sea aquella manifestación sentimental que te hace idealizar lo que se escurrió, lo que se marchó sin darte cuenta, como la infancia (¡qué rápida es la infancia!) o los días de escuela. Tal vez cuando escuchás una cancioncita como la de Soy pirata, o hasta una canción virginal que entonaban las maestras de primaria en los mayos floridos (“Es María la blanca paloma…”), o te pica la memoria con cierto fastidio como el que sentía tras el término de las vacaciones y tu mamá, el día de comienzo de clases, te despertaba con “hoy volvemos a la escuela, anhelantes de saber…”, una tonada con música de una parte del Elixir de amor, de Donizetti.

En todo caso, no está mal la nostalgia. La misma que se expresaba en cartas, en los pañuelos de despedidas portuarias, en alguna cinta de Tornatore, en las músicas que sonaban antes de comenzar la película en el cine de barrio… Volvés, con ese sentimiento de dulzón pesar, a vivir en otra dimensión. Quizá con borrones, con vacíos, con sensación de estar incompleto. Porque la nostalgia también está hecha de olvidos. ¿Cómo no tener nostalgia cuando suena, digamos, Melodía de arrabal? ¿O Recuerdo, de Osvaldo Pugliese? Cómo no sentir que hay un desgarramiento, una especie de cuchillada, cuando se evoca la escritura de una cartita de amor adolescente.

Cuando vi por primera vez algunos originales de Van Gogh en un museo, sentí como si me devolviera a tiempos de antiguas lecturas y entonces no había manera de contener la lagrimada, qué vaina que te vean los demás llorando, como cuando lo hacías, solo, en una sala de cine al estremecerte con una escena de alta estética, o por una belleza en la composición, en los paisajes, con un primer plano, con una secuencia… O como cuando vuelven las canciones que tu madre cantaba, como el tango Silencio y todas las de Margarita Cueto. Qué diablos, la vida está hecha de faltantes, de desprendimientos, de lo que pudo haber sido y no fue y de lo que fue y ya no volverá a ser. Así es. Caldo de cultivo de nostalgias.

Decía Fernando Pessoa que “no hay nostalgia más dolorosa que la de las cosas que nunca han sucedido”. Qué diagnóstico de penas. Qué radiografía pesarosa, desasosegada. Y, a su vez, irredimible. Como la imagen que creí haber visto de un cometa atravesando el cielo de la infancia o como la de haber volado y volado hasta despertarme con la sensación de que, en rigor, se trataba de una fiebre de turbulencias y sudores. Puede que haya nostalgias del ansiado carro que el Niño Jesús ni los reyes magos jamás me trajeron o del balón que no llegó a tiempo. La nostalgia es un viaje sin regreso.

De la figura de mi padre, que era un ser del Caribe, con músicas de mar, vientos y playas, recuerdo más que sus bailes de inmenso sabor, su modo de concentrarse hasta adquirir una apariencia de santón de la India en plena meditación cuando escuchaba el tango Niebla del Riachuelo, de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo. Parecía ir en un barco que a la postre naufragaría, o en una nao de mares y tiempos remotos:

“¡Niebla del Riachuelo!..
Amarrado al recuerdo
yo sigo esperando...
¡Niebla del Riachuelo!...
De ese amor, para siempre,
me vas alejando...
Nunca más volvió,
nunca más la vi,
nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí...
esa misma voz que dijo: "¡Adiós!".”

 

Y entonces, por su recuerdo, cuando lo entreveo en la distancia, en los años que no volverán, lo conecto con ese tango de barcos carboneros que jamás han de zarpar.

¿Qué es la nostalgia? Si me apurás, puede ser lo que le falta a la utopía para realizarse y dejar de serlo. Creo que las utopías, como diría un director de cine argentino, sirven para que uno camine (incluido el gesto de la mujer de Lot, que hay que mirar atrás, aunque se vuelva estatua de sal), sí, hay que mirar atrás para saber que a la postre uno está solo. La utopía, según se sabe, es un lugar que no queda en ninguna parte. Tal condición la hace atractiva y única. Y, como don Quijote, hay que caminar aunque no se llegue nunca a ningún destino. La nostalgia también es no llegar jamás a meta alguna, porque lo clave es el ir, es el tránsito, el viaje, ¡oh!, viejo poeta de Alejandría.

Gardel

Gardel y el tango, voz de la nostalgia

Nostalgia son los pasos perdidos, las voces esfumadas, los besos olvidados, las noches con serenata, la mirada triste de un perro callejero, una melodía con rayos de luna de Glenn Miller… Es la casa que no está y las imágenes de aventuras en cinemascope que ya son parte de la educación sentimental, con cómics y revistas color sepia.

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Si me decís nostalgia (que en italiano me parece que suena más bonito) me sentaré otra vez en una silla de cine, en un teatro a la italiana, ya muerto, en un pueblo obrero y fabril que ya tampoco existe, y cerraré los ojos para ver de nuevo las estrellas. Como cuando nos tirábamos en la grama a mirar el infinito cielo de la infancia.

 

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