Límites entre fe y razón

Autor: José Hilario López
8 julio de 2020 - 12:00 AM

La razón, para Locke, es la revelación natural por medio de la cual Dios, “El Eterno Padre de la luz y manantial de todo conocimiento, le comunica al hombre esa porción de verdad que ha puesto al alcance de sus facultades naturales.

Medellín

«Ensayo sobre el entendimiento humano» la obra fundamental de John Locke, publicada en 1689, le ha asegurado a su autor un lugar el más destacado en la historia de la filosofía como uno de los padres fundadores del empirismo anglosajón. El "Ensayo" estudia la naturaleza y precisa los límites del conocimiento humano, mediante un riguroso análisis sobre el origen y los modos «en que llegan a nosotros todas las ideas que nuestro entendimiento emplea al pensar». En contraposición con Descartes, Locke afirma haber descubierto que todo nuestro conocimiento depende de la experiencia y que, por tanto, no hay verdades innatas que sean accesibles sólo mediante el intelecto.

En este artículo me referiré en particular al Libro III Capítulo XVIII del “Ensayo” relativo a la razón y sus distintos ámbitos, el cual me ha ayudado a clarificar los límites entre ciencia y fe. El supuesto dilema entre esos dos conocimientos me persigue desde mi ya lejana juventud, oscilando entre la creencia absoluta en un Ser Superior dador único de todo conocimiento verdadero y el ateísmo más hirsuto, hasta hoy cuando apenas puedo decir que “creo que estoy creyendo”, un cristiano sin iglesia. A esto se suma la pregunta por el origen del Universo y de la vida, pero sobre todo la angustia por la incapacidad de poder entender que hay más allá de la muerte: ¡la gran pregunta por la existencia de  Dios! Sobre estos cruciales interrogantes quisiera volver más tarde.

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Locke inicia el referido capítulo acerca de la razón con estas cuatro premisas: 1) Cuando no tenemos ideas estamos absolutamente sumidos en la ignorancia, y carecemos de cualquier clase de conocimiento. 2) Cuando no tenemos pruebas estamos en la ignorancia, y carecemos de conocimiento racional. 3) Que en el momento en que no tenemos ideas claras, determinadas y específicas, carecemos de conocimiento cierto y de certidumbre. 4) Que carecemos de la posibilidad para dirigir nuestros sentimientos en asuntos en los cuales no tenemos ni un conocimiento propio, ni el testimonio de otros hombres en los cuales sustentar nuestra razón.  A partir de estas cuatro premisas se pueden llegar a establecer los límites entre los alcances de la fe y de la razón, propósito el más necesario  pues la falta de estos límites ha sido la causa de grandes disputas hasta sangrientas guerras. Hasta que no se resuelva hasta dónde nos guiamos por la razón y hasta dónde por la fe, la confrontación permanecerá y, en vano, nos empeñaremos en convencernos los unos a los otros en asuntos de creencias religiosas.

La razón, distinta de fe, consiste en el descubrimiento de la certidumbre o de la probabilidad de aquellas proposiciones que la mente llega a alcanzar por medio de la deducción que realiza a partir de unas ideas, obtenidas mediante el empleo de sus facultades naturales, es decir, por medio de la sensación o de la reflexión. La fe, por el contrario, es el asentimiento dado a proposiciones que no han sido establecidas mediante la deducción de la razón, sino a partir del crédito otorgado a la persona o entidad que las propone, mensaje que, se supone, recibió de Dios por alguna manera extraordinaria de comunicación. A esta última manera de descubrir “verdades” es a lo que llamamos Revelación.

Ninguna idea simple, aquella que se logra mediante las facultades naturales puede ser adquirida por medio de la revelación tradicional. Al conocimiento científico, la llamada idea compleja, se llega mediante el acuerdo o desacuerdo de dos o más ideas simples. «Ningún hombre inspirado por Dios puede, mediante revelación alguna, comunicar a los demás ninguna idea simple que no haya obtenido antes por sensación o por reflexión». Porque cualesquiera que sean las impresiones que él mismo haya obtenido de la mano inmediata de Dios, si esa revelación es de nuevas ideas simples, no podrá ser comunicada a ningún otro, ni con palabras ni mediante ningún otro signo. Cualquier “verdad” que lleguemos a descubrir claramente, a partir del conocimiento adquirido mediante nuestras propias ideas, será siempre más acertado que aquel que nos llega mediante la revelación tradicional (la que nos es trasmitida por terceros). El conocimiento que tenemos de esta revelación nunca puede ser más seguro que el conocimiento que tenemos, proveniente de la percepción clara y distinta del acuerdo o del desacuerdo de nuestras propias ideas.

Por ejemplo, si se viniera revelando desde edades muy remotas que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos, yo podría asentir a la verdad de esta proposición a partir del crédito de la tradición que me ha sido revelada, pero jamás llegaría a una certidumbre tan grande como la que me origina un conocimiento basado en la comparación y medición de mis propias ideas sobre dos ángulos rectos y sobre los tres ángulos de un triángulo. Algo similar ocurre con los asuntos de hecho cognoscibles por nuestros sentidos; v. g., el diluvio universal es una historia que nos ha sido transmitida a través de las sagradas escrituras que tienen su origen en la revelación, sin embargo nadie podría afirmar que tiene un conocimiento tan cierto y claro del hecho, como el que tuvo Noé cuando lo presenció de manera directa, o como el que alguien tendría en el caso de que hubiera visto y vivido aquella catástrofe natural.

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Hay muchas materias de las que no tenemos sino nociones muy imperfectas o ninguna, como hay otras de cuya existencia pasada, presente o futura no podemos, por el uso de nuestras facultades naturales, tener ningún conocimiento; éstas, puesto que están más allá del descubrimiento de nuestras facultades naturales y por encima de la razón, cuando han sido reveladas son asunto de la fe. Así, por ejemplo, el que los muertos resuciten y vivan de nuevo y otras revelaciones similares, al estar más allá de las posibilidades de descubrimiento por medio de la razón, son únicamente materia de fe, con las que la razón nada tiene que ver. Por otro aspecto, aquellas materias que no sean contrarias a la razón, si son reveladas y, por tanto son asuntos de fe, deben tener más peso que las conjeturas probables de la razón

Dios, al darnos la luz de la razón, cuando lo cree conveniente, nos proporciona la luz de la revelación en algunos de aquellos asuntos en los que nuestras facultades naturales sean apenas capaces de dar una determinación probable; la revelación, cuando a Dios le haya parecido oportuno concederla debe tener más peso que nuestras probables conjeturas. Cuando la mente no tiene la certeza de la verdad de lo que no conoce con evidencia, sino que únicamente se rinde ante la probabilidad que aparece en ella, es preciso que otorgue su asentimiento a un testimonio que proviene de alguien que no puede equivocarse y que no desea engañarnos. Sin embargo, siempre compete a la razón el juzgar si la verdad es una revelación, y decidir sobre el significado de las palabras mediante las cuales le ha sido comunicada. Además, si alguna cosa que nos sea revelada se juzga contraria a los principios evidentes de la razón y al conocimiento manifiesto que tiene la mente de sus propias y distintas ideas, la razón debe hacer prevalecer su voz como asunto que es de su competencia. El hombre con su libertad está obligado a considerar y a juzgar como un asunto de la razón una proposición semejante, y a no seguirla, sin ningún examen, como si se tratara de un asunto de fe. La razón en las materias en las que no puede juzgar o donde puede hacerlo solamente con vaga probabilidad de discernir, debe ser escuchada.

La razón, para Locke, es la revelación natural por medio de la cual Dios, “El Eterno Padre de la luz y manantial de todo conocimiento, le comunica al hombre esa porción de verdad que ha puesto al alcance de sus facultades naturales. Es preciso juzgar la revelación por la razón. Cuando Dios envía al profeta no aniquila al hombre. La razón tiene que ser nuestro juez en última instancia y nuestra guía en todo”.

P.S. Para la Posmodernidad la verdad científica absoluta no existe. Una tesis científica sólo puede considerarse como tal si puede ser refutada, “falsada” en términos de Karl Popper.

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