El Medellín que vio Tomás Carrasquilla

Autor: Reinaldo Spitaletta
2 agosto de 2020 - 02:16 AM

Una crónica referencial de 1920 que puede medir los cambios de la ciudad

Medellín

Cien años se han cumplido de la escritura y publicación de una crónica sobre la ciudad, con sus estribaciones y laderas, faldas y hondonadas, con sus cúpulas de cruces y sus calles, algunas poco o nada rectas sino serpenteantes. Un siglo de aquella obrita titulada Medellín, sin más, sin retruécanos ni ornamentos. Así, a secas, Medellín, visto por Tomás Carrasquilla. Una narración en la cual el lector se permite un recorrido por la memoria. Por esa ciudad de entonces y por referentes e hitos que la precedieron desde su erección, en 1675, como Villa de la Candelaria de Medellín.

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Medellín, con su ermita y sus iglesias, sus altos y camellones, sus quebradas, en especial aquella que es icono histórico y cultural, la Santa Elena, antes quebrada de Aná. Y, claro, el centro y los arrabales. Hay la posibilidad de cruzar puentes (algunos ya no existen) y pararse en un atrio. Año 1920. La ciudad y sus circunstancias disímiles, con ruralidades y proceso de urbanización en marcha, todavía con las ideas de progreso que flotan en su aire sin contaminaciones y temperatura primaveral, que decían con acierto.

¿Cómo era la ciudad en los años veinte? En aquellos que, en otras geografías, eran los “años locos”, los “días felices”, los “felices años veinte”, sobre todo en las naciones que salieron victoriosas de la Gran Guerra, aunque, no sobra la pregunta: ¿Quién sale victorioso de una guerra? El caso es que el comienzo de una década de tendencias e intereses diversos en la cultura, en las músicas nuevas, en literaturas que narran la fiesta, los bailes, los alaridos de la moda y el consumo. Y en este tiempo, de los inicios de los años bulliciosos, ¿qué vestuario tenía Medellín? ¿Cómo era aquella lejana ciudad que ya hoy es otra, quizá más deforme y afeada?

Carrasquilla demuestra su conocimiento de la urbe, de sus suburbios y partes céntricas y no elude la historia. En su crónica, estructurada por temas, como las aguas, las iglesias viejas y nuevas, el antes y el presente de una ciudad que para 1920 ya tenía en sus paisajes las chimeneas fabriles y en aquel sector clave de la historia del siglo pasado, a Guayaquil, que ya era en esas fechas un “puerto seco”. Ahí, en aquel lugar de preeminencia en la ciudad, con una plaza de mercado a la europea, con galerías y servicios sanitarios, se había sumado a su vista polifacética la Estación Medellín, diseñada por Enrique Olarte. Sí, el ferrocarril había arribado allí en 1914.

El escritor y sastre, el autor de una novela urbana que puso a Medellín en las cumbres de la literatura de ciudad que ya comenzaba a cocinarse en América Latina, Frutos de mi tierra (1896), no tocó en su crónica a Guayaquil. Solo unas pinceladas sobre una especie de plazuela que estaba al frente de la bella Estación Medellín. Y no más. En cambio, dedicó su prosa de exquisiteces y sonoridades de riachuelo a otros sectores, en una especie de inmersión por detalles arquitectónicos, construcciones, la naturaleza y la cultura.

Medellín es una crónica en la que el autor muestra su sapiencia no solo en el manejo del castellano, con sus musicalidades y riqueza de vocabulario, sino en todo lo que domina acerca de calles, barrios, sitios de sociabilidad, parques, plazuelas, rituales y ritmos laborales, hasta integrar los sonidos argentinos de las campanas con los “milagros de San Progreso”. Carrasquilla nos va llevando por callejones y callejuelas, por las lomas de un morro, por las torres de las iglesias y por sus naves. Nos hace ver la ciudad que está en crecimiento, sin ocultar “el prestigio indecible de las cosas viejas”.

Hay notas de alto vuelo en la visión del cronista. El apartado dedicado a los arrabales es de medida majestuosidad en sus maneras de decir, mostrar, dar cuenta. “Arrabales pintorescos los de esta Villa de luces y colores”. Y nos encamina por La Asomadera, en medio de apacibles parajes, porque en ellos se “apaga el bullicio de la ciudad y se inicia el ruido de los campos”, como acaece en las cercanías de Santa Elena, con aves y frondas, vacas y ladridos de canes. Y nos monta a Versalles, Santana, Villahermosa y muestra casitas de obreros por los lados de Enciso, que entonces eran parte de los suburbios.

En aquel momento histórico, Medellín, tal como lo señala el observador, tiende hacia el norte, ese es el punto cardinal relevante en aquellos días, cuando ya estaba el manicomio desde hace rato por el Bermejal, por los lados de Aranjuez, que es un barrio que se inició en 1917, como también lo narrará, en otro artículo, el autor de Ligia Cruz y Grandeza. Nos pasea por lugares donde “impera la disciplina y mandan el plano y la ingeniería”, que se nota en los trazados de nuevos barrios, como Manrique, Restrepo Isaza y Berlín.

Por el 20 la Otrabanda del río no tiene ningún movimiento urbanístico. Están, muy lejos, América y Belén, y por las riveras de la Iguaná, Robledo, que antes lo llamaron pueblo de Aná. Así que, poco o nada se vislumbra en esta crónica que es todo un examen a la Villa infulosa, a la que quiere ser ciudad y todavía respira aires parroquiales. Aires que aún no asfixian. Nos asomamos por los vericuetos de los camellones y podemos desplazarnos por el Carretero, esa suerte de Vía Apia que unió a la ciudad naciente con los fulgores áureos del Nordeste, ese camino que siguió la ruta del Aburrá o Porce.

Se nota el sentido del detalle y de la minuciosidad, mezclado con asuntos más panorámicos, en lo que va describiendo el escritor. Buenos Aires, cuyo nombre llegó de uno que tenía un granero mixto de lo que antes se llamó Campo Alegre, nos llega como un paseo, “con sus alturas y sus vistas”, con su “éter, su Gerona y su Basílica”, que no tiene rival en aquella ciudad que para entonces ya tenía una buena muestra de fábricas textileras, de jabón, fósforos, bebidas gaseosas, cervezas y una muy adelantada construcción de la mole que es la Catedral Metropolitana, inaugurada a comienzos de la siguiente década.

Las principales calles de Carrasquilla son Carabobo y Ayacucho, que “como un signo + cuartean la ciudad”. En el abordaje que hace a las calles céntricas y de alrededores, el cronista, que tiene en cuenta los planos del Medellín futuro que se forjaron a partir de 1913, expone sus saberes de urbanismo, de formación de ciudades, tanto las trazadas al estilo damero, simétricas, como las desconcertadas y torcidas, como la nuestra. “No sabemos si Medellín habrá perdido o ganado con sus muchas y diversas torceduras, toda vez que no la hemos conocido de otro modo”. Deja entrever que esta ciudad hace parte de las que son remendadas, trazadas sin esmeros geométricos, casi a la bartola. “Solo las ciudades a la yanqui, con planos y diseños antes de escoger el lugar ciudadano, se escaparán de este remendar incesante”.

Medellín, una ciudad que ha ejercido aquello del “ensanche”, en el que a veces, o casi siempre, se derriban referentes urbanos y de memoria, es vista en esta crónica con sus parques y plazas, que, hasta ahora, la confusión denominativa es abismal. Aquí se trastocaron los términos. Y así, una plaza es llamada parque. Esta denominación, con tantas variantes, como las del parque inglés, parque francés, en fin, se quedó en Medellín para designar a lo que, en esencia, son plazas (que según sus dimensiones, también decrecen: plazuela, plazoleta, placita).

Carrasquilla, que sabe del asunto, no se mete en esas honduras, pero sí señala que un parque es un pedazo de campo en la urbe, son bosques urbanos, reservas en medio del ladrillo y otras construcciones. En su mirada aparecen el Bolívar, el Berrío (“que reclama otra reforma”, dice el cronista) y “parquecillos” como el San Roque (hoy Plazuela Uribe Uribe), en la calle Pichincha.

Si por plaza se entiende, dice don Tomás, un lugar amplio y despejado, más o menos geométrico, la Medellín que él analiza y retrata solo tiene la de Boston, la de la Estación del Ferrocarril de Antioquia (Estación Medellín) y un poco la de San Francisco (hoy San Ignacio y mucho antes José Félix de Restrepo). El flâneur que también pudo ser Carrasca, hace un paneo por la plaza de Berrío (que en los comienzos de la Villa fue la Plaza Mayor), que tenía edificios de tres pisos y la iglesia de La Candelaria o “Catedral Vieja”.

Y así, con su vista crítica y descubridora, nos conduce por la colonial plazuela de la Vera-Cruz, al frente de la cual habitó el héroe del Bárbula, Atanasio Girardot, y nos lleva hasta la plazuela de San Benito y nos devuelve hacia oriente para llegar a la de San Francisco, con fuente, asientos, sendero, “con altas ringlas de nogales” y sentencia que es una plaza hermosa.

Las palabras bien afinadas del cronista van por iglesias, de las que sabe a fondo los nombres de sus piezas, de sus disposiciones y distribuciones, y las diferencia entre viejas y nuevas. Es una correría levítica en la que la arquitectura religiosa toma diversas formas. Todo muy bien designado. Un documento. Y mostrando iglesias muestra, al mismo tiempo, los lugares donde están instaladas, los alrededores, las maneras de ser de sitios adyacentes. “El templo de donde salió el de Asís para entrar el de Loyoya está hoy modificado, retocado y adobado, con ese estilo jesuítico, de perendengues y ringorrangos, que tanto pasma y enfervoriza a los cristianos”.

Un interesante ejercicio puede ser el de, tras examinar la crónica Medellín, compararla con lo que queda de esos días y cómo ha cambiado la ciudad. Qué ha permanecido. Qué se ha ido. Podrían hacerlo, digo yo, sin pretensión alguna de molestar, en las facultades de arquitectura, en las de periodismo, y otras en las que el urbanismo es esencial. Nunca sobra saber cosas sobre la ciudad en la que se habita y mejor aún cuando se tienen documentos esenciales como el que escribió hace cien años el novelista de Santo Domingo.

La panorámica carrasquillesca sobre Medellín tiene unos acercamientos, como close-up, sobre las aguas de la ciudad. El río y las quebradas. Una ciudad de enorme riqueza hídrica y en cuyas corrientes se han tejido historias que van desde las instalaciones de acueductos, electrificadoras hasta fábricas de cerveza, no ha creado mitologías acuosas. No ha deparado nereidas y otros seres acuáticos. Y su río de la historia, su río en el que hoy nadie se bañaría ni siquiera una vez en él, para no entrar en las premisas de Heráclito, es una arteria sin cantos, sin poetas, sin siquiera un barquero que conduzca a los pasajeros al olvido.

Y, en efecto, lo más fluido en estas consideraciones sobre la ciudad, está en las aguas, unas que se pueden desprender por las pendientes de Granizal, hasta las de El Poblado, Belén, América y Robledo. Y qué hablar de aquella que baja desde los breñales de Santa Elena y que, aún más que el río, ha tenido leyendas, crónicas, poemas, novelas y una historia que la ha erigido como una quebrada de renombres y referente urbano. La Santa Elena, o antigua Aná, es nuestra agua madre.

Y así como podemos sentir el rumor de La Poblada, El Ahorcado, La Corcovada, La Canguereja o la Iguaná, la corriente del Aburrá, río de la cultura, de la historia, de los antes y los después de Medellín, es, quizá, la que más suena y resuena en la bien tejida crónica. “No tiene leyendas como el Rhin, ni sacros misterios como el Ganges; genios y ondinas desdeñaron sus aguas; ningún poeta le ha dedicado una estrofa; para nada le mencionaron las tradiciones mentirosas; la horda primitiva que trasegó por sus márgenes no le consagró siquiera la más salvaje de sus admiraciones…”.

En su especie de elegía por el río Medellín, Carrasquilla avista que esas aguas, que ya han comenzado a ser en su cauce rectificadas, serán parte de un río muerto. Y ahí sí, ese río manso y hospitalario, se perderá en las oscuridades de la desmemoria. Agua sin nombre y sin siquiera un mohán que al menos promueva algún susto.

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Escrita cuando la Villa devenida ciudad cumplió 245 años de fundación mediante cédula real, la crónica Medellín es una memoria aquilatada, en la que el estilo de riqueza léxica y de fluir sereno del novelista, cuentista y buen conversador se reparte en cada una de las celdas divisorias. La ciudad adentro y afuera. La ciudad que perdura, la que se metamorfosea, la del espíritu comercial e industrioso, la de los negociantes y fabricantes se desliza por las páginas como las aguas del río, con olores de incienso y de telas nuevas.

 

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