Posihüeica
Pobres niños nuestros
Autor: Alvaro T. López
7 de Octubre de 2008


Cuando alguien se atreve a atentar contra la vida de un niño, debe tener serias perturbaciones mentales, o debe vivir en un medio en el que la vida y la dignidad valen nada. No es sorprendente que en país que vivimos, en el que se confiesan los crímenes más atroces y con ello se consiguen beneficios penales, aparezca la demencial figura de un hombre que secuestra y asfixia a su propio hijo para liberarse de la obligación de entregarle un tarro de leche a la madre, cada cierto tiempo.

Tampoco debería sorprendernos ya, la cínica hipocresía de los medios que con aparente solidaridad que no es más que falta de profesionalismo, amarillismo se llama comúnmente, hurgan en la herida de una pobre mujer que tiene el doble dolor de haberse equivocado en la escogencia del compañero sentimental y de haber perdido a su pequeño hijo.

Son momentos de la vida patria en los que se duele uno de lo poco que tenemos; a la salva de improperios y de conceptos emitidos a la prisa de los flases, se han agregado, ante el asombro de todos, funcionarios, exfiscales generales, exprocuradores, condenando y tasando la pena de los confesos autores de un crimen execrable, tanto como muchos otros a los que nadie ha puesto atención. Nunca se les vio o se les oyó hacer algún juicio condenatorio por los innumerables casos de negligencia y de indiferencia de los órganos del Estado que reciben ingentes recursos de los empleadores del país, precisamente para velar porque no haya maltrato infantil, porque los muchachos tengan adecuada y oportuna instrucción, porque nuestros niños no se mueran de hambre, porque no haya explotación laboral de menores, porque las personitas no sean impelidas a la prostitución. Ahora salen en las noticias exigiendo justicia, cuando la justicia para ellos es el simple negocio de interpretar la norma, en favor de quien cubre sus honorarios.

Pero, en medio de la hipocresía nacional, que es la verdadera tragedia nuestra, hubo dos detalles que, por decir lo menos, resultaron curiosos: uno fue el del periodista de una cadena de radio que, cuando encontraron una bolsa con los restos de un niño, rogaba en voz alta que no fuera Santiaguito, que ojalá fuera otro (niño). El otro fue a los dos días, cuando aparecieron en la internet las fotografías del levantamiento del cadáver del menor asesinado. La directora del ICBF llamó al Fiscal, indignada por la filtración del material, porque en su pobre concepto violaba los derechos de la familia. Ese era el hecho punible, es posible que también merezca que nos levantemos todos a pedir cadenas perpetuas y penas de muerte. Pero ¿qué sanción, social, penal o administrativa le cabe a quien, teniendo la obligación de cumplir con un rol tan importante como la preservación de la integridad de nuestra niñez, no lo cumple? Parece que la única preocupación de la muy distinguida funcionaria, es el de las fotografías, porque uno se pregunta, dónde estaba la semana pasada, cuando se robaron de un hospital de pueblo a un recién nacido, y antes, cuando en un pueblo de Antioquia una niña de dos años fue violada y asesinada, y antes, cuando la noticia fue la reiterada violación, durante dos años, de una niña de ocho, por sus propio padre, su tío y su abuelo. Colombia es un país en donde se perdió el espíritu solidario y protector, el del doctor Lleras que fundó el ICBF y nos puso a la vanguardia mundial, en la materia. Qué se hacen los dineros que tendrían que estar evitando las alarmantes cifras de prostitución infantil, de violaciones carnales a infantes, a maltrato infantil y a desnutrición. La señora Directora tendría que estar impulsando la institucionalización de sanciones que vayan más allá de lo mero simbólico, y de lo meramente dirigido a las clases más bajas. Por ejemplo, bueno sería establecer que quien tuviera antecedentes de incumplimiento de sus obligaciones alimentarias con respecto de sus hijos, no pudiera ser parlamentario, ni magistrado, ni juez, ni presidente, ni ministro.

Lamentablemente hay que concluir que las lágrimas por el infante muerto, son pura pose. A nadie, ni en los tribunales, ni en la prensa, ni en el ICBF, le interesa la suerte de nuestros niños. Es aterrador el filicidio en el que incurrimos todos los colombianos pues, como colectivo, somos responsables de no exigir responsabilidades, de cohonestar con la indolencia e impericia de las autoridades competentes, de permitir que cada día mueran cientos de Santiaguitos, que sean violados, maltratados, que mueran de hambre. Todos somos culpables por esos muchachos que, habiendo sobrevivido a la violencia y al hambre, se vuelven delincuentes. Ellos son nuestro peor remordimiento.