Da Vinci, el genio
Autor: Luis Fernando Múnera
21 de Septiembre de 2009


Se exhibe en Medellín Da Vinci, el genio, un conjunto de réplicas de los inventos y obras de Leonardo. Visitar esta exposición es un placer y un privilegio. No muchas veces se tendrá la oportunidad de tener al alcance de la vista, o al alcance de la mano, pues algunos pueden tocarse, tantos elementos de la obra de este hombre, considerado como el genio creador más grande y polifacético en la historia de la humanidad.

Arquitectura, biología, anatomía, fisiología, antropología, música, escultura, pintura, dibujo, ingeniería, técnica militar, escenografía, diseño de modas, física, química, culinaria, criptografía, zoología, botánica, geología, astronomía, aeronáutica, diseño automotriz, geometría, hidráulica, mecánica, escritura, caligrafía y política son las áreas de conocimiento que trabajó.

Leonardo da Vinci fue un hombre observador, analítico, pensador incansable y no temía equivocarse. A veces, dejó ideas esbozadas, como propuestas interesantes no acabadas. No llegó a construir todos sus inventos y, entre aquellos que sí fabricó, no todos funcionaron.

Pero su gran valor y su verdadero genio residen en la naturaleza de las ideas que concibió y dejó plasmadas. Eso sí, nunca las entregó sin un análisis crítico cuidadoso sobre su significado y alcance. Esas ideas tenían su fundamento en la ciencia o en la observación directa cuidadosa de la naturaleza. Ellas son precursoras de sistemas o mecanismos que han sido perfeccionados y puestos en práctica a lo largo de la historia.

La exposición que tenemos hoy en la ciudad la componen unos sesenta modelos de máquinas ideadas por da Vinci, quien los dejó plasmados en sus manuscritos o códices y han sido fabricados por artesanos florentinos actuales. Muchas de esas réplicas han sido construidas por primera vez en la historia y ahora pueden verse y tocarse, más allá de esbozos o dibujos.

A Leonardo lo obsesionaba la posibilidad de que el hombre volase. Para ello diseñó diferentes aparatos que reproducían las alas de pájaros y murciélagos o que funcionaban como superficies planas y curvas que pudiesen penetrar en el aire para sostener un cuerpo volador. Esas ideas eran correctas, en principio, pero su principal limitación consistía en la falta de potencia suficiente para impulsar las maquinarias, pues el sabio sólo pensó en moverlas mediante el esfuerzo de seres humanos. La exposición incluye cinco de esas máquinas.

Algo similar puede decirse de los dispositivos que sirven para multiplicar fuerzas y para transmitir movimientos, los sistemas para desplazarse por encima y por debajo del agua, las armas y maquinaria de guerra, los métodos constructivos para estructuras y ciudades, los aparatos para medir velocidad y fuerza del viento, los instrumentos musicales y más. Cada uno de ellos debe observarse con mirada desprevenida y con ánimo dispuesto al asombro. Es decir, a la manera de un niño que empieza a conocer. Poco provecho sacamos de esta bella exposición si la miramos solamente con ojos acostumbrados a la tecnología de ahora, quinientos años después de la época en que Leonardo trabajó. Hay que descubrir allí la simpleza y magnificencia de las ideas. Mejor aún, es una muestra para que la vean niños y jóvenes que puedan ponerse en contacto con el mundo mediante la imaginación, sin la contaminación de esa cibernética mal utilizada que va tomando posesión de nuestra mente y poco a poco disminuye la capacidad creativa.

Con los inventos, se exhiben cerca de cien reproducciones de sus pinturas y dibujos más famosos. Son especialmente interesantes las de La última cena y de la Mona Lisa, pues se explayan en detalles técnicos, históricos y artísticos de estas obras, que permiten conocerlas y entenderlas en todo su significado. Sin embargo, más que ellas, son llamativos los abundantes dibujos anatómicos hechos por Leonardo. Su mérito consiste en la precisión y perfección del detalle de músculos, huesos y órganos, incluso fetos humanos, conseguidos en condiciones casi imposibles. En esa época, la iglesia católica prohibía, bajo la amenaza de las penas más duras imaginables, el contacto y la manipulación de cadáveres y, con mayor razón, su disección. Pues bien, a pesar de esto, da Vinci se las ingeniaba para tener acceso a ellos y trabajarlos a conciencia para conseguir sus dibujos. Algo similar hacía Miguel Ángel su colega contemporáneo. A ambos se deben los primeros registros sistemáticos de la anatomía humana.

En resumen, Da Vinci, el genio es una exposición que se debe aprovechar. Hay que verla y disfrutarla sin prisa, con una mirada libre de prejuicios, con el espíritu dispuesto al asombro y con la imaginación viva y abierta a las impresiones. Con seguridad, mientras más joven sea el espectador más la disfrutará. Advierto que no me refiero a la juventud cronológica sino a la juventud del espíritu.