Posihüeica
La equidad y la vida
Autor: Alvaro T. López
2 de Junio de 2009


Ningún instrumento es tan eficaz para medir el grado de esperanza que pueden tener los nacionales en el futuro de un país, como el proceso democrático de escogencia de sus gobernantes. Es cierto que hay momentos de desesperanza: períodos en los que parece que los males nacionales se detendrán en su pleno florecimiento, por falta de quien reciba la posta, de quien continúe con la pesada carga de la dirección del Estado.

Hoy, por el contrario, Colombia asiste al bello espectáculo de una variada oferta de pensamientos y estilos, de hombres y mujeres que ofrecen su experimentada vida, que sacrifican familia y tranquilidad personal, que piensan en el colectivo más que en su propia individualidad, en pro del desarrollo nacional.

Hay de donde escoger, desde el ilustre abogado acrisolado en la academia, dador de saberes a derecha e izquierda, hasta el joven exministro que, a pesar de su inocultable juventud, ya cuenta con gran experiencia de mando y decisión. Hay cuatro mujeres destacadísimas, rayadas en el ministerio de la política, cada una con su propio estilo, pero que bien podrían gobernarnos con solvencia. En la baraja está el propio Presidente Uribe que con su presencia y prestancia rompió los esquemas de la política colombiana; está su recién salido ministro de defensa; está el inolvidable ministro de defensa del Presidente Gaviria; aparece también un muy querido exalcalde de Medellín, cuya gestión vuelve un chiste lo actual; y la lista sigue con gente importantísima de todas las vertientes, conservadores reposados y serios, liberales vehementes, gente de izquierda; y ninguno desentona.

Y hay una figura que irrumpe entre las estrellas de la política colombiana, la nueva cara de la cosa pública, no por la frescura del rostro, ni por su cercana fecha de nacimiento, sino porque se estrenó en la Gobernación de Antioquia con la dimensión enorme de la honesta universalidad de la equidad. Nos devolvió la fe en las instituciones y él mismo se volvió el modelo de gobernante; brilló en el Consejo Superior de la Universidad de Antioquia; le dio curso a un estilo de administrar los bienes y recursos del Departamento que la gente reclamará en el futuro a todos los que nos gobiernen; nos metió en las grandes ligas de los que negocian directamente con la banca internacional; se metió en la piel y el corazón de los abandonados, de los niños desprotegidos, de los indígenas olvidados, de los pobres excluidos.

Aníbal Gaviria, hijo de un Gaviria inmenso, hermano de otro Gaviria inmenso y mártir, constituye una propuesta fresca y esperanzadora que el país no puede desaprovechar. El otro pilar de su pensamiento político, junto con la equidad, que es la vida, se erige como compromiso y como protesta por los valores perdidos, por el desprecio por el hombre y su entorno, por la indolencia con la que los llamados políticos asumen su oficio. Llama la atención, encoge el corazón, que su primer escrito como precandidato liberal a la Presidencia de la República, se refiera a la libertad como estado natural de todas las criaturas, se refiera a la proscripción del cautiverio como espectáculo público, le cante al derecho que tiene la fiera a ser fiera, porque de ello se deriva el derecho del hombre a ser hombre, y a su dignidad.

Desear que le vaya bien a Aníbal Gaviria, que su candidatura prospere y su carrera política florezca, es, simplemente, declararle el amor a Colombia; es gritarle al mundo que no renunciaremos a nuestro futuro próspero y digno; que es decisión de este valeroso pueblo entregarle a sus hijos, cuando llegue el momento, un país en el que todos tengamos sueños y oportunidades de verlos realizados, en el que el hombre, su vida, sea causa y consecuencia de todas las acciones.