Editorial

Voto-emoci髇 vs voto-raz髇
20 de Agosto de 2016


Las alternativas del voto-emoci髇, tan queridas por el mercadeo pol韙ico, niegan la esencia misma del acto de elecci髇 como resultado de procesos reflexivos y aut髇omos.

Sometido a la presión de atender responsabilidades que no dan espera, como la Reforma Tributaria, y obligado por la Corte Constitucional a suscribir el acuerdo final antes de convocar el plebiscito, el Gobierno acelera la negociación sobre los más trascendentales puntos pendientes de decidirse en la Mesa de conversaciones. Su carrera amenaza la transparencia del proceso, en tanto las últimas decisiones se han divulgado mediante comunicados que se convierten en noticias generalistas, o sea, carentes de los detalles significativos.


Omisión notoria, y que dura más de una semana, es la de la publicación del acuerdo sobre el Mecanismo de selección de los magistrados de la Jurisdicción especial para la paz, instancia paralela, y sustitutiva, del sistema judicial, con responsabilidades en la revisión de procesos que han hecho tránsito a cosa juzgada, la investigación de delitos sub-júdice o el otorgamiento de amnistías -punto aun por definir-. Aunque la selección incluye una convocatoria, aún sin respuesta, a los más altos dignatarios del mundo, a la ciudadanía, primera interesada, le faltan claridades indispensables sobre el intrincado mecanismo, sus responsabilidades y las instituciones que le servirán de control y contrapeso.


Mientras la Mesa apura sus pasos, el Gobierno y sus aliados en los partidos políticos, instituciones sociales y medios de comunicación, buscan adherentes al voto afirmativo. Como aún faltan puntos fundamentales por acordar, y dado que se requieren medios, tiempo y voluntad para estudiar los ya acordados, quienes impulsan esta campaña están apelando a votar sí por confianza en los negociadores del Gobierno, lo que es equiparable a la que el cliente tiene en su entidad financiera, de salud, o la empresa de servicios públicos, con las cuales firma extensos y complicados contratos que no estudia ni comprende a cabalidad. Los reticentes también son motivados a votar sí, apelando al deseo universal de la paz, así la promesa sea parcial, o a su temor a que ella recrudezca si “fracasa” la negociación. Las alternativas del voto-emoción, tan queridas por el mercadeo político, niegan la esencia misma del acto de elección como resultado de procesos reflexivos y autónomos, que exigen dispendioso estudio de opciones, comprensión de impactos, análisis de argumentos y deliberación plural, que son esenciales a la democracia.


A distancia de la propaganda se ubican la exigencia de la Corte Constitucional sobre la calidad de la pregunta en el plebiscito, de la que dijo (pg 173 de la sentencia disponible en http://goo.gl/ilC9oQ) “no puede ser tendenciosa o equívoca, pues se debe evitar que la voluntad del ciudadano pueda ser manipulada o dirigida. Tampoco puede estar formulada de manera tal que induzca a la persona a una respuesta en un sentido específico”. Por su parte, la Conferencia Episcopal también quiso dejar muy en claro que diferente a los que a título personal opinen algunos de sus representantes, se insinúe o se dé por hecho que la Iglesia Católica está a favor del Sí en el plebiscito, la decisión de su Asamblea es la de convocar al pueblo “a participar en la consulta sobre los Acuerdos de La Habana, de manera responsable, con un voto informado y a conciencia, que exprese libremente su opinión, como ejercicio efectivo de la democracia y con el debido respeto de lo que la mayoría finalmente determine”. Su comunicado no busca, de manera alguna, inducir a los colombianos a votar por el Sí o por el No.


Es coincidente el llamado del Tribunal Constitucional y la jerarquía católica por el ejercicio libre y soberano de la ciudadanía, en ejercicio de su derecho, pero también de su responsabilidad, en tanto, como escribió monseñor Ricardo Tobón Restrepo “en este momento no es posible la indiferencia”. Esa libertad deriva de la renuncia al poder que dan las armas materiales, como indica la Corte cuando reclama una campaña regida por “la proscripción de toda amenaza armada o fundada en cualquier modalidad de uso de la coacción o la fuerza”. Esta, una de sus decisiones más comentadas de la Sentencia C379/16 sobre el plebiscito, es un llamado a que el proceso esté libre de amenazas de uso de la fuerza y aún de la presión de que las Farc regresarían a “la guerra”, y no a la Mesa de conversaciones, si la ciudadanía negara la validez de los acuerdos, posición distinta a un rechazo, inexistente, a la construcción de la salida negociada al conflicto armado. En esa perspectiva, como muy bien lo señaló el arzobispo de Medellín, en su columna en este diario el pasado 8 de agosto, la paz resultará del desarme que ocurre en los corazones, tras negociaciones sustentadas en la verdad y que propenden, y ello compete a la Mesa lo mismo que a sus críticos, por “el perdón y la reconciliación”.