Editorial

Naufragio de la Humanidad
6 de Septiembre de 2015


Las fotograf韆s de Aylan rompieron las im醙enes rutinarias tomadas a las familias migrantes para instalarse como 韈ono de una tragedia que a todos nos representa.

La imagen de Aylan Kurdi, yacente en las playas de Turquía que lo recibieron el pasado 2 de septiembre, ha dibujado un rictus de dolor en la humanidad capaz de conmoverse. Esa tristeza, que en el corazón llora y en la mente duda, sólo podrá matizarse cuando los niños migrantes o refugiados pisen las playas del mundo con la certeza de que ellas son base para afirmar su infancia y proyectar su vida. Por eso, si la temprana partida del pequeño náufrago es denuncia insoslayable, la inmortalidad que adquirió por las fotografías de la periodista Nilüfer Demir es clamor que llama a la buena voluntad y el altruismo de gobiernos y sociedades. Honrar a Aylan es buscar las rutas para superar esta tragedia que reta la sensibilidad y la inteligencia de los hombres y las instituciones globales.


Visibles en medios de comunicación y redes sociales, además de resignificadas en re-creaciones de dibujantes y activistas, las fotografías de Aylan rompieron las imágenes rutinarias tomadas a las familias migrantes para instalarse como ícono de una tragedia que va más allá de la crisis migratoria europea y que es nuestra cada vez menor capacidad de empatía con el sufrimiento del otro. En el debate que pretende negar la pertinencia de esas fotografías o discutir su publicación vive la pretensión de seguir ocultando a miles de seres humanos que aspiran encontrar amparo, de seguridad o de oportunidades, en el mundo global. La humanidad que esa imagen nos reclama es diametralmente opuesta al sensacionalismo e impotencia que son causa y efecto de las que fabrican los terroristas de Isis para dar resonancia a sus infamias. Habiendo superado a sus detractores, como en el pasado lo hizo la fotografía de Phan Thi Kim Phúc, la niña vietnamita quemada con napalm, las fotos de Aylan se convirtieron en puerta imposible de cerrar para un debate urgente.


Mediante declaraciones y silencios, Vladimir Putin, János Áder, Angela Merkel, Abdulá Kurdi, Barack Obama y Ban Ki-moon han puesto sobre la mesa las visiones y actitudes que van a guiar las ineludibles próximas discusiones sobre las guerras olvidadas, los estados en dificultades para consolidarse y las oleadas de migrantes y refugiados. Educado en las falacias hábilmente disfrazadas de verdad, Putin se apuró a culpar a Estados Unidos por tratar de imponer su modelo democrático en tierras distantes, abriendo una discusión con la que busca mantenerse a salvo de rendir cuentas por su responsabilidad en la guerra civil siria, en el conflicto con Ucrania y en el avivamiento de conflictos en el Medio Oriente. La cortina del sátrapa alcanza para ofrecer oportunas excusas al temeroso primer ministro húngaro, hoy portavoz de un reclamo porque se consigan definir criterios para realizar una muy difícil clasificación entre refugiados, por supuesto quienes huyen de la guerra, y migrantes económicos, anhelantes de vidas posibles en tierras lejanas a la propia. Contundente, la canciller alemana toma el liderazgo para impulsar la fórmula de Königstein -que repartía subsidios universitarios-, para fijar cuotas de capacidad de recepción de refugiados; su iniciativa encuentra críticas en países asustados por el crecimiento de demandas sociales y presiones fiscales, unos, o por los riesgos de que la masiva llegada de militantes radicales desate conflictos. Sus voces y presencias estarán acompañadas por Abdulá, el padre solitario que reclama también al mundo árabe asumir su parte en el control a la guerra siria y en la huida de niños como Aylan, a quien la vida no le alcanzó para tocar tierra firme.


En radical demostración de su política de distanciamiento del rol de policía del mundo, Barack Obama calla sobre esta tragedia y celebra haber ganado los votos que permiten aprobar el acuerdo con Irán, uno de los apoyos del tirano de Siria. Su silencio encuentra eco en el alejado secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, quien hasta anoche había olvidado siquiera un mensaje de condolencia al padre sobreviviente, fiel al fuerte ocultamiento que la llamada “comunidad internacional” ha impuesto a la tragedia del pueblo kurdo en Irak, Siria y Turquía. La tragedia de Aylan, su hermanito y tantos otros inocentes es consecuencia de la ausencia de líderes que con su poder de convocatoria mundial y capacidades reales, puedan construir un pacto global e indeclinable de respeto a los derechos humanos universales y un mecanismo multilateral eficiente y oportuno para hacerlo cumplir.