Editorial

Fidel ha muerto, ¿vivirá el mito?
27 de Noviembre de 2016


Nadie puede ocultar que en el origen de las guerrillas comunistas estuvo la habilidad de Castro para convertir el descontento en violencia.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define el término “Mito” como “persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tiene”. También habla de “persona o cosa rodeada de extremada admiración o estima”. Los nostálgicos de la Revolución ensalzan a Fidel como héroe. Sin embargo, la acepción justa es, como señala la frase destacada, la de Castro como mentira fabricada por revolucionarios que extraviaron, u olvidaron, su tiquete al comunismo y por medios de comunicación y líderes seducidos por un sátrapa que se valió de sus lógicas para manipularlos. A su larga pervivencia en el poder contribuyó el Imperio americano, que con mano derecha excedió los controles económicos permitiéndole aparecer como víctima, y que con la zurda le ofreció oxígeno suficiente para sobrevivir a su ineptitud.


El mito Fidel Castro nació en la Sierra Maestra. Se mostró como prototipo de “buen guerrillero” latinoamericano, y así inspiró a revolucionarios de fusil en bandolera y a revoltosos de salón y papas bomba, defensores de la isla imaginada, lejana a la real de exiliados y desposeídos. Castro fundó su leyenda prometiéndole al pueblo cubano lo que sentía perdido en manos de Fulgencio Batista: dignidad, libertad y equidad. Hoy, Cuba tiene la dignidad del aislado al que ningún Estado pretende como socio o aliado. En cuanto a la libertad, recogemos la descripción del intelectual exiliado Carlos Alberto Montaner, vicepresidente de la Internacional Liberal: “Fusiló a miles de adversarios. Mantuvo en las cárceles a decenas de miles de presos políticos durante muchos años. Persiguió y acosó a los homosexuales, a los cultivadores del jazz o el rock, a los jóvenes de pelo largo, a quienes escuchaban emisoras extranjeras o leían libros prohibidos”. La equidad se balancea entre la tibieza con que Ban ki-Moon, en corolario a su deslucida gestión, destacó sus logros en salud y educación. La cobertura en salud dio hasta para exportar médicos, muchos asilados, y la de educación, no fue suficiente para contrarrestar las limitaciones en el acceso a la información, el conocimiento y el capital, que frenaron las capacidades del pueblo. 


La mentira más hábil de Fidel Castro es la de la fortaleza de Cuba, demostrada en su capacidad de retar al Imperio. Es difícil encontrar un Estado con el nivel de dependencia económica alcanzado por Cuba, luego de que el régimen arrasara con la iniciativa privada. Sus pocos ingresos se derivan de las remesas de los exiliados y del turismo morboso (el sexual pero también el del afán de visitar un país estancado en los años 50). La falsa estabilidad económica es fruto de las donaciones, disfrazadas de endeudamiento que nunca se honra, de la antigua Unión Soviética, a cambio de los servicios prestados en Latinoamérica; los ayatolás iraníes, encantados de contar con un buen instrumento para jalar las barbas del Tío Sam, y últimamente de Venezuela, cuyo régimen ofreció el presente y el futuro de su pueblo en el altar del Stalin tropical. Cesadas las ayudas, la vida será aún más dura para un pueblo desesperanzado.


El mito que escritores y artistas ayudaron a crear refiere el “latinoamericanismo” castrista. El sátrapa sí miró a su continente. Pero no para emanciparlo, como decía: lo vio al estilo yanqui, o sea como coto de caza para el expansionismo soviético. Sus armas, además de fusiles, fueron el odio anti-americano y la lucha de clases. Exportador de revoluciones, fue aliento del terrorismo y la barbarie. Colombia no fue excepción en el proceso y nadie puede ocultar que en el origen de las guerrillas comunistas estuvo la habilidad de Castro para convertir el descontento en violencia, y que su maduración fue posible por el aliento económico, militar e ideológico que sopló desde La Habana. Por eso, más que contribuir a “la paz” con las Farc, lo que hizo fue alentar a ese grupo a la “lucha política”, a la manera de los miembros del Alba.


Con Fidel muere el dictador más antiguo del mundo y el patriarca de una de las dictaduras más feroces de la modernidad. El simbolismo de su deceso no hace soplar vientos de libertad en Cuba, donde Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl, se prepara para suceder al duro legatario que sigue la ruta de la mano firme, hacia adentro, y la conquista de adeptos entre líderes e intelectuales. En el fin del hombre, está por verse quiénes optarán por la verdad o seguirán alimentando el mito, para contar a un hombre cuya muerte no celebramos, pero cuya vida no podemos admirar.