Editorial

El referendo brit醤ico
23 de Junio de 2016


Intenso, y tambi閚 profundo, el debate en Gran Breta馻 ha mostrado las diferencias en las calidades de electores cuyos votos tienen igual valor.

Los británicos deciden hoy la continuidad o no de la participación del país en la Unión Europea. Si escogen el comunitarismo habrán ratificado la decisión de 1973, cuando el Parlamento aprobó la adhesión del Reino Unido a la Comunidad Europea, creada en 1952 para facilitar la concertación política, la prevención del totalitarismo y la cooperación interestatal. De ganar el nacionalismo que se expresa en la propuesta de separación de la Unión Europea, estarían radicalizando las reticencias ya manifiestas en su tardío ingreso; en el referendo de Maastricht, que los separó de los países que unificaron su moneda, y en la no adhesión a la unidad territorial, definida como el espacio Schengen. 


La difícil campaña que hoy culmina, ensombrecida por el inadmisible asesinato de la diputada Jo Cox, y los resultados, cualquiera que ellos sean, son fuente de importantes aprendizajes sobre Gran Bretaña, el modelo europeo y la democracia.


La democracia británica es indiscutible. Lo es por la antigüedad en la creación y entrega de poderes al Parlamento, primero del mundo y ejemplo en su progresiva transformación de órgano de consulta a exigente escenario de deliberación entre los partidos Laborista y Conservador. También se le considera así por la clara caracterización de las dos grandes colectividades que han guiado al país y la fuerza de sus líderes. Y lo es porque el Reino Unido, y muy poderosamente Inglaterra, es el padre del pensamiento liberal, que conlleva la defensa del pluralismo, el respeto por las libertades individuales y la defensa de las libertades económicas. Tales condiciones explican que las principales decisiones de Estado, referentes a su adhesión y unidad, hayan sido adoptadas por los referendos de 1992, sobre el Tratado de Maastricht; de 2014, sobre la permanencia de Escocia en el país, y hoy sobre la permanencia en la Unión Europea.


Las reticencias para adscribirse, tributar, vincularse a las decisiones comunitarias que han caracterizado los tradicionales debates y la distancia de los británicos frente a las instituciones comunitarias encuentran explicación en su resistencia a la creación de grandes aparatos burocráticos centralistas, como el que se ha desarrollado en Bruselas, que justifican su existencia y expansión en el aumento de intervenciones en distintos ámbitos de la vida colectiva, en forma tal que terminan delimitando espacios de libertad, postura para ellos inaceptable. Las dudas por el burocratismo son matizadas por la voluntad de cooperación para la defensa de la democracia y sus valores, la cual es reiterada en su liderazgo en los mecanismos definidos para contener el terrorismo y el autoritarismo, su aliado perverso; este ejercicio será de gran importancia de cara al nuevo Gobierno estadounidense, pues si lo ejerce Hillary Clinton los necesitaría como aliados, y si la votación unge a Trump, el mundo los reclamará como ejes de resistencia a su carácter atrabiliario. Desde esta perspectiva, la cerrada campaña y la estrecha votación que se anuncia ocurrirá deben dar lecciones a los poderosos ejecutivos asentados en Bruselas, tan prestos para glosar el comportamiento ajeno como para ocultar sus múltiples, y protuberantes, falencias.


Convocar al pueblo a referendo para que decida sobre las relaciones externas de una Nación, que caracterizan al Estado, significa saltar de la democracia de representación, caracterizada porque los ciudadanos delegaban su poder decisorio en partidos políticos que recibían reconocimiento por su idoneidad técnica y moral, a la democracia participativa directa, en la que los ciudadanos recogen el poder para sí mismos. Intenso, y también profundo, el debate en Gran Bretaña ha mostrado las diferencias en las calidades de electores cuyos votos tienen igual valor en tan importante decisión: unos cuantos han estudiado y tienen argumentos para decidir su continuidad; la mayoría, sin embargo, va a decidir sobre sus prejuicios, expectativas y emociones que no le permiten dimensionar los efectos de su participación. La posición de estas mayorías denuncia las falencia de las instituciones para acompañar la formación de ciudadanos activos y participantes. A tal vacío se suma el de un proceso en el que cuentan los votos, no las voces de los ciudadanos que trascienden la afirmación o la negación, y que podrían aportar matices que enriquecen los contenidos de la democracia, que es justamente la importante función que cumplen los parlamentos y las deliberaciones públicas.