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Autor: Sergio De La Torre
6 de Marzo de 2016


A Evo Morales, personaje no f醕il de tragar en todo momento y circunstancia, hay que saber valorarlo. Tras el rev閟 sufrido en su tierra merece un juicio desprevenido e imparcial.

A Evo Morales, personaje no fácil de tragar en todo momento y circunstancia, hay que saber valorarlo. Tras el revés sufrido en su tierra merece un juicio desprevenido e imparcial. No los comentarios un tanto tendenciosos y ligeros que le dedican los medios en América Latina ahora que su reinado, con los años contados, entra en barrena. Lleva más de la década gobernando y eso desgasta a cualquiera, por redentor de su pueblo y benefactor de la gleba que haya sido. Pues lo que le da a ésta, sacado de las arcas oficiales, se lo quita a los ricos, y también a la clase media, que en Bolivia, como en el resto del subcontinente, avanza vigorosa y pesa cada vez más en el conjunto.


Toda redistribución del ingreso, o del tesoro público amasado con los impuestos y las rentas que el gobierno deriva de las empresas y servicios a su cargo, se hace apretándole el cinturón y sacrificando algo de la holganza de quienes hasta entonces venían recibiendo, sobre todo en las ciudades, una mejor atención en educación, salud, seguridad y servicios domiciliarios. No es posible llevar algo de bienestar al sector rural, habitualmente desprotegido, sin afectar a la población urbana, que accede a dicho bienestar más directamente. Los campesinos, que allá son los mismos indígenas relegados, han sido los beneficiados en este último tramo de la vida boliviana. Y dije relegados, pese todo lo que por ellos hizo, hace ya 70 años, el presidente Paz Estenssoro, réplica de López Pumarejo, Lázaro Cárdenas y Getulio Vargas. Figura emblemática y, como ellos, adalid resuelto y audaz del progreso, entregado a la causa de la gran reforma social y la democratización, por las que clamaba y clama un país tan desigual y contrahecho como el suyo.


La obra de Paz Estenssoro quedó a medias, como le pasaba entonces a casi todas las tentativas de cambio y justicia social que por estos lares se emprendían. Bolivia siguió fracturada, prácticamente partida en dos países (y diríase que en dos topografías), separados por abismos sociales infranqueables, cavados desde la conquista española: el de los criollos y de los blancos ricos, instalados en Santa Cruz y su próspero y fértil entorno oriental, y el de la indiada ignorada. El primero, donde hoy anida la oposición, fue el que truncó en el referendo la descabellada pretensión de Morales de apoltronarse en el poder hasta el 2024, y acaso más allá, si posible fuere.


Lo curioso del caso es que el balance de sus 11 años de mandato resulta ser positivo y favorable. La postración ancestral de las etnias aborígenes cedió bastante, gracias a que la bonanza derivada de los altos precios de sus exportaciones, se aplicó, entre otras cosas, a impulsar la infraestructura. Descontando ahí, por supuesto, el ineluctable margen de corrupción o desgreño que siempre acompaña a las llamadas vacas gordas . A propósito: el Ecuador de Correa también supo invertir su bonanza petrolera en carreteras y puertos que intercomunicaron a todo el país, y con éste al mundo. Al revés de Venezuela, que malgastó la suya en un asistencialismo estéril y malsano, cuando no se la regaló a naciones inviables, atrofiadas, dependientes de la solidaridad y misericordia ajenas, como Cuba, Nicaragua y hasta la mismísima Norcorea.


¿Qué fue lo que afectó a Evo? El mesianismo, diría yo. La tentación autocrática, la sacralización de su figura adentro y afuera. Todo ello lo llevó a abusar del poder sin pudor ni medida, para reelegirse una y otra vez. Y el gastado discurso populista copiado del de Chávez, que ya fatiga los oídos de los latinoamericanos. Y aburre sobremanera, primero por falaz y maniqueo (no es el imperio yanqui el responsable de las tragedias actuales de Latinoamérica) y luego por superficial y zafio. Evo fue derrotado en el referendo por muy escasos votos, con casi la mitad de los sufragios a su favor. Lo doblegó no su obra, a todas luces encomiable, sino su manido discurso trasnochado, que ya no convence a nadie, por lo encubridor y mentiroso. Esa clase de arengas ya no conmueven ni siquiera en las aulas del bachillerato, donde alumbra la rebeldía precoz de los adolescentes. Mejor dicho, a Evo, pese a sus ejecutorias, lo derrotó su propia miopía, la inmadurez estacionaria y ya congelada de su criterio, o de su mensaje.