Columnistas

La Santa que muere de sed
Autor: Alvaro T. L髉ez
22 de Julio de 2014


Luego de recorrer, descubrir, bautizar todo el litoral caribe colombiano, desde lo que es hoy la Guajira Hasta el Dari閚, Don Rodrigo Bastidas fundo la ciudad de Santa Marta en el paraje asombroso que ocupaban nuestros hermanos mayores, los Tayronas.

alvarolopez53@hotmail.com 


Luego de recorrer, descubrir, bautizar todo el litoral caribe colombiano, desde lo que es hoy la Guajira Hasta el Darién, Don Rodrigo Bastidas fundo la ciudad de Santa Marta en el paraje asombroso que ocupaban nuestros hermanos mayores, los Tayronas. De acuerdo con el decir de los cronistas, el paisaje se descubría con los ojos cerrados, por el aroma de los azahares que poblaban gran parte del territorio, surcado por casi una infinidad de corrientes originadas en la Sierra, considerada por los nativos el centro del mundo. De hecho, los precolombinos lugareños acusaron ante los asombrados ojos de los fundadores, una liturgia en torno del agua, elemento purificador, tan abundante como el aire mismo.


Cuatrocientos ochenta y nueve años después la ciudad de Bastidas se muere de sed. No se trata de agotamiento de recursos por excesos, pues la población no ha crecido tanto como para que se diga que hemos secado la Sierra y el mar. Se trata de la más indolente acción contra una sociedad concreta que se pueda registrar en Colombia. Ya había vivido un infierno la ciudad cuando los santanderistas no le perdonaron que acogiera en su seno al moribundo Libertador, y que su cielo le sirviera de mortaja. Pero ahora, ¿por qué la castigan? ¿Qué interés torcido puede haber en que esta centralidad turística, con más atracciones que cualquier otro lugar, carezca de un servicio al que tiene derecho? Esto parece más uno de los ataques de corsarios, ¿el número veinte?, que vivió en los inicios de sus historia y, como entonces nadie la defiende.


Aunque el alcalde Caicedo, decepcionando a quienes lo creíamos diferente, tampoco ha  hecho mayor cosa, no es el único responsable. Lo que se vive en Santa Marta, tendría que ser ya objeto de sanciones administrativas y procesos penales, pues hay detrimento del patrimonio público y de la vida misma. En los años treinta, la ciudad contó con uno de los acueductos más modernos de Colombia, pero no hubo más. Los alcaldes de los últimos tiempos no han hecho nada para actualizar y modernizar el servicio. Y va siendo tiempo de que la gente haga algo distinto de pagar a los carro tanque que distribuyen el agua en el trafico más macabro; va siendo hora que el ejemplo de Taganga se generalice en toda la ciudad, para protestar, para reclamar el derecho a la vida.


Hay que tener fe en que el presidente Santos no se olvide del problema de Santa Marta, ahora que, terminada la campaña electoral, fue reelegido. Pueda ser que el cacareado Viceministerio del Agua cumpla con sus funciones y que la acción del tal Ministerio de Vivienda sea integral, pues no solo de casitas vive el hombre sino de todo los que entra y sale por tuberías y cables. Si de verdad este Gobierno está pensando en la tercera vía como la fuente de equidad que necesitamos los colombianos, tiene el primer ejercicio de laboratorio en la sed que sufren los samarios. Pero es importante que esta lamentable omisión del Estado, sea la semilla de la nueva dirigencia local que exija el cumplimiento de las obligaciones de quienes aspiran a los cargos de dirección del país.