Columnistas

El fin de la historia
Autor: David Roll
2 de Octubre de 2015


La idea de Fukuyama de que la caída del Muro de Berlín hace 25 años era el Fin de la Historia, sentó muy mal en los intelectuales de izquierda a nivel mundial.

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La idea de Fukuyama de que la caída del Muro de Berlín hace 25 años era el Fin de la Historia, sentó muy mal en los intelectuales de izquierda a nivel mundial. Marx, usando una frase de Hegel, había dicho que el fin de la historia no era la democracia capitalista sino su siguiente etapa evolutiva el comunismo, con una previa dictadura del proletariado. El autor dijo que al haber fallado ese intento revolucionario ahora sí estábamos realmente en el fin de la historia; aunque se trataba de una parodia provocadora, porque es claro que nadie sabe que sistema económico político diferente se pueda inventar y poner en práctica en un futuro. Pero lo cierto es que esa idea de que el mundo se convertiría en un comunismo internacional ajeno al capitalismo se acabó y hasta los pocos casos importantes en los que se dio cedieron hace poco en lo político y económico o por lo menos en esto último. En ese sentido es el fin de la historia, por  lo menos de esa historia que costó millones de muertos inocentes en la Unión Soviética durante Stalin y la República Popular durante Mao, y  cientos de miles en la Camboya de Pol Pot. Ello sin contar otras dictaduras de izquierda igualmente fallidas, varias de ellas impuestas desde afuera, además de los fracasados intentos de revoluciones que también ocasionaron muchas víctimas. Los desastres del fascismo y de la ultraderecha en todo el mundo tampoco deben ser olvidados, pero no sirven para justificar todo el mal que la idea revolucionaria violenta le hizo al mundo desde que se dijo: “proletarios de todos los países uníos”. Lo curioso es que al final no fue la ultraderecha la que acabó con los proletarios de Europa ni la izquierda revolucionaria la que los liberó. Fue la democracia capitalista y los partidos de izquierda no revolucionaria y de derecha progresista los que convirtieron a esa gran masa de proletarios, que según Marx y Engels harían la revolución en Alemania e Inglaterra, en ciudadanos prósperos de clase media y alta. Y así, con una Europa construyendo un Estado del Bienestar generalizado, con retrocesos y pausas, pero sin matar a nadie, ya no hubo sujetos para hacer ninguna revolución: sin proletarios no puede haber dictadura del proletariado y no la hubo. Y 25 años casi exactos después cae nuestro Muro de Berlín, pues la imagen que recorrió el mundo del quizá último líder comunista revolucionario del planeta con un ejército importante, evitando darle la mano al presidente dictador de Cuba para poder estrechar la de un presidente electo en una democracia capitalista, a la que consideraba ilegítima, es nuestro fin de la  historia. 


Y pocos días antes se selló otro mito no muy lejos de allí, el de la religión como opio del pueblo, cuando Raúl Castro asistió en Holguín, su ciudad natal, a la misa del Papa Francisco, para luego despedirlo alegremente al dirigirse el pontífice a Estados Unidos a gestionar el fin del embargo a Cuba. Son los nuevos tiempos, y en ellos son héroes tanto los que están haciendo la paz y la apoyan, como el ya conciliador anfitrión del proceso, y el papa latinoamericano que intermedió entre este y el presidente afroamericano del país más poderoso del mundo. Me pregunto si aún así, con acuerdo de paz en Colombia próximo a ser firmado, con el reestablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba por intermediación del líder religioso más visible del planeta, seguirá habiendo ese discurso antidemocrático, anticapitalista, antirreligioso que se da aún en varios escenarios intelectuales en Colombia como si la historia no hubiera avanzado. Si es así no veo como ocultarán quienes persistan en esa ideología, y quieran vendérsela a los jóvenes, hechos tan rotundos como la diseminación de la democracia por toda Europa, Oceanía continental y América Latina, parte de Asia y África, aceptada incluso por exguerrilleros que ahora gobiernan en muchos países o que están haciendo acuerdos de paz para hacer partidos democráticos. Y no se diga el capitalismo, que es aceptado hasta por China ahora, aunque hasta el propio Papa critique su actual crisis frente al bienestar y la ecología. Como dijo Obama en el discurso de la ONU al cumplir esta setenta años, esa democracia disfuncional que tanta insatisfacción nos genera es de todos modos la que hace posible la libertad de pensamiento y la libertad religiosa (o de ateísmo), y ese capitalismo tan criticado hoy en día el que ha permitido el progreso de muchos países, a lo que hay que agregar que los más pobres son aquellos donde no ha llegado con suficiente fuerza aún. Seguiremos oyendo las frases sobre el diabólico imperio aunque este quite el embargo y haga las paces hasta con Irán, y las críticas a la democracia con nostalgias revolucionarias ahora sí imposibles de conseguir en país alguno, y nadie nos podrá librar del que recientemente se denomina “pensamiento crítico”, que son el conjunto de viejas teorías contra el sistema capitalista de producción reeditadas en términos menos radicales y catastrofistas que antes pero para nada debilitadas. Son expresiones que alcanzarán a llegar a los que hoy son jóvenes, pero los actuales niños no las entenderán en pocos años aunque se las expliquemos una y otra vez. Será mejor decirles que hubo un eclipse en septiembre de 2015 que las borró del mapa y casi que del recuerdo.


*Profesor Titular Universidad Nacional