Columnistas

Chávez, Santos y el falso maquiavelismo
Autor: Eduardo Mackenzie
31 de Marzo de 2011


Pocos días antes de que fuera confirmada la visita oficial del presidente Hugo Chávez a Colombia, la opinión se enteró de que Luis Alfonso Hoyos, el brillante embajador de Colombia ante la OEA, será removido de su cargo.

Pocos días antes de que fuera confirmada la visita oficial del presidente Hugo Chávez a Colombia, la opinión se enteró de que Luis Alfonso Hoyos, el brillante embajador de Colombia ante la OEA, será removido de su cargo. Hoyos había denunciado, con mapas, fotos y coordenadas precisas, que las Farc disponen de bastiones en Venezuela. La cancillería colombiana no buscó siquiera maquillar ese brutal despido. Dejó correr el rumor de que trataba con ello de congratular a Chávez, quien durante el gobierno del presidente Álvaro Uribe había calificado al embajador Hoyos de “criminal”, por haber hecho esas necesarias revelaciones. A última hora, el 29 de marzo, El Tiempo indicó que la cancillería  “por el momento” [...] “no tiene previsto relevar al diplomático de su cargo.”


¿La política exterior de Colombia está escapando de las manos de quien debe dirigirla? ¿Las exigencias de Caracas están dictando la línea en el palacio de Nariño?


Sobre el affaire Walid Makled, el presidente Chávez también logró imponerle al presidente Juan Manuel Santos la deportación del capo narcotraficante a Caracas, cuando es a Estados Unidos a donde debe ir ese individuo. Washington  fue quien descubrió sus operaciones delictuosas y las conexiones de éste con jerarcas venezolanos. Y, sobre todo, fue quien pidió antes que nadie su extradición. Sin embargo, el jefe de Estado colombiano cedió ante Caracas y ha dicho que se dispone a “cumplir la palabra” que le dio a Chávez. Makled es pieza clave del entramado narcoterrorista que Cuba y Caracas están montando en América Latina con  el Hezbolá libanés.


Está también en  triste episodio de Unasur. Ese organismo chavista fue incapaz de acoger la propuesta de Bogotá de nombrar a María Emma Mejía secretaria general de ese organismo, en reemplazo del fallecido Néstor Kirchner. El cenáculo de obtusos machistas que se reunió cerca de Quito, decidió otra cosa: darle a Bogotá  un premio de consolación. La ex canciller colombiana será secretaria general de medio tiempo pues el próximo año ella será reemplazada por el venezolano Alí Rodríguez Araque. Bogotá se tragó esa culebra y hasta se declaró feliz con esa humillación. Unasur mostró así que no confía en el gobierno de Santos, ni en Colombia, ni en la mujer,  a pesar de las concesiones que recibe de Bogotá.


Unasur confía más bien en el ex canciller Alí Rodríguez quien no es una perita en dulce. El hombre tiene sangre en las manos. Ex guerrillero comunista, el nuevo jefe de hecho de Unasur era un experto en explosivos en los años 60 y 70. Resulta grotesco ver a María Emma Mejía tratando de nadar en tan turbulentas aguas, pues nadie ignora que Rodríguez, antes de que le llegue el turno, se inmiscuirá en todo lo que la colombiana haga.
Colombia se dejó imponer la voluntad de Chávez sobre el contubernio de éste con las Farc. Ningún miembro del gobierno, ni la prensa gobiernista, osan pronunciarse ahora sobre ese asunto: los campos de las Farc en Venezuela, desde donde siguen lanzando cobardes ataques contra Colombia, no existen, se evaporaron desde el 7 de agosto pasado. Esa amenaza, sin embargo, sigue allí y se refuerza cada día.  Eso se refleja en la dura ofensiva actual de las Farc contra la fuerza pública. ¿Qué dijeron la canciller Holguín y el ministro de Defensa Rivera cuando la Brigada 18 del Ejército de Colombia descubrió, a cinco kilómetros de la frontera, un arsenal que iba destinado a las Farc donde había armas, abundante munición, una tonelada y media de anfo y hasta 193 uniformes con marquillas de las fuerzas militares venezolanas? Nada. No dijeron nada. ¿Qué dirá al respecto el presidente Santos cuando vea a Hugo Chávez en Cartagena?


El presidente Santos explicó a comienzos de marzo que, en política exterior, su propósito era “tener buenas relaciones con nuestros vecinos, buenas relaciones en la región, mantener las magnificas relaciones que hemos tenido con Estados Unidos”. En otras palabras, que estamos en Jauja y que es factible lograr la cuadratura del círculo. Con Estados Unidos las cosas no van bien. En lugar de “magníficas relaciones” lo que tenemos es un bloque de hielo. Lo de Makled es apenas un epifenómeno. Lo de las siete bases, no. Es un affaire principalísimo que ha sido archivado por Bogotá para darle gusto a Chávez, mientras éste, precisamente ahora, está en pleno delirio armamentista. Esa huida hacia adelante de Bogotá, su negativa a ver con realismo las cosas, a pensar y organizar su defensa estratégica, que no es sólo un asunto militar, en vista de lo que  Rusia, Irán y Cuba están construyendo en Venezuela (la prensa alemana habla de la edificación en 2011 de una rampa de lanzamiento de misiles de mediano alcance y un depósito de armas estratégicas de Irán), es un error de perspectiva que nos podría costar caro.


¿Distanciarse de Washington y acercarse a Caracas, bajo el pretexto de que el TLC sigue estancado, no es una actitud de falso maquiavelismo? ¿Cederle ahora a Chávez el cemento colombiano a cambio de promesas en el aire sobre el aumento del comercio bilateral no es un acto de miopía imperdonable? Las promesas, se sabe, no obligan sino a quien las cree.


El analista Rafael Nieto Loaiza preguntaba el otro día: ¿Debe la cancillería seguir jugando al gallito fino con los Estados Unidos?”. Nuestra respuesta es no. No es el momento para estar en bailes con Hugo Chávez.  El experimento anti liberal y anti democrático de éste no podía ser consolidado. Ese proyecto está en su fase agónica. Lo de Gadafi  muestra que la buena suerte de ciertos dictadores está cambiando. Muestra igualmente el aislamiento y la bancarrota del dictador venezolano, quien podría correr la suerte de un Noriega si dispara contra la revuelta inevitable de su pueblo. Apostarle a un tirano perdedor en el tablero económico e internacional es torpe.