Violencia contra la niñez e inteligencia artificial 

Autor: Manuel Manrique Castro
18 octubre de 2018 - 10:06 PM

Los debates de hoy, de la más diversa naturaleza y especialmente los relativos a la conducta humana, deberían tomar en cuenta el impacto progresivo de la inteligencia artificial

En una reciente charla con 300 estudiantes secundarios y de universidades del sur de Londres, el intelectual más solicitado de estos tiempos, Yuval Noah Harari dijo que “estamos entrando a la era en que será posible hackear seres humanos”. Tal eventualidad, en apariencia propia del cine de ficción, ocurrirá por medio de algoritmos capaces de entender al ser humano mejor de lo que él se comprende a sí mismo. Según Harari, dentro de algunos años, tales algoritmos podrán decirle a un adolescente mucho de sí mismo, simplemente analizando información disponible. Los requisitos para el hackeo humano, según Harari, ya existen: el grado de conocimiento alcanzado sobre la biología humana, especialmente del cerebro y el poder computacional acumulado y en evolución constante. Como es comprensible, tal avance cualitativo dará lugar a intensos debates y tardará en extenderse sobre el planeta.

Si eso es así -y Harari es suficientemente serio y riguroso como para lanzar, sin fundamento, una afirmación de tal calibre- los debates de hoy, de la más diversa naturaleza y especialmente los relativos a la conducta humana, deberían tomar en cuenta el impacto progresivo de la inteligencia artificial cuando se trate de pensar el futuro, porque su llegada e incidencia en todas las esferas de la vida social es inminente.

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El dilema es cómo hacerlo si aún no se ha cristalizado; mientras, al mismo tiempo, las exigencias presentes no se pueden detener a la espera de una realidad cuyos efectos serán decisivos sobre nuestra evolución como especie. Lo más importante, teniendo en cuenta lo inevitable de su llegada es, sin embargo, cómo resolver esa asimetría entre aquello que se gesta aceleradamente y nos transformará de manera radical y el modo en que seguimos intentando resolver los desafíos de este periodo.

Tomemos por ejemplo el informe de la máxima autoridad de la ONU, presentado a la Asamblea General a fines de julio pasado, con recomendaciones a los países para proteger a la niñez contra el acoso, incluyendo el ciber acoso. Para la preparación del informe se hizo la mayor recopilación existente sobre el tema y fue posible gracias a la contribución de los estados integrantes de la ONU y algunas de sus agencias, organizaciones independientes y muchas otras entidades contrarias a la prevalencia del acoso.

Según el informe “en todo el mundo más de 1 de cada 3 estudiantes (130 millones) de 13 a 15 años sufren acoso y aproximadamente 3 de cada 10 adolescentes de 39 países de Europa y América del Norte admiten que acosan a otros en la escuela”. No hay duda de su creciente gravedad. A los estados se les sugiere elaborar políticas nacionales sobre el delicado asunto, mejorar la legislación existente, proporcionar educación segura y de calidad, mejorar la capacidad de los profesionales, empoderar a los niños, asegurar justicia restaurativa, “disponer de datos precisos, fiables, completos…para orientar respuestas eficaces”. Entre las nuevas esferas de preocupación se mencionan dos importantes: la prevención del acoso y otras formas de violencia en la primera infancia y la ruptura del silencio sobre el acoso en el deporte.

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En asuntos del comportamiento humano relacionados con la violencia, los resultados de la acción estatal en todo el mundo y especialmente en los países con menor desarrollo, son modestos y tienden a encaminarse por las vías punitivas. Además, su alcance privilegia los canales institucionales en detrimento del trabajo directo con familias comunidades donde las intervenciones suelen ser más eficaces y duraderas. Es en este ámbito donde conviene considerar nuevas formas de entender, planear y actuar, aprovechando el vertiginoso desarrollo tecnológico a favor de soluciones que permitan la activa participación ciudadana y desde luego mejores soluciones. Hacerlo así, sin duda, podría prepararnos mejor para la llegada de los insospechados desafíos de la inteligencia artificial y el incesante despliegue de la actual revolución tecnológica.

 

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