Vecino

Autor: Saúl Álvarez Lara
6 julio de 2020 - 12:08 AM

Me sorprendió y la sorpresa me llevó a  constatar mi inocencia al creer que Vecino leía a los otros, pero era yo el objeto de su observación.

Medellín

Un lugar público, un encuentro. Sucedió en la Plazuela de San Ignacio en Medellín. Eran poco menos de las cinco de la tarde. No hacía frío, ni calor. El ambiente, húmedo por la época de lluvias, era frío. El hombre sentado a mi lado, ya estaba allí cuando llegué, llevaba una chaqueta abrigada y no tenía actitud precisa, ni espera, ni reposo, parecía concentrado en una lectura pero no tenía libros a la mano. Yo no estaba retrasado para nada, sólo quería asistir, a las seis y media, más de una hora después, a una conferencia en uno de los edificios que bordean la Plazuela. Escuché su voz cuando notó que miraba mi reloj: “…No se afane, dijo, a esta hora en otras épocas del año parece más temprano…” No respondí. Pasaron unos minutos. El señor no se movió de su lugar, calló y continuó con su actitud de lectura imaginaria. Me pregunté de qué podríamos hablar ese hombre, mayor, pensionado quizá, y yo, aun sin jubilar y a la espera del tiempo que pasa. Qué relación podría haber entre dos personas desconocidas, sin puntos en común, en un lugar público. La no respuesta a la defensiva abrió un espacio de observación para mí; él conservó el suyo y me ignoró, lo hizo adrede, era una táctica, una manera de leer al otro, comprendí más tarde. Sin que lo percibiera, eso creí, lo observé por la esquina del ojo y tomé nota en una libreta de bolsillo de sus gestos, movimientos, miradas, actitudes de lector imaginario, observador de situaciones, gente y lugar que nos rodeaba.

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Tomé nota, al cabo de cierto tiempo releí lo escrito y constaté que ninguna de las particularidades de su figura, de su ropa o la razón por la cual, imaginaba que estaba allí aparecieron en esos apuntes. Todo se ajustaba a su actitud, a la forma como miraba las cosas y las personas, a la posición que adopta el cuerpo cuando su dueño está enfrascado en una lectura cuidadosa. Su figura transmitía concentración. Decidí que su actitud no era el resultado de un trabajo ejercido durante su vida laboral, tampoco era resultado de una profesión cercana a los documentos y las lecturas. Su actitud consistía en leer lo que le rodeaba en todos sus detalles como páginas de un libro que pasaba con lentitud. El hombre estaba involucrado en la lectura de un libro que mantiene abierto.

Vecino retrato a mano

Lo dicho hasta el momento está en la libreta de bolsillo, ahora sólo transcribo lo que anoté mientras él, mi vecino, seguía concentrado en su lectura. En cierto momento, tal vez de distracción, hice un movimiento inesperado para buscar de nuevo mi reloj, entonces percibí una especie de temblor en sus párpados, algo parecido a un alto en su actividad de lector permanente. No me miró, sólo murmuró: “…el tiempo es lento cuando uno no lo desea así…” No lo dijo para entablar conversación, no cambió de posición ni de actitud, tampoco me di por enterado y no interrumpí la intención de consultar la hora. Cuando la pude ver debí adjudicar el beneficio de la precisión a lo que dijo, apenas habían transcurrido cinco minutos.

Después de la interrupción, Vecino, lo llamaré así para no sugerir interpretaciones banales de su nombre, pareció concentrarse en un hombre a unos veinte metros de donde nos encontrábamos. Había estado allí todo el tiempo y era, lo menos que puedo decir, ilegible para la mayoría de los pasantes aunque desplegaba una actividad que debía llamar la atención. El hombre anunciaba el precio del jugo de naranja: doscientos cincuenta pesos el vaso sencillo, quinientos el doble y setecientos cincuenta el doble acompañado de huevo crudo, fuente de energía y salud para deportistas, trabajadores, amas de casa, niños en edad de estudiar y adultos en general hombres o mujeres. En su actitud de lector, Vecino separó al hombre del lugar donde se encontraba y lo consideró por partes, la cara joven, el peinado revuelto, la piel quemada por el sol, la camiseta entre verde y gris con letrero desvanecido por el tiempo, el agua y el jabón; los pantalones de tela azul como todo el mundo. El aparato de aluminio brillante por el uso para exprimir las naranjas pegado al cajón sobre ruedas que servía de mostrador le llegaba a la cintura lo mismo que la jarra para el jugo, los vasos desechables y los huevos. Vecino calculó el tiempo dedicado a los jugos: un par de años. Antes trabajaba en la construcción y antes la tierra, sus manos eran rudas. Hubiera podido exprimir las naranjas sin necesidad de aparato pero el exprimidor de aluminio le daba seriedad y también higiene al negocio.

Vecino se revolvió en su lugar y por primera vez desde cuando me senté a su lado sentí que me observó, hice lo mismo, él buscaba constatar que seguía tomando nota y yo quería estar seguro de que a pesar del frío y la humedad todavía estaba ahí. No me atreví a buscar la hora en mi bolsillo por temor a desconcentrarlo. Sin embargo él percibió mi intención y dijo: “…el tiempo se toma su tiempo, no hay por qué preocuparse…” Me sorprendió y la sorpresa me llevó a  constatar mi inocencia al creer que Vecino leía a los otros, pero era yo el objeto de su observación. Si ahora percibía mis pensamientos y la necesidad de saber la hora ¿qué otras situaciones habrá intuido?, ¿qué habrá imaginado?, ¿se daría cuenta de que paso buena parte del día imaginando historias de otros y él en un acto de retaliación me está incluyendo en una de sus lecturas?, ¿cómo me habrá considerado? quizá como un desactivado que se sienta en una banca pública sin nada más que hacer que tomar nota en una libreta. Alcancé a creer que me consideraba como un solitario sin capacidad de relacionarme con otros; estaba a punto de salir corriendo cuando una mujer de edad promedio, bonita, con piernas largas, minifalda corta, cabello negro que se perdía entre los arabescos de su vestido ajustado, vino a sentarse en un lugar donde no había bancas sino un muro bajo que servía de posadera para las gentes que agachaban la cabeza pensando o haciendo cuentas. La mujer hubiera pasado desapercibida si la certeza de que Vecino había sucumbido, como yo, al movimiento tenue de sus muslos al frotarse entre ellos. Pero ni la mujer ni el paso repetido de un vendedor de lotería lograron opacar un llanto estancado, represado, de esos que no se quieren dejar oír y nos sacó de la tentación de la suerte comprada y del embrujo de las piernas. Los sollozos vinieron de un lugar a la derecha de la mujer. Vecino identificó antes que yo su origen preciso. Anoté en mi libreta que una silueta que no lograba identificar había comenzado a lloriquear protegida por el casco de plástico un teléfono público. El llanto distrajo por completo nuestra atención de la dama y ella desplazada por las lágrimas desapareció como había llegado.

Vecino asumió, en mis notas, la posición de quien infiere el por qué del drama, ¿es una joven abandonada por un incumplido que no llegó? La joven, apenas veíamos el cuerpo, mantenía la cabeza clavada al interior del casco de plástico. Vecino tuvo la intención de consolarla pero algo lo hizo arrepentir, algo que sólo comprendí cuando su centro de atención flotó sobre las cabezas de la gente que conversaba mirando el piso: el ruido. El ruido era intenso. Fue un instante de calma, inesperado, lo que nos permitió escuchar el llanto. Otro momento igual, escaso, limpio, sin interferencias confirmó que la figura clavada en el casco de plástico del teléfono ya no estaba allí. La Plazoleta era más fuerte que el llanto.

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Los árboles centenarios se unieron en la sombra de la noche. La hora de la conferencia estaba cerca. La luz del alumbrado público recortaba al azar las figuras en pequeños grupos o simplemente pasando por allí. Pero no había azar, el barullo que invade la Plazoleta desde la mañana disminuye con la llegada de la noche. Todo estaba previsto, incluso mi llegada y mi inquietud. Vecino también. Cuando el movimiento se calmó, fue como unas páginas que se cierran, unas imágenes que se aquietan, unas figuras que se sostienen en equilibrio entre lo leído y lo por leer hasta el día siguiente. Vecino entonces murmuró una frase que me pareció de despedida. Era casi noche y yo apenas tenía tiempo para llegar al auditorio en el cuarto piso del edificio que ocupa el costado más lejano de la Plazoleta. “…Ya es hora…”, me parece que dijo y se fue. No pude reprimir un estremecimiento al pensar que me llevaba como parte de sus lecturas del día. Como protagonista de alguna historia fantástica sucedida en aquel banco público. Sin embargo me tranquilizó saber que las casi dos horas pasadas a su lado habían enriquecido las notas en mi libreta. Me tranquilizó la seguridad de que yo también lo tendría a él en una de mis historias.

 

© Saúl Álvarez Lara / 2007 – 2020

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