Trabajo informal: como ruedas sueltas

Autor: Laura Wagner
13 julio de 2019 - 01:11 PM

Hablar de empleo informal es recurrir tanto a un debate habitual, como a un fenómeno que es ya una forma de vida. Según las últimas mediciones del Dane, los trabajadores informales son poco menos del 50% de la población. Y, por absurdo que sea, no hay una sola definición o acuerdo sobre cómo disminuir la informalidad, la misma que hace las veces de escape y exclusión en Medellín.

Medellín

Desde madres que trabajan diariamente, conscientes de que han llegado a un punto muerto en su ascenso social, hasta jóvenes graduadas, limitadas tal vez por la misma naturaleza de su campo; amas de casa, que no han encontrado su espacio en el mundo laboral exterior, y mujeres desplazadas, que caen desprevenidas a las fauces de un mercado voraz.

Subordinadas o cuentapropistas, asalariadas o independientes; cuatro voces femeninas recorren las preocupaciones diarias en temas de salario, protección social y educación, las dificultades atravesadas en un mundo laboral complejo y los limitantes que las intentan relegar a ese mal llamado ciclo de reproducción de la pobreza, que procuran desterrarlas como ruedas sueltas en una economía del rebusque, que las condicionan como mujeres y trabajadoras informales.

Tema informalidad

La informalidad tiene sus variantes: hay quienes no reciben protección social, aunque estén empleados; quienes hacen su propio puesto de trabajo, y quienes trabajan por prestación de servicios y deben descontar parte del sueldo para gastos de protección social.

¿Una sociedad de no futuro?

Cerca de la iglesia de La América y al pie de la Avenida San Juan en sentido occidente-oriente, se sitúa Innova Salón de Belleza, un local con poco más de 10m², enrejado blanco y mobiliario rosa con negro. Amas de casa, jóvenes de cabello largo, vecinas en ropa deportiva y algún que otro vendedor ambulante asoman sus cabezas hacia el salón y saludan sonrientes a la mujer de pijama y sandalias crocs negras que pasea, celular en mano, frente a los espejos de su propia peluquería.

“Nunca he sido empleada de nadie por el área en la que me desempeño, siempre te contratarán por prestación de servicios y, normalmente, la paga es un salario mínimo. No hay horarios, ni cesantías, ni primas, ni vacaciones”. Claudia esboza una sonrisa y explica, refiriéndose a su situación actual: “Eso nunca me ha afectado; en salud, a mí me cubre el Sisbén y, si uno se pone a pensar, los demás reciben prima, pero un sueldo muy bajito, apenas un mínimo, yo recibo más”.

De esta forma, el exministro de Hacienda Guillermo Perry Rubio afirma en Informalidad: Escape y Exclusión que la mayoría de los trabajadores informales independientes deciden “escapar” voluntariamente de beneficios formales como las prestaciones sociales al preferir las condiciones del trabajo autónomo. Por su parte, Carlos Julio Díaz, profesional de la Escuela Nacional Sindical, explica que ello se debe a que pocas empresas generan empleos formales (el 95% difícilmente puede ofrecer un salario mínimo) y a la insuficiencia de este.

“¿Qué más se puede hacer? En el país, casi la mitad de los trabajadores ganan menos de un mínimo y este no alcanza ni para la mitad de la canasta básica de ingresos bajos”, asegura él.

Los pies de Claudia Vargas escapan del encierro de las sandalias crocs mientras ella sacude ligeramente su cabeza, hace cuentas mentales y concluye: “La peluquería me deja lo suficiente para vivir y ahorrar para mis paseos. Pero hasta ahí llego, me falta plata, mucha plata, para expandir mi peluquería o estudiar Derecho, que es lo que siempre quise”. Ella se encoge de hombros y ríe. “Para cuando sea viejita, no tengo ni idea de qué voy a hacer”.

En realidad, según el Dane, apenas el 51,5% de ocupados, tanto informales como formales, de Medellín y otras ciudades principales cotizaron por pensión en el primer trimestre de 2019. Sumado a esto, las cifras de la misma entidad y de Medellín Cómo Vamos indican que la población femenina y juvenil es la más vulnerable en atravesar situaciones de empleo precario e informal.

“Esta es una sociedad de no futuro, de ancianos indigentes, porque ellos nunca se pensionarán y nunca generarán un patrimonio para sostenerse”, asevera Carlos Julio Díaz.

William Ecuatron

Entre el empleo formal e informal, hay zonas grises que parten de la pobreza y los bajos ingresos… ¿Hasta qué punto la labor en la calle deja de ser trabajo y se vuelve mendicidad? William hace su rutina como “Ecuatron” y las ganancias son para sus estudios en Producción Audiovisual.

Mujer, pobre y negra

A las 3:00 p.m. de un jueves, los transeúntes de Plaza Botero se agitan como un escuadrón de hormigas que acaban de romper filas; desde niños que corren hacia el extraño hombre disfrazado de robot en medio de la plazoleta hasta policías de turismo que dan zancadas, impacientes por resguardarse bajo la fiel sombra de algún árbol o escultura. Elizabeth Mosquera comparte el gusto de los últimos; escondida cerca de la Cabeza de Fernando Botero, se aferra a su bolsa antes de cobijarse debajo de un ramaje que promete mayor protección solar.

De ojos oscuros, piel morena, cabello recogido detrás de una bandana rosa y sonrisa cansada, Elizabeth hace aseo en casas de familia desde 1999, a los 21 años, cuando llegó desplazada de Chocó con su esposo y dos hijos; ahora tiene cinco y vive en Santo Domingo. Sin antecedentes laborales y con una educación de hasta sexto grado, no pudo encontrar un trabajo con mayores garantías legales; tan solo en el 2011 se expidió un convenio de la OIT sobre los derechos de las trabajadoras del hogar y, cinco años después, la Ley de la Prima de Servicios.

Jorge Coronell, excoordinador del Observatorio Regional del Mercado de Trabajo de Antioquia, asegura que la informalidad laboral solo puede responderse con acciones acompañadas de esfuerzos en calidad de vida, inclusión social y, especialmente, educación.

“No basta con hacer una ley ni inversiones públicas en ciertos programas, sino un trabajo con los empresarios y con las personas que son proclives a salirse de estudiar, como las futuras madres jóvenes, además de programas para atender la migración”, explica.

De esta forma, sin ser consciente de ello, Elizabeth pasó a hacer parte de las 620.000 empleadas domésticas informales que contabilizan el Dane y el Ministerio de Trabajo para este año, de un total de 750.000; o, como se quiera ver, pasó a engrosar la proporción de 49% de mujeres ocupadas en la informalidad en Medellín y otras ciudades.

“Aquí la vida es más dura que en el Chocó, y ha empeorado”, admite. “Vengo de la casa de un señor, le llegué muy temprano, hice el aseo y no me pagó; dijo que luego me cancelaba. Gracias a Dios, hay comida en la casa ahora mismo, pero cuando no he tenido, toca aguantar”, agregó.

Elizabeth se queja de que ha perdido muchos trabajos por las migrantes venezolanas, quienes laboran por 15.000 pesos la jornada. Ahora, solo le quedan dos: una casa en Laureles, que visita los jueves cada 15 días, y otra en Envigado, que arregla los sábados completos; en ambos le pagan 50.000 pesos por día. También tiene sus cuentas pendientes: dos de sus antiguas empleadoras no le han pagado la prima, y una de ellas ni siquiera la ha liquidado.

El pago de los salarios, el respeto a su salud y a las jornadas de trabajo, el buen trato de los empleadores y la representatividad política son las principales preocupaciones de las empleadas domésticas que destaca Andrea Londoño, fundadora y coordinadora de la iniciativa Hablemos de Empleadas Domésticas. Según ella, se han dado avances en materia de derechos y concientización, pero estos todavía no llegan a sus bolsillos.

Antes de recoger sus pertenencias y despedirse, Elizabeth Mosquera concluye enfáticamente: “Para mí, todo es más difícil por ser mujer… por ser pobre… y por ser negra. Llevo 20 años trabajando y la cosa es seria, me han llamado estúpida e idiota, no me han pagado y me han tratado mal. Sigo trabajando porque toca, nunca me ha gustado que mis hijos pasen hambre”.

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Detrás de las máquinas

Los rollos de hilos danzan en sus puestos mientras Elizabeth Escobar Moreno y su madre concentran manos y ojos para terminar el pedido de 1.200 camisetas que las ocupa ahora. Sentadas sobre cojines en las viejas sillas de madera de su casa, ambas se encargan desde hace 15 y 40 años, respectivamente, de confeccionar todo aquello que les encarguen.

Por su parte, la sala de trabajo, que en alguna ocasión fue el patio de la casa y ahora está repleta con torres de telas, siete máquinas fileteadoras, otras tantas de vapor y una para hacer remaches, se ubica en una de las residencias más antiguas del barrio Andalucía, en Santa Cruz.

Aunque desde los 20 años, momento en el que nació su primera hija, tuvo varios trabajos en negocios familiares y en una bodega de ropa en Itagüí, Elizabeth Escobar prefirió organizar sus pedidos de acuerdo con sus horarios, no depender de conocidos ni empleadores que, de vez en cuando, podían sobrepasarse con ella y, más que todo, no confiar en las garantías de un gobierno que se le antoja demasiado lejano y desinteresado.

“Nunca he tenido dudas ni he querido saber nada de la pensión; no tengo por qué preocuparme ya que mis papás tienen la casa y, cuando ellos se vayan, voy a quedar ahí”, afirma con confianza. “Además, en este país es muy difícil pensionarse, y mucho más para las mujeres. Lo digo porque mi papá es pensionado, él trabajó casi 40 años para una empresa y le dio mucha dificultad; aquí hay mucho machismo y si a él le dio duro, no imagino cómo sería para mí”.

Por ello, el exministro de Hacienda Guillermo Perry Rubio resalta que: “En ocasiones puede ser un asunto de credibilidad en el gobierno. Por ejemplo, si los trabajadores no tienen confianza en el compromiso o en la capacidad de cumplimiento de los beneficios ofrecidos por parte del gobierno, como los pagos pensionales en el futuro, pueden percibir sus contribuciones como un impuesto puro”.

A través de los lentes, Elizabeth Escobar rueda sus pequeños ojos hacia el techo y termina con un suspiro: “Así no reciba prima, yo hago parte de una clásica natillera para ahorrar plata hasta diciembre, por los estrenes y traídos de los muchachos. Esa plata me sirve mucho, aun así, me gustaría contar con una caja de compensación para que mis hijos disfruten el subsidio y salgan a recrearse, y, tal vez, hacer algo para tener más dinero en el futuro”.

“¿Qué proyección a largo plazo podrán hacer las personas en el marco de incertidumbre de saltar de trabajo en trabajo, sin posibilidad de ahorrar?” pregunta Jorge Enrique Coronel, especialista en Finanzas Públicas. “Y, ¿qué entorno familiar tienen los hijos de padres que salen a trabajar y llegan tarde a las casas? Necesitamos familias fuertes o tendremos ruedas sueltas, niños con problemas de acceso a la salud y educación”.

Informalidad

Aunque emprendedores, 14 millones de colombianos son considerados trabajadores informales al tener empresas de poco valor para el mercado; según estudios, un 20% de ellos están calificados.

En la zona gris

Sentada en el Parque de los Deseos, Mariana Ortiz, de 26 años, confiesa que, a pesar de ser la única con estudios superiores en su hogar, el salario que recibe es reducido y que alrededor de una cuarta parte de este, exactamente 245.000 pesos, debe pagarlos en seguridad social.

“Al contrario de mi papá, que apenas terminó la primaria, y mi hermano, que no siguió el bachillerato, yo tengo más alcance a otros medios laborales y puedo pensar en otras cosas, no solo en el día a día”.

Como muchas otras ciudades, Medellín se destaca por conservar una alta tasa global de ocupación; con la cifra de 65,3% en el último trimestre, la capital indica un fuerte flujo de personas que, según el análisis del economista Jorge Coronel, van al mundo laboral y que, de no hallar buenos empleos, caen en el desempleo, informalidad o, en el peor de los casos, criminalidad.

Aun así, Mariana concluye: “En realidad, yo no me siento tan informal, pero es porque mi contrato es de prestación de servicios; si no fuera por las condiciones económicas del país, tendría otro empleo”.

El fenómeno

A pesar de que la informalidad despierta interés en el país desde los años 60, hoy en día no hay convergencia ni precisión sobre cómo debería definirse y medirse; el Dane, por ejemplo, se refiere a los empleados que laboran en establecimientos de hasta cinco personas ocupadas, lo que da una tasa de 47%; el Ministerio de Trabajo la analiza desde la afiliación al régimen de pensiones, provocando una cifra de 65%, y en la Escuela Nacional Sindical se considera que está asociada a la vinculación al sistema integral de seguridad social, lo que también se redondea en 65%.

Entre independientes y asalariados, o también llamados cuentapropistas, los que hacen su puesto de trabajo, y subordinados, como los contratados por prestación de servicios, los trabajadores informales en Medellín, actualmente el 43,4% de la población, penden en el vaivén de un comercio inestable, afianzado en el sector del comercio y servicios desde hace 40 años, y de unas acciones políticas flojas y poco integrales.

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