Sobre Ver

Autor: Saúl Álvarez Lara
16 marzo de 2020 - 12:09 AM

El escritor Saúl Álvarez Lara describe las acciones de ver y mirar, a partir de la novela Ver.

Medellín

Ver es una novela corta. Un hombre ciego, quizá también hubiera podido ser una mujer ciega, recuperó la vista después de un accidente. Técnicamente es posible si el ciego no lo es de nacimiento y si intervienen otras condiciones que no vienen al caso. Amadeo Duque, así se llama el hombre, ve, y ese hecho en apariencia corriente tiene significado profundo: su situación es la misma de alguien que acaba de nacer y sabe nada o muy poco de las personas, las cosas, las calles, los colores o las palabras que encuentra y nunca ha visto. Es un encuentro de primera mano con lo desconocido y con lo conocido representado en su familia. También es un encuentro con el temor que lo obliga a fingir la ceguera porque es la única manera de sobrellevar las consecuencias del accidente que nunca buscó, ni siquiera imaginó posible. Amadeo Duque es un recién llegado, conocido y desconocido que, sin saberlo, se encuentra en un medio que no sabe si lo rechaza, lo acepta o, lo prefiere como era antes. Por supuesto, a falta de vista, Amadeo ha desarrollado otros sentidos con los que “ve”, así entre comillas. El tacto, el olfato, el oído, o incluso, el gusto, hacen el oficio de ojos distribuidos por su cuerpo y le sirven para el reconocimiento de lo próximo y de lo lejano. Esa multitud de ojos hace que se sienta más seguro en su ceguera. Ver lo obliga a reconocer y es, entonces, cuando se da cuenta de que no distingue los colores, el único que identifica es el azul del cielo y eso porque siempre le han dicho que el cielo es azul, tampoco distingue las palabras si no están resaltadas con el relieve del Braille y sólo puede saber la hora si la palpa en su reloj.

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El trance que vive Amadeo no es extraño. Nos limitamos a “mirar”, al infinitivo, sin ver. Amadeo, por su condición, está obligado a “ver”, es necesario para lo simple, para lo sencillo, para lo banal, como encontrar la dirección correcta en una ciudad desconocida.

Hay, entonces, una diferencia entre “mirar” y “ver”. “Mirar sin ver” es posible, es, incluso, una expresión coloquial. Lo contrario es imposible. Cualquiera puede pasar por el mundo sin ver nada, lo evidente es que no lo hace con los ojos cerrados, lo hace a ciegas, una forma desdeñosa de calificar ese paso. Mirar solamente, indica cierta falta de interés en lo que se mira. O, cierta ignorancia.

Es claro que cada persona “ve” (ojo, no “mira”), lo próximo y lo lejano según su interés, conocimiento, y calidad o cantidad de la información de que dispone. Un odontólogo ve el mundo por las sonrisas de la gente. Un diseñador de zapatos por los pies de quienes se encuentra. Un arquitecto tiene preferencia por los edificios, los materiales, el diseño o su historia. Un escritor ve el mundo en los otros, los observa, les inventa historias, o se sienta en un café a verlos pasar.

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No es posible olvidar ciegos insignes que han visto más, mucho más, que la gran mayoría de los videntes. Homero o Borges, por ejemplo; o Milton, el poeta ciego a los veintidós años; o Stephen Kuusisto, el escritor ciego que narró su manera de ver en El planeta de los ciegos. O, cantantes como Stevie Wonder, José Feliciano o Ray Charles; la corredora Marla Runyan primera atleta ciega en participar en carreras de media distancia en los Juegos Olímpicos. Claude Monet sufrió de ceguera progresiva y pintó El estanque de los nenúfares, el mural, cuando ya estaba casi totalmente ciego. Para terminar, creo que es posible encontrar puntos en común con Amadeo Duque, al fin de cuentas es un hombre normal que necesita aprender a ver. No olvidemos que Henri Matisse, el pintor, maestro del color y la forma, pasó, según sus palabras, la vida aprendiendo a ver.

 

© Saúl Álvarez Lara / 2020

 

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