Sobre P. Handke y el lugar silencioso ¿Quién era yo? ¿Qué hago yo aquí?

Autor: Memo Ánjel
11 noviembre de 2019 - 12:07 AM

Uno se sentía dentro y sin que nadie pensara en uno.

Peter Handke. Ensayo sobre el lugar silencioso.

Medellín

¿Dónde hay un sanitario?

Alguna vez leí que Juana la loca parió a Carlos V de Alemania y primero de España, en un retrete. Creo que el dato lo daba Jerónimo de Moragas, en un libro que iba de Carlos Emperador a Carlos II el hechizado. Estas cosas pasan. Francois Rabelais, en Gargantúa y Pantagruel, habla también de los retretes y las incomodidades que presentaban para sus usuarios, ya fuera en su uso o por estar mirando. Jean Paul Sartre, en Los caminos de la libertad, cuenta de un hombre que, luego de un difícil viaje en un tren de carga y atestado de hombres y mujeres, solo alcanza la paz en el orinal de la estación. Allí, descansando sí mismo, logra su mayor estado de plenitud: se ha olvidado de premuras y ruidos, de otra gente y creencias.

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Novelas con vivencias en servicios sanitarios se han escrito muchas. La más divertida es El mal de Portnoy de Philip Roth (traducida también como El lamento) y la más cruel, En este lugar sagrado, de Poli Délano, en la que el autor narra la situación de un hombre que ha quedado atrapado en un baño público en Santiago de Chile en el momento de la caída de Salvador Allende, en medio de disparos, bombazos y bombardeos. Ya, en el mundo de los ensayos técnicos, sobre baños los hay variados: arquitectura, diseño, fontanería, materiales etc.

Baño, sanitario, váter, w.c. toilette, son los nombres que ha recibido este sitio, que en los lugares públicos se acompaña de una señalética que cualquiera puede entender para no equivocarse de sexo o de limitación. Aclarando que las señales indican que el espacio es cerrado o al menos tiene separaciones y no como en la India u otros sitios del Oriente y África (en Surámerica también), donde la gente se desocupa encima de un pozo séptico o una acequia, cuando no en un lugar entre plantas o pastos altos, donde el usuario actúa como un gato, cubriendo con tierra sus excrementos. Y así el hombre y la mujer, en estos sitios, ejerce el pudor y, en este ejercicio moral de la intimidad, se diferencia de los animales.

Tranquilidad, sosiego (desasosiego también), calma, serían palabras con las que se explica qué pasa en un sanitario. Pero en alemán, la palabra que designa el hecho es curiosa: silencio. Stillen Ort (lugar silencioso), es el nombre que tiene ese sitio, que en las viejas casas está al final de las habitaciones y luego de pasar un patio, en el que por lo común hay macetas y una bicicleta. Ya en los apartamentos y casas modernas, el sanitario ocupa un sitio distinto al del baño. No es como pasa entre nosotros, que los dos están en el mismo lugar. Creo que es una manera de entender el mundo a partir de un espacio como el que ocupa el hombre de Vitrubio, a veces.

Firma Peter Handke

Y sobre el Stillen Ort es que Peter Handke, el Premio Nobel de literatura 2019, escribe un ensayo, que más parece parte de su biografía y de sus invenciones, de sus preocupaciones y del mundo en que vivimos, rodeados de ruido y temores por todas partes.

La búsqueda de lugar

Entre los escritores, el ensayo (Que sais-je?, la pregunta a todas las respuestas), determina mejor su obra que la misma ficción que escriben. Y ese saber qué saben, va por entre sus narraciones como una reflexión elástica. Saber qué sabemos, implica hacernos preguntas sobre lo dicho y vivido, continuar aprendiendo y dejando que la conciencia se amplíe. O sea que se sigue buscando un lugar para entenderlo y, logrado esto, situarnos ahí para tener otra mirada sobre lo que nos pasa.

La obra de Peter Handke, aunque de textos cortos, es amplia: novelas, ensayos, teatro, poemas, discursos comprometedores y entrevistas en las que no se arrepiente de nada. Y entre sus ensayos, que son cinco con este nombre (Ensayos), el escritor austriaco se hace preguntas sobre los juegos electrónicos y las pasiones vanas (Ensayo sobre el Jukebox, 1990), el sentirse abatido y sin sitio (Ensayo sobre el cansancio, 1989), sobre el final de lo diario (Ensayo sobre el día logrado, 1991), sobre la búsqueda en los bosques (Ensayo sobre el loco de las setas, 2013) y el que ahora comentamos, sobre los sanitarios (Ensayo sobre el lugar silencioso, 2012). ¿Y qué es lo que sabe sobre esto último?

Peter Handke

El suicidio de su madre inspiró una de las obras más aclamadas de Handke: Desgracia Impeorable (o Desgracia Indeseada según la traducción), publicada en 1972

En Versuch über den Stillen Ort (Ensayo sobre el lugar silencioso), Peter Handke hace un recorrido sobre su infancia y tiempos de la universidad, los viajes a Japón y su estancia en Francia, tomando como pretexto el cuarto de baño, ese lugar que piensa a partir de autores como William Faulkner (no dice cuál libro), Tanizaki y su Elogio de la sombra, Thomas Wolfe y El ángel que nos mira, A. J. Cronin y Las estrellas miran hacia abajo, y Thomas Mann y Los Buddenbrook.  Pero estos escritores no son el grueso del ensayo sino puntales de los que Handke se aferra (como agarrado a una luz) para biografiar y ampliar lo que piensa. Con una frase, con dos, tiene Handke para preguntarse qué sabe de lo que sabe, qué significa el sitio que busca y por dónde se puede uno perder cuando se encuentra con una palabra japonesa, mu, que quiere decir nada, aplicada a la lápida del director de cine Yasuhiro Ozu. Sin embargo, al llegar a esa nada, el sentimiento es el de haber llegado y sido acogido.

En ese lugar silencioso donde uno se encierra y lo demás pasa por fuera, el váter es la metáfora para el oficio de lector, el solitario en la muchedumbre, el recuerdo de lo leído, el paso por cementerios, las iglesias, habitar las periferias, caminar las ciudades en la noche, asistir el templo de Nara, sentir la univocidad y la plurivocidad de la granja (la del abuelo de Handke, donde al final de la casa había un retrete bajo las estrellas en el que al fin se estaba solo). Y en ese cuarto de baño, no importa dónde esté, Handke se siente en la primera casa, huyendo del fragor de los otros espacios habitados e inmerso en la geometría posible para que existan los movimientos y los elementos básicos para un yo en situación de preguntarse qué sabe de lo que sabe: de los retretes usados, de la enfermería del colegio, de los termómetros calentados con fósforos encendidos, del frío, de la soledad, del caminar al desgaire, de la lluvia, de las estaciones de tren y sus servicios sanitarios para encerrarse en ellos y dormir hecho un ovillo, de sentirse ilegal y lo que significa oír la noche y los trenes de carga que pasan, de ver las vacas que pastan, de los personajes sobre los que ha escrito, uno ciego que busca a su hermano y otro que se repite.

Buscando el lugar silencioso, haciendo un ensayo sobre él, aparece la memoria, lo que sabemos de nosotros, preguntándonos qué sabemos en realidad. ¿Somos fantasmas entre fantasmas?

Peter Handke

Nació en Griffen (Austria), en 1942, en los tiempos nazis; estudió derecho en Graz y tomó a Franz Kafka como escritor de cabecera. Para esos días y los de ahora, el absurdo es el que cuenta. Y en ese absurdo, quedar en silencio viendo hacer cosas, a veces asquerosas como cambiar de personalidad frente a un espejo. Y en ese silencio, sentir la mirada del enemigo, mirar al desconocido que nos parece conocido, cortarse el pelo, afeitarse, lavarse la cara. Y la pregunta hecha a la memoria: ¿Quién era yo antes de hacer lo que hago? Quizá la referencia de otros, el doble de alguno, un imposible original, alguien en proceso de acogida, uno que miraba los detalles de una hoja y escuchaba la campana del tranvía y el sonido de las ruedas de acero sobre los rieles, que suenan como la tiza en la pizarra.  Y otra pregunta: ¿Qué hago yo aquí?  ¿Estoy en una patria doble, ejerzo la soledad, soy un mundo diminuto?   

Estas dos preguntas, ¿quién era yo? y ¿qué hago yo aquí?, marcan la literatura de Peter Handke. Y tienen un sentido: no hay que preguntarse quién soy yo, sino quién era yo, pues somos un pasado continuado con un presente que solo se puede entender a partir de qué estoy haciendo aquí. En el quién era yo nos encontramos los varios que hemos sido, los escenarios habitados, la gente conocida y los acontecimientos sucedidos estando yo ahí, en situación de estar siendo. Somos la suma de elementos diversos, siendo distintos en cada uno, confrontándonos y buscando la salida, pues el pasado fue caminar y cambio de sitios. Siempre estamos saliendo y buscando lugar, siendo lo que nos pasa como bien establece Kafka; haciendo que las cosas sucedan (existan) a partir de hechos, como teoriza Ludwig Wittgenstein; siempre en medio de lo que vivimos y al margen de lo que viven otros, siendo al lado y de lado. Así que quién era yo, es una novela, un recuento, una espacialidad mutante. Y ¿qué hago aquí? Esta sería la conclusión de quién era yo. Y la pregunta es un silencio, pues algo habrá de pasar, lo que sea, incluso nada.

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Los escritores austriacos modernos son gente de preguntas: Erich Hackel, ¿qué matan en el que matan? Thomas Bernhardt, ¿por qué ocultar lo terrible si solo se vive con ello? Elfriede Jelinek, ¿por qué pasó y sigue pasando? Peter Handke, ¿cuál es el lugar para haber sido yo? Y en esto de preguntarse, el Ensayo sobre el lugar silencioso tiene en su esencia un espacio, ese donde no podemos dejar de ser nosotros y cualquier apariencia se desvanece: el sanitario. Y este lugar, que en el dialecto popular de Berlín llaman el trono, quizá burlándose porque ahí cualquier rey no es más que un humano, Peter Handke busca el silencio para rebujar la memoria, que es lo único que se tiene para escribir, caminar sin perderse mucho o delirar y al fin enloquecer.

Buscar lugares donde ya no están y voces de otros, sabernos frente a lo que sucede, preguntarnos qué hacemos ahí y quiénes éramos antes, ha sido la constante en los últimos Premios Nobel de Literatura (Patrick Modiano, Svetlana Aleksievich, Kazuo Ishiguro). Y es que lo que nos pasa es un resultado inevitable, como en la novela de Peter Handke, El miedo del portero al penalty (1970), de la que Wim Wenders hizo una película. Claro que hoy el filme que parece encerrarlo todo es El Guasón, un malo demente que sufre de la enfermedad de la risa. ¿Íbamos a ser comediantes y no nos dejaron?  

 

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