Servirse a la mesa: los aplausos pendientes para María Teresa Cano

Autor: Daniel Grajales Tabares
9 diciembre de 2018 - 08:04 PM

Este 2018, la artista antioqueña presentó en Lokkus Arte Contemporáneo una muestra, llevó sus creaciones a la Pinacoteca de Sao Paulo (Brasil) y a la reciente versión de la Feria ArtBo, después de una década sin exhibir, dedicada especialmente a la docencia. Vale la pena revisar críticamente su obra, siendo una de las mujeres que marcó rupturas en la producción nacional.

Bogotá

Cuando María Teresa Cano (Medellín, 1960) decidió ser artista no sintió miedo. Es evidente: que una mujer, en la capital antioqueña, en la urbe de los paisajistas que condenó a la sombra los desnudos de Débora Arango, desafiara lo pictórico, la idea de arte entendida hasta entonces; deja clara su valentía, su firmeza. Dueña de una obra que toma el tiempo como elixir, haciéndose contemporánea cada vez que la revisan, como lo acaban de hacer Lokkus Arte Contemporáneo con su exposición Ilaciones, la Pinacoteca de Sao Paulo y la Feria Internacional de Arte de Bogotá ArtBo 2018; María Teresa Cano es una generadora de estímulos.

“El arte crea estrategias para administrar evocaciones e invita a leer el mundo más allá del simple encadenamiento de palabras, porque el artista no es sólo un creador de productos, sino un generador de estímulos que expanden las fronteras para darnos cuenta de que hay muchas más cosas en el mundo que aquellas que podemos pensar racionalmente”, ha dicho la artista.

Yo servida a la mesa. María Teresa Cano. 1981. Instalación con alimentos. Banco de la República

Cuando la internet no existía y la ciudad no tenía idea de lo que era performance, ella abrió la primera ventana a la ruptura, con un debate sobre lo femenino, sobre el papel de la mujer artista, sobre hacer arte en tiempos en que aquello del feminismo era apenas la utopía. Si actualmente algunos afirman que las damas no tienen ventaja en el mundo del arte, que “son pocas las que están en posiciones creativas en el arte nacional”, como dice Carolina Ponce de León; para entonces, en Medellín, el arte hecho por mujeres no producía protagonismo ante nombres de hombres muy vendedores en el mercado aquel, dominado por curador hombre.

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No se trata de hacer paralelismos, mucho menos de pujas entre hombres y mujeres. Más bien, se trata de explicar por qué la antioqueña resulta una voz vital en el discurso artístico, para reiterarle un espacio ya ganado entre las mujeres destacadas en la escena nacional. Ello por su irrupción gestual hecha de manera discreta, sin el impulso de los medios, sin amiguismos, sin venderle el alma al diablo (o al coleccionismo), solo con la capacidad creativa como escudo.

Ha dicho ya el investigador Jorge Lopera que el trabajo de María Teresa Cano ha sido “poco revisado por la teoría y la historia del arte contemporáneo en Colombia”, aceptando que esto es una lástima, en cuanto su producción evidencia rupturas, ya que, además de emocionar al recurrir a los alimentos o al cuerpo mismo, ella evidenció un cambio en la manera de representar. Desde la década de 1980, la gestualidad tomó fuerza en este país, aludiendo a posibilidades como la de la participación, invitando a que el otro hiciera parte de la creación de un artista desacralizado, en lo que Cano fue iniciadora.

Detalle de Mañana serás aire. María Teresa Cano. 2018. Daniel Grajales

Los primeros gestos

Aunque su título como maestra en Artes de la Universidad de Antioquia lo recibió en 1989, ya en 1982 la artista había dicho que el arte podía invitar a participar al espectador, que la idea de obra maestra inmaculada podía cambiar, como lo demostró en su exposición Un sueño para niños, en la Galería de La Oficina, donde, de acuerdo con historias de Alberto Sierra, le enseñó hasta a él mismo la potencia del trabajo del arte con la comunidad, porque, según relató, “ella nos puso a los de Medellín a pensar en que venía algo nuevo en el arte, no sabíamos qué, pero sí entendíamos que ella estaba dando nuevas luces”.

Esa no fue la primera vez que el público supo de María Teresa Cano. Para que Sierra la llevara a su Oficina tuvo que descubrirla antes, quedando “sorprendido por su recursividad, originalidad y discurso”, en 1981, en el I Salón Arturo Rabinovich del Museo de Arte Moderno de Medellín cuando la joven brilló con su estrella, ya que dejó ver su obra Yo servida a la mesa, ganadora del primer premio.

Hay que detenerse para entender por qué esta obra es vital para el primer aplauso de Cano. No se trata solamente de una producción hecha por una estudiante de segundo semestre, capaz de conquistar al jurado. Mucho menos de la complejidad del concepto capitalista de “oferta” que reitera ese discurso del título ese atrevimiento de “servirse a la mesa”, en voz de mujer, en una de las ciudades más conservadoras del país. Más bien, algo que supo leer el jurado del Salón —integrado por los artistas colombianos Santiago Cárdenas Arroyo y Álvaro Herazo; el primer director del Museo de Arte Moderno de Medellín, Jorge Velásquez; Tulio Rabinovich y el curador Alberto Sierra— fue que el tiempo, el discurso y la materialidad abandonaron los cánones que el modernismo había dejado como herencia.

Explica la profesora Melissa Aguilar, en su investigación Despliegues gestuales, que Cano “dio nuevos sentidos a categorías siempre presentes en la historia del arte, tales como el tiempo, el espacio o el cuerpo”. Entonces, con atún, gelatina, natilla y ponqué, la creadora puso sobre una mesa larga, a manera de bufé, recipientes que formaban su rostro, que decían que el visitante podía comérsela, por partes, que cada parte tenía un sabor. Era una metáfora sobre el cuerpo mismo, sobre el cuerpo de una mujer, sobre la decisión y la duda, así como sobre la materialidad en el arte, porque cuestionaba los caballetes, los pedestales, mientras eludía a que el arte ya no era solo la literalidad del objeto, sino también el discurso que con él venía.

Yo servida a la mesa iluminó la cercanía de la producción antioqueña con el performance y el happening. Planteó cómo el colectivo, la manada, da sentido a la construcción de lo femenino, del cuerpo, de su dueña; esta obra retó al espectador a no quedarse en la comida, a no decir si la mesa estaba bien servida, puso el desafío de mirar más allá. Como reflexionó Simón Marchán Fiz en su libro Del arte objetual al arte de concepto, las posturas de la artista “conducían al desmaterializado arte conceptual y a la redefinición del arte”.

Por esto, y por más, Sol Astrid Giraldo, curadora e investigadora, dice que Cano es “arqueóloga de lo cotidiano, diseccionadora de los lugares comunes, taxonomista, zoóloga, comprometida, provocadora pero, sobre todo, poeta”.

Más razones

Dando más razones para exaltar a María Teresa Cano, debe saberse que después vinieron obras que renovaron su discurso, con coherencia y siempre hiladas en su postura, como lo fue Calor de hogar (1983), descrita por críticos de ese antaño como “contenidos estéticos que van desde lo formal hasta lo conceptual”. Querían decir que, con un trabajo cuidado en lo plástico, la creadora usaba la ideología de la labor cotidiana para gritar, en una tela de 41 x 31cms, sobre la que dejó una huella en escala de tonos, más quemado arriba, menos marcado abajo; lo que pensaba.

Diez años después, en 1993, Cano haría sus Desdobles, servilletas fundidas en parafina, que reinventaban el ritual de la cena, de la mesa, en una serie con diferentes dimensiones, tonos y texturas. Para 1996 hizo Sucesión, una instalación de ganchos de ropa con aparentes textiles colgados, a su vez resguardados en papel plástico, al mejor estilo de una lavandería, que realmente tenían manteles impresos, con las marcas de los cubiertos y objetos puestos sobre ellos, señalados con la frase “Olvidarás su olor” como etiqueta, que hablaban del paso del tiempo, la carga objetual que a veces se hace invisible y los seres que habitaron en ellos. Ese mismo año, la parafina volvió como sustento: hizo de una bandeja (o charol en paisa del común), un objeto que aludía a la frase del matrimonio, como parte de su reflexión sobre la vida femenina, pieza que llamo Hasta que la muerte nos separe.

Un sueño para niños. 1982. María Teresa Cano.  Cortesía BanRep – Eafit

Este 2018, después de diez años de no ver sus obras en escena, la galerista Manuela Velásquez de Lokkus la sacó de la sombra, en una curaduría que planteó cómo en su trabajo “lo privado se desborda en las obras (…) porque las vivencias personales de la artista se traducen en formas poéticas que reconfiguran la realidad y ya no refieren la particularidad, sino que interpelan al mundo”, dicho esto por Erika Martínez.

A su vez, en la Pinacoteca de Sao Paulo, en Brasil, la exposición Mujeres radicales reafirmó la fuerza de Cano, exhibiendo, entre 280 obras de más de 150 artistas de la región, su Yo servida a mesa. Dijo Cecilia Fajardo Hill, curadora de la muestra, que Cano y su obra encajaban perfecto en una revisión que exhibía de qué manera “vidas y obras de esas artistas están imbricadas con las experiencias de la dictadura, del aprisionamiento, del exilio, tortura, violencia, censura y represión, pero también con la emergencia de una nueva sensibilidad”.

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Finalmente, en la Feria Internacional de Arte de Bogotá -ArtBo, el público vio a una María Teresa vigente, cuando su pieza Mañana serás aire volvió recuerdos ese cubo ferial blanco. Una serie de tres de los diez ganchos metálicos que componen esta obra se lució entre los pasillos del evento, llamando la atención con su placa de acrílico con la frase poética del título escrita a blanco. El coleccionista Marc Robinson dijo verla como “una belleza sobre el discurso de la mujer latinoamericana y su lucha”. Era más que eso, esos ganchos son los mismos que Cano usó en 1999 para su instalación Ayuno de palabras, poniéndolos vacíos y congelados en la soledad, como metáfora de los cuerpos que ya no están, a la ausencia, tan pertinente en la Medellín violenta de entonces, o bueno, también la de ahora.

Sin más, llegó la hora de aplaudir a María Teresa Cano. Que lo hagan quienes en la Universidad se la encuentran y tienen la posibilidad de aprender de ella, una creadora que vive la dicha de enseñar en silencio, sin pedir notoriedades, con un respeto profundo por lo que hace, el mismo que le debemos quienes habitamos en una sociedad en la que los museos no le rinden un homenaje, por ello deben hacerlo las galerías… asusta el silencio tal de la academia y la crítica, ojalá que cuando falte no sea cuando se pongan de moda los discursos con “una gran artista” como frase común.

Aplausos de pie, maestra Cano.

 

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