No más desapariciones. ¡Qué horrible delito!

Autor: Héctor Jaime Guerra León
9 abril de 2019 - 09:01 PM

¡Qué terrible realidad!, las desapariciones hoy están como el cáncer, calladamente carcomiendo a nuestra sociedad y, en particular, a miles de personas y familias que han tenido que soportar tan terrible actuar criminal.

Medellín

Hector Jaime Guerra

Que infortunado, Colombia no solamente es uno de los países más injustos e inequitativos del mundo, sino que también (debe ser por esas mismas causas) está flagelado por unos graves males que lo carcomen y lo atacan de manera despiadada y permanente, sin que nada, ni nadie haya podido evitarlo.

No obstante los grandes esfuerzos que se han realizado en materia de Paz y Seguridad, pues nadie, con todo y lo que se diga, podría afirmar, sin faltar a la verdad, que gobierno tras gobierno; obviamente unos más que otros, pero todos han aportado su granito de arena en esta lucha sin cuartel que ha afrontado la patria en contra de la delincuencia, llámese común y/u organizada, pero sin tregua se ha estado combatiendo las distintas expresiones delincuenciales que cada día, a pesar de ello, van cobrando mayor fuerza y sofisticación, invadiendo con sus manifestaciones hasta los más impredecibles escenarios de nuestra organización social y Estatal.

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Es paradójico y triste que nuestro país que está bañado por las más exuberantes y excelsas riquezas naturales (bastaría no más pensar en su inigualable biodiversidad), y habitado, según periódicas encuestas, por la gente más feliz y multicultural del universo, esté también como principal actor en los índices más altos de criminalidad y violencia no sólo de nuestro continente sino también del mundo entero.

Muchas son las expresiones de criminalidad que se manifiestan con frecuencia, desde su tentativa (constituida por la mera intención de delinquir), el robo callejero, el narcotráfico, con todas sus secuelas, el tráfico de armas, la trata de blancas, el tráfico de influencias y de personas, la corrupción en una cualquiera de sus múltiples maneras de operar, etc, etc, hasta aquéllos que atentan contra la estabilidad de la sociedad y la soberanía y legitimidad del Estado mismo, por mencionar apenas algunas de sus expresiones frente a la inagotable lista de sus formas de manifestarse.

Ya muchos de estos males no tienen como objetivo desarrollarse en los territorios locales (vecinales), sino que se han venido ampliando de manera dramática (de adentro hacia afuera o viceversa) a jurisdicciones más grandes y organizaciones más complejas, pasando de la calle al barrio, de éste a la comuna, y así sucesivamente, hasta tener ahora algunos de ellos amplias redes de operaciones en las regiones y el país e, inclusive en el concierto internacional, donde la práctica de ciertos fenómenos delincuenciales ha venido proliferando de distintas e incomprensibles formas, haciendo mucho más difícil no sólo su detección, sino también dificultando en manera suma la posibilidad de establecer mecanismos que puedan contrarrestarlos.

Honda reocupación generara todo ello y más aún el hecho de que en el más profundo inconsciente del colectivo social se tenga que algunos de estos males sea imposible eliminarlos, teniéndonos que conformar a la idea de que algún día una cosa tan grave no vaya a alcanzarnos o afectarnos en lo personal, pues delitos, como el de las desapariciones, por citar únicamente ese ejemplo, son un enemigo que impunemente anda suelto en la sociedad y tiene a muchos sometidos a la más terrible y cruel de las realidades e impunes injusticias que le pueda suceder a mortal alguno. Como dicen nuestros mayores, “el cáncer es un mal que existe, no se ha podido extirpar del ámbito de la salud. Ojalá que nunca nos toque padecerlo…”. ¡Qué Terrible realidad! Las desapariciones hoy están como el cáncer, calladamente carcomiendo a nuestra sociedad y, en particular, a miles de personas y familias que han tenido que soportar tan terrible actuar criminal.

Sin lugar a dudas, uno de esos tenebrosos delitos es el de la Desaparición forzada que cada día crece, siendo inmenso el número de víctimas y , con ello, de familias colombianas que entran a engrosar la lista de personas que están a la espera( sí, en la terrible y angustiante espera) de saber la verdad sobre lo que ha pasado con su familiar desaparecido, ¿cuál ha sido su final?, ¿qué fue lo que originó tan trágico desenlace?, si se hará justicia, si se conocerán los autores, si se repararán los graves y grandes daños (especialmente los morales y espirituales) causados con tan execrable transgresión y tantos otros interrogantes que invaden el alma de quienes tienen que soportar tan aterrador y deplorable dolor de aquéllos a quienes por la maldad que existe se les ha arrancado a uno de sus seres más queridos o al amigo, al vecino, al compañero, etc, etc.

Es indescriptible, con letras o palabras, la ansiedad profunda que causa el simple hecho de saber que se tiene a un ser querido desaparecido y no poder saber lo sucedido y si algún día podremos volver a tenerlo con nosotros en el seno de la sociedad y su familia. Es terrible y muy doloroso que ello ocurra ante la mirada inerme e impotente de propios y extraños que ante tan deprimente e injusta situación casi nada, por no decir que nada, puede hacerse.

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Es la sociedad misma la que debe sentir por ello inmensa desazón y pesadumbre y adquirir el compromiso ineludible e inaplazable de (con el Estado y sus instituciones) seguir buscando alternativas para que esto tan triste no siga sucediendo en nuestra amada Nación.

 

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