Mirando lo que nunca vi

Autor: Gloria Inés Upegui Valencia
4 julio de 2020 - 12:04 AM

No quiero escuchar la orden de salir ¡Medellín me cuida! ¿qué será de las ardillas? no han vuelto las guacharacas, ni aterrizan más bichos sobre el teclado, la calle ha sido tomada por la “nueva normalidad” es 1 de julio. Cómo iré a extrañar mi ventana.

Medellín

Son las 5:45 de la calurosa tarde del sábado 4 de abril de 2020, recapacito que para algo habrán servido la cuarentena y el pico y cédula, como es para dosificar la circulación de vehículos y ciudadanos. Lo digo porque de nuevo en Medellín se está dejando ver el diáfano firmamento que le valió durante muchos años el mote de “ciudad de la eterna primavera”. Así se siente hoy la temperatura tropical que la distingue: el sol presente todo el día pero sin llegar a ser canicular, una suave brisa norte-sur que mece las ramas de los árboles, el firmamento azul cerúleo como en sus mejores épocas pre-esmog. Silencio en la calle, silencio en el condominio, quietud de la ciudad, silencio en las almas canta Gardel.

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Las aves que habitan en nuestros árboles se han activado, apropiándose ya no solo de las copas, sino también de ramas casi rastreras. Tres parejas de guacharacas, bandadas de tórtolas, un par de petirrojos en constante cortejo, varios colibríes que liban en el balcón de al lado, son algunas de las aves que a diario nos visitan. Las ardillas dueñas de tres cebaderos que el jardinero les mantiene repletos de corozos, hacen acrobacias entre las ramas más altas. Es una calma forzosa que agobia, premonitoria de un desenlace insospechado, quizás espantoso ¿o no es para tanto?

En las noches son otros los visitantes: cucarrones, mariposas y chapolas, minúsculos y desconocidos mosquitos que aterrizan sobre la pantalla encendida del computador. Otro ser semejante a un grajo pero sin olor y con alas azul/gris es visitante fijo de mi ventana, últimamente se aventura a entrar volando y después a caminar sobre la mesa del comedor, choca entre sí unas diminutas antenas rojas y se eleva de nuevo golpeándose torpemente contra las paredes. Las salamandras con un gorjeo metálico muestran su pálido vientre contra la vidriera. Supongo que por la tranquilidad de la ciudad, los bichos están tomando confianza, recolonizando, ellos estaban acá antes, los invasores somos nosotros.

29 de abril: Entre tanto silencio he aprendido a distinguir ruidos que no percibía antes. El del roce de las hojas de los árboles cuando el ventarrón de la 1:30 de la tarde baja del cerro tutelar, el zapato arrastrado al caminar inseguro del anciano de enfrente cuando lo sacan al sol todas las mañanas, el arpa de la vecina del primer piso que ensaya para un quimérico concierto, el abrir y cerrar intermitente del portón metálico del edificio. Mientras tanto (5:50 pm) ¿qué le importa a esa luna que tengo ahí arriba a la vista, mis temores y elucubraciones?

Disfruto viendo tras los edificios la arboleda del Parque Natural La Asomadera, lo monitoreo a diario porque a veces es objeto de quemas de inescrupulosos. En las mañanas tomo el sol en esta misma ventana donde da el naciente, aprovecho las primeras horas para no tenerme que colocar antisolar que me produce prurito. Además a esas horas acostumbran a bajar desde el Parque una pareja de loros escandalosos, que no perdonan su parada a unos cien metros de mi ventana, otean por minutos desde lo alto de un anciano carbonero y surcan hacia el sur por encima de mi cabeza.

9 de mayo: Del ensimismamiento me saca una moto y otra y otra que vuelan sobre la vía en ambos sentidos, todas con una caja de mensajería en el asiento trasero, ellos no han tenido cuarentena, son nuestra garantía de tener todo en la puerta. Al inicio del encierro dos veces al día perturbaba la calma una patrulla de la policía que con un altoparlante daba las instrucciones de confinamiento que debe observar “el rebaño”. A las dos semanas nadie les prestaba atención, se convirtieron en una molesta interrupción de la calma chicha del entorno. Igual que el helicóptero oficial que con un megáfono emitía un mensaje (supongo repetía las instrucciones) que el ruido del motor ahogaba. Tampoco volvió.

A partir de las seis de la tarde los árboles más lejanos van perdiendo su vivaz gama de verdes, se opacan y en minutos se tornan en morado oscuro; al caer la noche, su silueta es un monstruo de cien cabezas negro profundo, cortada contra el firmamento gris lechoso. Pero no todas las noches son iguales, claro está, todo depende de si se ve o no la luna. Cuando la capa de polución es muy densa, la luna no alcanza a romper con su brillo la opaca nata de partículas tóxicas; entonces estaremos ante una noche oscura rota solo por el vuelo de algún murciélago madrugador, de los que duermen en cualquier rincón del condominio.

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Ya nos devoramos todo junio. Las luminarias de fotocelda iluminan los andenes de acceso al edificio, se enciende la luz en un balcón, otra en un salón en frente, acullá se escucha el llanto de los niños antes de conciliar el sueño, a las ocho el fallido ritual de los, ya, escasos aplausos por los héroes. Se impone la quietud y el silencio, sobre el cual entona su criii criii el grillo, la mariposa nocturna aletea sobre la vidriera de la ventana, ya mis gatos ronronean, es hora de descansar del encierro diario. No quiero escuchar la orden de salir ¡Medellín me cuida! ¿qué será de las ardillas? no han vuelto las guacharacas, ni aterrizan más bichos sobre el teclado, la calle ha sido tomada por la “nueva normalidad” es 1 de julio. Cómo iré a extrañar mi ventana.

 

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