La universidad que soñamos

Autor: Ricardo Ernesto Torres Castro
19 mayo de 2019 - 09:02 PM

La transformación de las universidades no es un asunto de tecnología, se trata de entender que la universidad debe ser entendida de otra manera

Medellín

Ricardo Ernesto Torres Castro

Hace unos meses, frente a la crisis de la educación superior, el evidente estancamiento de la economía y los altos niveles de deserción en las universidades, se hace necesario pensar en una transformación. Pero, ¿qué deben transformar las universidades? Mucho se ha dicho sobre esto, pero cuando se confronta la realidad, la legislación, la inestabilidad de la educación púbica y las condiciones que cada universidad tiene entre, equipos de trabajos, realidad financiera, infraestructura, oferta en el mercado, pertinencia y desarrollos diferenciadores, nos damos cuenta de que no es fácil, que no se trata simplemente de pensar en nuevas formas como la virtualidad o la desescolarización en función de las capacidades. Se requiere, por tanto, de una transformación cultural de la administración y la academia. ¿Cómo hacerlo? Soñando. Muy difícilmente una universidad se puede transformar si antes no se permite soñar. Es tan simple como complejo. Para escribir esta columna, he recogido los sueños de estudiantes, docentes, administrativos, padres de familia, del cuerpo colegiado que dirige una universidad colombiana. Son sus sueños, de ahí el cuidado y la reverencia. La universidad que soñamos es abierta, es un lugar donde los vigilantes no exigen carné, está diseñada para ser “la universidad de todos”, soñamos con una universidad 8 - 80. Un lugar tanto para los de 8 como para los de 80 años. Una universidad para la gente, crítica e independiente, que deje de ser ausente al proceso social del país. Soñamos con una universidad que genere placer y bienestar. El placer de enseñar y el bienestar para aprender. Soñamos con una universidad para la vida colectiva, sin distinciones ni discriminaciones. Una planta física sostenible. Robusta tecnológicamente. Con una fuerte plataforma digital y con un currículo inteligente donde cualquier persona pueda acceder a cualquier clase sin necesidad de estar matriculado. Soñamos con una universidad multilingüe. Con un proceso de responsabilidad social claro, apropiado a la región, cercana al sector empresarial, político y social. Queremos una universidad que sea un espacio de convergencias de sectores sociales. Una universidad abierta e integrada a la sociedad. La universidad que soñamos debe ser el centro de las relaciones región-mundo. Humanista, que entienda que el ser es lo más importante. Queremos que permanente esté en función del cambio, esto la hace más dinámica menos estática. Queremos una universidad donde su comunicación sea asertiva, orientada al servicio, con un fuerte énfasis en la arquitectura institucional, con posicionamiento a nivel internacional por su oferta. Soñamos una Universidad reconocida por su carisma inspirador, innovadora y por lo mismo disruptiva, creativa, con un liderazgo que no confunda, adaptativa, glocal.

Lea también: De la universidad “moderna” a la “original”

Queremos una universidad que motive el trabajo colaborativo, que sepa simplificar sus procesos y que agregue valor. Queremos que el valor sea consecuencia de las personas. Un valor que sepa integrar los conocimientos de la gente, sumarlos a sus habilidades. Con esto garantizamos los estándares de la calidad educativa, sin embargo, lo que soñamos que debe multiplicar y hacer exponencial nuestra institución es la actitud de las personas. Una actitud inspiradora, orientada al servicio, desinstalada para hacer que otros se instalen. Una actitud consecuencia de entender que los que trabajamos en ella estamos convocados por la vocación de educar. La actitud de personas felices por estar en la universidad, dispuestas a asumir riesgos; que sepan llegar a las regiones sin timidez; con alegría; con la ternura suficiente para mover su corazón hacia los más débiles; dispuesta siempre a escuchar; libres, ya que este es uno de los principios fundamentales de nuestra humanidad; fuertes, ya que estos sueños se hacen con la fortaleza que nace del amor de las personas. Soñamos con una universidad donde lo que fue descartado en el tiempo por muchas instituciones, acá se vuelve un factor determinante: la cultura, las humanidades, el arte. No queremos una universidad masiva, queremos una universidad familia, donde todos seamos de los mismos.

Este sueño de universidad puede verse frustrado por tres factores humanos. La desconfianza, el miedo y los liderazgos que no logren comprender los sueños colectivos, como estos que les he mostrado. La transformación de las universidades no es un asunto de tecnología, se trata de entender que la universidad debe ser entendida de otra manera, mejorando y renovando sus formas, haciéndose más ágil, permitiéndose ser disruptiva y canalizando las necesidades para que sean las personas los sujetos del cambio que las instituciones requieren. Nuestro principal reto, es diseñar una experiencia para los estudiantes que genere un vínculo elemental para comprender intuitivamente, simple y de forma clara lo que él requiere. Antes se nos decía en las organizaciones que un buen equipo de trabajo debería ser como una orquesta filarmónica. Hoy, creemos que más que una orquesta filarmónica lo que requiere la universidad es un grupo de jazz. Cada uno ejecuta su instrumento, sin necesidad de tener una partitura todos hacen una pieza musical armónica e igualmente bella. Un grupo de jazz no necesita de un director, todos son líderes en el grupo y todos se integran como comunidad de saberes musicales y capacidades para crear las mejores notas. No hay paso para elaborar la partitura, la pieza musical varía según los cambios que los mismos integrantes proponen. Cuando una trompeta cambia el ritmo, todos están atentos para seguir lo nuevo que trae la trompeta, y así, con todos. No requiere que alguien esté al frente haciendo que todos se articulen, ¡No!, todos en el grupo de jazz se articulan según el ritmo que ellos mismos proponen. De eso se trata, de hacer que las personas se empoderen, asuman su liderazgo, desarrollen sus capacidades, se sumen a la comunidad de conocimiento y trabajo y cada uno, conforme a sus capacidades le aporte al grupo un sonido y un ritmo al que todos, sin jerarquías, podemos seguir.

Lo invitamos a leer: Una taza de educación

 

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