La muerte del miedo

Autor: Álvaro González Uribe
18 enero de 2020 - 12:06 AM

Por eso su objetivo no es el exterminio de quienes claman y tejen: su objetivo es callar las voces con el miedo que aborta la palabra y el acto.

Medellín

¡Qué dolor como empezó este 2020!

 

Siguen matando líderes sociales porque estorban. Los están matando a lo largo y ancho del mapa de Colombia. Algunos niegan, discuten, ponen en duda que se trate de una sola historia de terror, que haya “sistematicidad”, que sean tantos los muertos. Digan lo que digan, son muchos líderes sociales asesinados e identificados como tales. Negar, discutir, poner en duda..., ¡esa costumbre colombiana de quedarnos enredados en la palabra para no llegar a los hechos o para que no nazcan!

(También hay muchos que sedientos niegan el calentamiento global y hay quienes niegan que la tierra es redonda mientras se sumergen en el horizonte).

Lea también: ¿Y qué es un líder social?

¿Para qué negar, discutir o poner en duda las afirmaciones y explicaciones de unos y de otros sobre esta tragedia si los muertos están ahí? ¿Si las cifras -incluso disminuidas por cualquier interpretación- son imborrables e inocultables? ¿Cómo negar o minimizar esos asesinatos cotidianos -qué terrible: ¡cotidianos!- si los mismos asesinos “sin mediar palabra” los afirman a los cuatro vientos para aterrorizar? ¿Para qué negarlos si estamos viendo cómo a los muertos en Colombia tarde que temprano los desenterramos?

(Lo sé: juegan con el tiempo al olvido, a la construcción de otra narrativa, al desvanecimiento de las pruebas, a la prescripción de las penas del código o del corazón, o al cansancio de las víctimas. Pero ya no podrán: si algo hemos aprendido en Colombia en los últimos años es a olvidar el olvido, a escarbar bajo las piedras cubiertas del musgo del tiempo y entre montañas de capas y capas de escombros; a desprender lápidas y a destapar cajones anónimos en cementerios solitarios; a darle nombre a los huesos. Y lo mejor de ese aprendizaje radica en su objetivo: no es la venganza, es encontrar la verdad en el ADN para cerrar las heridas abiertas aunque quede la cicatriz perpetua; es encontrar el ADN de las violencias para evitar su repetición).

Además, no puede ser que los asesinatos de líderes sociales sean usados para las encuestas de gobernantes y opositores. No puede ser que el dolor de viudas y huérfanos sea el insumo de la campaña electoral de unos y otros. ¿Qué es esa aberración tan espantosa de la democracia? Pero tampoco puede ser que el gobierno enfrente semejante atrocidad solo con adjetivos, clasificando posibles autores, aduciendo que venía de atrás o negando sistematicidad.

¿No entienden la urgencia? Mientras cuentan cualquier número de líderes asesinados explican, justifican y acusan en nombre de las tales derecha e izquierda, del gobierno o de la oposición, del Sí o del No, de ideologías y de creaciones entendibles pero abstractas. Entiendan: ¡Se trata de seres humanos reales, seres de carne y hueso y con nombres y apellidos que están asesinando día a día!

Matan a los líderes sociales porque estorban en esa Colombia profunda y verde y remota donde su trabajo es lo único que se asemeja a dios y ley, lo único que se opone y que propone, que teje y que protege, que ama y que clama.

Pero no pueden matar a todos los líderes sociales porque cuando matan a uno brota otro y entonces sí, será una masacre inagotable, qué dolor. Pero supongamos que los matan a todos, ¿qué quedaría? Quedaría la vida de los que quedan y de todo lo que crece en forma de cualquier especie porque la vida es milagrosamente terca, entonces seguirán matando la vida toda la vida; y cuando acaben la vida de la Colombia profunda vendrán por la vida de la Colombia del barrio y la calle, y cuando acaben la del barrio cercano tomarán la vida de la esquina y de la cuadra del frente hasta que entren por la puerta.

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“…Más adelante, detuvieron a los obreros, / Pero como no era obrero, tampoco me importó; / Luego detuvieron a los estudiantes, / Pero como yo no era estudiante, tampoco me importó; / Finalmente, detuvieron a los curas, / Pero como yo no era religioso, tampoco me importó; / Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde”.

Pero, ¿sabe algo lector?, aquí pensando al escribir estas penas: ellos saben que no pueden matarlos a todos. Por eso su objetivo no es el exterminio de quienes claman y tejen: su objetivo es callar las voces con el miedo que aborta la palabra y el acto. Sin embargo, ¡qué equivocados!: Están matando también el miedo y sin el miedo ellos están perdidos.

 

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