Homenaje al centro de Medellín de un estudioso de la democracia

Autor: David Roll Vélez
1 mayo de 2019 - 09:03 PM

El centro de Medellín sigue siendo mi favorito, pues es como una criatura mutante al mismo tiempo hermosa y terrible.

Bogotá

David Roll Vélez

Hace casi medio siglo, teniendo menos de 10 años, descubrí el centro de Medellín a través de los vidrios empañados de un Renault 4, en el que mi papá transportaba, conmigo en un rincón, los pollos que hacía mi mamá en la casa de Calasanz para venderlos en la lonchería familiar en pleno Maturín, llamada no sé porque: El Elefante Rosado.

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Mi asombro fue descomunal, pues no creía que existiera un mundo más interesante al descrito en la radionovela de Kaliman, con la cual prácticamente me crie en compañía de las amables señoras de origen campesino que nos cuidaban por entonces, como casi nanas estilo Marquesa de Yolombó y Hace tiempos, mis novelas favoritas de Carrasquilla, el gran “describidor” de las variopintas realidades de Antioquia, tanto rurales como urbanas.

Cuando ya a los catorce años comencé a recorrer el centro de Medellín, al principio sin permiso familiar alguno, como un Solín independizado, comprendí que esa jungla urbana, al mismo tiempo desordenada y perfecta, representaba el producto final de la civilización humana en el lugar en el que me correspondió nacer, y me maravillé de cómo los seres humanos se habían organizado para habitar colectivamente sociedades complejas.

Cuatro años después ya estaba estudiando Derecho en la Bolivariana, muy motivado por desentrañar las claves del orden en el caos, y más tarde haciendo un doctorado en Madrid en sociología y política, todavía intrigado por la extraña magia de las organizaciones políticas y electorales que hacen posible la pervivencia de esos mundos variopintos, como una especie de burbujas de muestra para visitantes extraterrestres.

A pesar de que he “medido” caminando ya unas 500 ciudades en más de 140 países, el centro de Medellín sigue siendo mi favorito, pues es como una criatura mutante al mismo tiempo hermosa y terrible, a la que le puedo medir el pulso por conocerla desde siempre. Se va transformando sin perder su personalidad original, pero agregando cada día nuevas señas distintivas a su identidad en cada nueva generación. Ya no vivo en la ciudad hace muchos años, pero en mis frecuentes visitas acostumbro casi siempre hospedarme en pleno centro y recorrerlo con deleite de turista primerizo. Respeto, pero no termino de entender del todo, porque la mayoría de las personas que conozco que aún viven en Medellín evaden casi sistemáticamente el centro, prefiriendo la sosa serenidad de los centros comerciales.

Sería imposible describir aquí los mil encantos de esa concentración urbana tan singular y correría el riesgo de señalar mis favoritos decepcionando a quienes se fascinan por otros. Pero sí debo decir que para mí siguen siendo mágicos los parques Bolívar y Berrío, inevitable el clásico “juninear”, muy agradable recorrer el más reciente Carabobo peatonal, y hasta acostumbro a adentrarme con precaución en zonas difíciles, las que no describo aquí para no hacerles mala fama y contribuir así a la injusta estigmatización del centro.

Quiero insistir finalmente en que mi obsesión profesional por entender las democracias, sus normas electorales, sus adaptativas maneras de permitir el flujo de lo espontáneo con regulaciones entre mínimas y medianas, creo debérselo en gran medida a esas experiencias de asombro con el centro de Medellín desde tan tempranas edades.

Tengo amigos arquitectos, urbanistas, historiadores y periodistas que comparten conmigo esta especie de “pasión” por el centro de Medellín. Pero debo decir que mi fascinación hace más referencia al hecho de que esa efervescencia sigue siendo viable por haberla insertado en un orden jurídico que en general la respeta, con reglas de competencia política específicas y criterios de gobernabilidad duramente descifrados.

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Creo que, en ese crisol de realidades mezcladas en armonioso hormiguero, los centros urbanos, es en donde mejor puede entenderse como desde los primeros imperios hasta las democracias actuales la clave de todo es la conjunción de las normas con la espontaneidad humana colectiva. Para mí en particular ese descubrimiento comenzó con el centro de Medellín.

 

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