Franz Kain, un escritor peligroso (O de cómo todo lo mal hecho cae)

Autor: Memo Ánjel
25 febrero de 2019 - 03:04 PM

Cuando vuelva la calma, los archivos secretos podrán abrirse a la investigación desapasionada: a los expertos, no a los demagogos ni a las mentes mezquinas del día a día. Franz Kain. El camino al lago desierto.

Medellín

La posguerra

Terminadas las batallas y el conflicto, aparece la corrupción. Y que un humano se corrompa en la guerra y siga corrompido cuando termine, es cosa fácil. En este estado, el de haber matado, robado, violado o estar huyendo, la razón se pierde y solo hay emociones, rezos delirantes, borracheras descomunales, excesos sin parar y un miedo que supera los remordimientos. Y en este punto (el de reiniciar) las cosas demoran para arreglarse (al menos equilibrarse), así haya vencidos y vencedores, honores y juicios. La paz no es una firma sino lo que sigue a ella y al armisticio, igual que la justicia. Y es que después del conflicto están los que se mantienen en guerra porque su condición ya no es de gente tranquila sino el inicio de lo que han hecho en el desorden, que será su continuidad. Son sobrevivientes, término que Kurzio Malaparte definió en una frase: harán lo que sea para seguir viviendo, su dignidad se ha perdido.

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Sobre la posguerra se han escrito novelas (Mario Puzo escribió Arena Sucia; Heinrich Böll, ¿Dónde estabas Adán?; Herta Müller, El hombre es un gran faisán en el mundo; Elfriede Jelinek, Los excluidos; y Verna B. Carleton, Regreso a Berlín, entre otros) y libros de historia como Después del Reich, de Giles Macdonogh, en donde se narra lo que hicieron los ocupantes y les sucedió a los ocupados en cuestión de prostitución, señalamientos, tráfico de droga y remedios vencidos, exclusión entre unos y otros, corrupción de lo alto a lo bajo y traiciones varias. Lo interesante de estos textos es que no son parte de la propaganda (ya en la guerra la verdad se había perdido y seguían con el método) sino de lo que pasó. Y se quiera o no, las evidencias son más poderosas que los comunicados de los departamentos de Relaciones Públicas, pues la realidad tiene la virtud de que se destapa y habla, está en los brazos marcados y en los ojos rasgados o muy redondos de los hijos de tantas madres alemanas. O en los muy azules de los críos de las italianas del sur. Y por más revisionismo que se haga, salen a flote fotografías, videos, cartas, diarios, en fin, lo que hacen los hombres y mujeres para no ser olvidados o terminar comprometidos. Y así, lo que no se sabía se sabe ya o después, cuando todavía hay gente viva que hizo lo que hizo. Los libros de Patrick Modiano son un ejemplo de búsqueda y encuentro, igual que los de Erich Hackl.

La posguerra es un mal caldo. En ella hay ajustes de cuentas, salidas secretas propiciadas por predicadores de la moral, agentes secretos, redes económicas que van desde los estraperlistas a los fundidores de oro y falsificadores de arte, estadistas que pagan favores, científicos perdonados y gente que trata de rehacerse con identidades falsas. Y en esa guerra que pasó se prevén las que vendrán, que son extensiones de negocios oscuros. Ya se sabe, la gran bestia no cae.

El camino al lago desierto

Franz Kain es uno de esos escritores solos, reconocido con los dientes apretados. Y no porque él lo haya querido sino por escribir novelas y relatos contra la patria, lugar que en estado de posguerra es un ser delicado y con cualquier cosa que se diga salta, protesta y se hace a un lado para luego acusar hablando de derrotismo, conspiración y lo que sea que asuste la situación. Todos quieren olvidar, en especial los que han vuelto a sus puestos ejerciendo “otra mentalidad” y jurando a otra constitución. En esas patrias que tanto esconden y nadie sabe nada, se habla de milagro económico y para que exista el fenómeno se propicia el consumo y con este aparecen las apariencias, el trabajo seguro, el ascenso social y una memoria llena de lagunas, pues endeudarse es una buena forma de pensar en el futuro y evitar el pasado.  Y sí, los días que vienen, según los carteles, ya promueven viajes, más juventud, nuevos vehículos, vivienda moderna, libertad y belleza. Por lo tanto, hay que pagar lo que se debe para endeudarse más. Y en esta situación, qué pasado ni que nada: lo único vivo es el dinero y vamos tras él. Con razón los banqueros engordan, se multiplican los cajeros electrónicos y trabajar más de ocho horas es algo que da estatus. Lo demás lo hacen la televisión y los noticieros de radio.

Ernst KaltenBrunner es escoltado por dos militares hacia el juicio de Nuremberg.

Cortesía Museo del Holocausto de Estados Unidos, donado por Solomon Bogard.

El olvido es una droga que crea adicción y más si se le ayuda con una historia mentida, que es la que quieren los más comprometidos. Pero hay gente que tiene la mala costumbre de no olvidar, Franz Kain, por ejemplo, al que se le acusó de comunista malevo, resentido y abridor de cicatrices que ya estaban cerradas. Claro que debajo de la cicatriz, sigue la herida, como dice Martin Heidegger. Lo dijo y no lo practicó, cosa que le pasa a muchos filósofos. Pero bueno, si hay algo interesante en la filosofía alemana es que se puede ir destapando y ahí hay cosas. Igual que en Franz Kain y su relato largo, El camino hacia el lago desierto (Der Weg zum Ödensee), en el que cuenta la huida de Ernst KaltenBrunner por las montañas muertas (Todes Gebirge), situadas en los Alpes orientales, entre las regiones austriacas de Estiria y Alta Austria. El llamado Policía del Führer (KaltenBrunner), va acompañado de dos hombres que avanzan mientras se desfiguran y se mueren de sed, y de un cazador alpino que los lleva por entre la nieve mientras aparece una primavera que antes que flores es un deshielo. Y en esa huida (ya la guerra ha terminado), Franz Kain narra el paisaje (lo domina pues es austriaco), pero a este le mete historia, tráfico de bacilos y gonococos, finales de la primera guerra, hambrunas, burguesías que esperan a que pasen los malos tiempos para regresar a sus negocios, grupos de escaladores, inicios del nazismo y al final ese hombre, abogado y defensor del Estado de derecho (luego dirá, yo no lo creé), buen burgués y montañista, que es Ernest Kaltenbrunner, el que huye justificándose y soñando con que los malos días pasarán para que todo que todo vuelva a la normalidad y él pueda despachar desde su bufete, Y si las cosas se ponen mal, entonces denunciará a otros, buscará quién le deba favores y señalará escondites; dirá que salvó de que quemaran miles de obras de arte en una salina y que defendió la tumba de Jakob Wasserman (para ello tiene testigos), a quien los SS querían sacar del cementerio por judío. También usará su apellido, pues su familia tiene nombre, y escribirá cartas a quienes puedan ayudarlo, firmando: doctor Ernst Kaltenbrunner, para que lo tengan en buena estima y en calidad de colaborador. Y si esto no funciona, lleva consigo un papel que lo acredita como médico, y de esto algo sabe: sabe de qué se muere la gente en el campo de exterminio de Mauthausen (situado en Austria), en donde asistió a un nuevo método de muerte con rifles con silenciador y un sistema para que los muertos cayeran ordenados y así fueran fáciles de introducir en el horno crematorio. Claro que la mitad de los fusilados quedó viva y uno encima de otro, en un amasijo de piernas y brazos, y hubo que rematarlos. Y como alguno vomitó por esta acción, Kaltenbrunner ordenó traer coñac para darse valor, brindando por el honor y la lealtad. Alguien que vio esto, atestiguaría en el juicio de Nürenberg y el abogado y ayuda de Himler (el criador de gallinas), Ernst Kaltenbrunner, será ahorcado. No podía creerlo, él,  ajusticiado por otros que ya ingresaban en los nuevos gobiernos o en los aparatos de policía, en sus comercios y empresas, limpios. A ellos les creyeron que recibían órdenes, a él no.

Franz Kain

Una flor de corta vida

La primula minima, es una flor de color lila pálido que brota de la nieve y es de eclosión temprana y pronta muerte. Nace al final del invierno y muere con él primer viento seco, a la orilla de los hilos de agua del deshielo. Se podría decir que es una ilusión. Y de esa ilusión es que habla Franz Kain, cuando se refiere al olvido, pues en realidad nada es olvidable: si pasó, se grabó. Y por más revisionismo y propaganda que se eche encima del pasado, siempre sale un hilo y el escritor tira de él para que aparezca la memoria. Y la memoria de los austriacos no es un vals, rasí hayan producido Sisi emperatriz en la posguerra, esa película que hizo suspirar y llorar a tantos. Franz Kain, como Erich Hackl, Elfriede Jelinek y Simón Wiesenthal, son piedras en el zapato de la desmemoria. Y en especial Kain que fue el primero que comenzó a denunciarlo todo y por eso estuvo preso de la Gestapo en la guerra y luego lo hicieron a un lado las revistas y periódicos de la nueva Austria, pues seguía hablando y escribiendo. Y su pregunta fue: si olvidamos, lo que tendremos será una prímula minima, una ilusión, pues lo demás sigue ahí, está ahí, no nos hemos zafado de nada. Hay que reconocer lo que sucedió, abrir el pasado y diseccionarlo para aprender de él, no momificarlo y ponerlo en un sarcófago egipcio, en el que la parte superior externa tiene un dibujo bonito y dentro está el muerto lleno de gusanos.

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En la novela corta o cuento largo de Franz Kain, El camino al lago desierto, Kaltenbrunner es descubierto por los soldados rusos. El cazador que llevo al jefe de la policía del Führer al escondite, fue el mismo que denunció, tres días después, dónde estaba. En el relato hay una frase que flota: quien lleva dinero de un lado a otro, es capaz de traicionar a su mejor amigo.    

 

 

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