El otro y el yo en la virtualidad

Autor: Reinaldo Spitaletta
18 mayo de 2020 - 12:10 AM

(De cómo la pandemia nos invisibiliza en la ciudad y nos convierte en imagen de pantalla)

Medellín

Y llegó el mundo de las pantallas, ese previsto en Fahrenheit 451, el que los profetas de la distopía nos anunciaban como el de la desaparición física del otro y del cual solo prevalecerá la imagen o su reflejo. Se dejó venir el recurrente universo de la virtualidad, dada por receptores, aparatos de transmisión, computadores, teléfonos móviles. Quién que fue niño no recuerda aquellos días de juegos callejeros en que, con dos empaques de desodorante sólido o en barra, o con dos tarros de leche condensada, ya sin leche, se fabricaban teléfonos, con los que se podía “conversar” por lo menos a cincuenta metros de distancia, con hilos de elevar cometa.

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Una clase, esa cuando uno veía los ojos de los alumnos, sus actitudes, sus sueños y vivacidades, sus modos de eludir lo que se les decía para ponerse a conversar en voz baja con un compañero, es hoy un distanciamiento. En la pantalla se ven seis recuadros (o diez o quince), unos con iniciales, los otros con las caras lejanas de los que, se presume, te están escuchando-viendo. No es igual. No podés detectar un gesto, las ganas de la pregunta, las caras a veces somnolientas, la risa contenida, los pestañeos. Ni los bostezos. Es otro mundo. Voces maquinales. Transmisión remota.

Puede que nos acostumbremos, pero no deja de ser un ensayo de ir borrando al otro, en el aspecto de no detectar su olor, su inquietud, la presencia real que arrastra tantas cualidades, defectos y otras características. Allá, en otros lados, muy lejos de la pantalla que te dice que hay presencias, el otro, que se supone que escucha, puede ir a la cocina y traer un café, o levantarse al sanitario, tomar un libro de la biblioteca doméstica. Son otros los comportamientos.

La pandemia nos incorporó a las visualizaciones que ni siquiera se pueden calcular en metros. A muchos kilómetros está el que te habla, o te escucha, o te quiere preguntar, el que desea intervenir en la sesión para contradecir o recalcar. Tal vez las clases, charlas, conferencias, exposiciones, sigan siendo para siempre a distancia. Y así pudieran ser, por ejemplo, los recorridos urbanos, el tour experimental o de simple turismo, las entradas a los museos, a los estadios, al concierto. Todo a través de pantallas. Todo desde lejos.

Avenida Ferrocarril cuarentena

Avenida del Ferrocarril en tiempos de cautela. Manuel Manrique Castro.

No alcanzo a imaginar aún cómo será comprar tiquetes para un partido de fútbol y no poder sentarse en las tribunas ni sentir al otro cerca, escucharle los pálpitos, las palabrotas, las emociones, las turbulencias. Ahora estarás en casa, en la sala, el cuarto, acomodado con tu bandera y la camiseta de tu equipo, los confetis y los festones también virtuales. Tal vez pronto se inventarán las posibilidades de proyectar las graderías, los otros que están en su domicilio, y el espectáculo se conjugará en una ficción, en la irrealidad. El grito, el abrazo, o la conmoción por la derrota, podrán estar todas en el mundo de adentro, en la interioridad del apartamento, de la casa.

Por estos días de confinamiento, de encierro como una manera de preservación ante el coronavirus, hemos tomado cara de pantalla. Hemos hablado de historia de las pandemias, de las peores pestes sobre la tierra, de obras literarias que han contado y puesto al hombre frente a enfermedades, de los nuevos usos de la ciudad, de los significados de la casa, de autores como Cortázar y Mann y Kafka, y de historias de Medellín que oscilan entre las arquitecturas de ladrillo a la vista hasta los derrumbamientos de la memoria cultural. Y todo por ese vehículo que a veces da la impresión de estarle hablando a fantasmas y de ser uno —el otro también— una especie de duende o sombra siniestra.

Cuesta acostumbrarse a la no-presencia, o a aquello que se vuelve intangible, intocable, nada contemplable. El otro, ya sea el que escucha, el que habla, está en otra dimensión. La pantalla es la mediadora, claro, con los micrófonos, los audífonos, los parlantes… Es apenas un sonido, una voz en otras coordenadas, un rumor, ruidos de interferencias, caídas de señal. Y todo forma un conjunto dispar, a veces caótico, sin puntos cardinales, sin centro. Puede ser que, después de toda esta apocalíptica situación, los caminantes de la ciudad sean solo proyecciones. Así que, me parece, no haya sido nada traído de los cabellos la autoficción que envié a una revista virtual sobre un viaje astral por las calles de Medellín.

Vos aquí y el otro allá. Una separación y una unión. Ninguna de las dos, eso que se llamaría el aquí y el allá cuando hablábamos del mundo físico, geográfico, real (aunque todo pudo ser un sueño), da la posibilidad de sentir la temperatura del uno o del otro. Qué importa qué camisa tiene, puede ser solo una franela de cargazón, y si no está calzado, o si está en ropa interior, que el encuadre de la pantalla no permite mostrar. Qué importa. Así que los muy esnobistas, los que gustaban de lucimientos con la última colección, los nuevos tejidos, los colores del bolso, los tenis de marca, se puede todo eso ir al carajo. La virtualidad no requiere de tales perendengues ni disfraces.

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Decía que las clases a punta de pantallas pierden temperatura, calidez. Puede que lleguemos a transmutarnos en robots, nos maquinicemos, e incluso puede advenir el día en que ya no habrá clases. Ni alumnos ni profesores. A lo mejor, los del futuro nacerán programados. Listos para la producción, para cumplir con la maquinización. Habrá enormes centros de control, de supervisión, de vigilancia para que las piezas, las partes de esa máquina sin fin, no se oxiden, no se contaminen, no sean vulneradas por microbios u otras creaciones que ya serán parte de un remoto pasado.

Quizá esta pandemia haya posibilitado, en medio de desesperaciones y confinamientos, el cultivo de la imaginación. Puede que en un futuro cercano no se requieran las piernas y el caminar pase a ser una actividad arqueológica, un desafuero, algo inusual y arcaico. Preparémonos para quedarnos en un solo punto. Para viajar a través de las pantallas. O, si estamos de buenas, para introducirnos en el espejo, como una forma de la rebelión frente a un mundo sin paisajes, como cualquier fantástica Alicia. No sé si el que está por llegar sea de verdad un país de maravillas.

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Comentarios:

German
German
2020-05-18 11:04:17
Un reflejo nunca ocupara un espacio

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