El caso Burchett

Autor: Eduardo Mackenzie
31 mayo de 2020 - 12:01 AM

¿Hay periodistas que siguen hoy el ejemplo del agente Burchett? ¿Quién podría dudar de eso? La mayoría de enviados especiales y corresponsales extranjeros en Colombia son personas honestas. Sin embargo, hay unos casos muy extraños.

Medellín

Wilfred Burchett (1911 - 1983) iba y venía por el mundo publicando reportajes en diarios de la mayor seriedad. The Times, Daily Express y Financial Times, todos de Londres, divulgaban sus textos como si fueran noticias y análisis irreprochables. Pero no lo eran. La historia de Wilfred Burchett es poco conocida en Colombia, sin embargo, sería útil saber más al respecto, sobre todo en estos tiempos obscuros en que agentes extranjeros y periodistas con excelentes credenciales se pasean por el país, como Pedro por su casa, inoculando mentiras y, peor, fijando derroteros a la prensa y a organismos del Estado, con la ayuda de idiotas útiles locales.

Vea también: Colombia: ¿espías vs periodistas?

Originario de Australia, Wilfred Burchett era un “corresponsal de guerra” multicarta. No había conflicto grande que él no cubriera. Fue el primer reportero occidental que llegó a Hiroshima tras la explosión de la bomba atómica. En julio de 1951, en plena guerra de Corea, Burchett viajó de Pekín a la zona neutral de Kaesong para cubrir las discusiones de armisticio. Allí no solo escribió artículos sino que actuó como agente reclutador. Su acción consistía en “trabajar” a los periodistas occidentales que llegaban al lugar para estudiarlos y saber quién era influenciable o no, quién era antiamericano o quien podía ser filocomunista. Esas informaciones terminaban en poder de los servicios de inteligencia chinos y coreanos del norte.

La fachada de periodista facilitaba su oficio principal: servir como agente de influencia de la URSS durante la Guerra Fría. El mayor golpe mediático de Moscú en esos años corrió por su cuenta: Burchett fue el inventor de “la mentira de la guerra bacteriológica americana durante la guerra de Corea, desinformación calculada y orquestada por la prensa comunista del mundo entero”, resumió Jean-François Revel en uno de sus libros (1).

Esa actividad de Burchett había comenzado antes. Luego de tres años en Grecia y Berlín, sus informes desde Hungría, sobre los procesos lanzados por la dictadura de Matyas Rakozi, tenían la misma marca de fábrica.

El cardenal Joseph Mindszenty, primado de Hungría, detenido y torturado durante 39 días y condenado a prisión perpetua por decir no a la dictadura comunista, era un “culpable”, según Burchett. Seis meses después, László Rajk, un alto jefe comunista húngaro caído en desgracia, fue condenado a muerte y ahorcado sin tardar. Burchett estimó que Rajk era un “espía de Tito” y un “instrumento de la inteligencia estadounidense y británica”. Las purgas estalinistas en Bulgaria, donde Traycho Kostov, otro jefe comunista, fue acusado de “desviación nacionalista” y ajusticiado, también eran acertadas: los condenados, afirmó el australiano, “eran el brazo izquierdo del reaccionario brazo derecho húngaro”.

Tal era el trabajo del señor Burchett: aprobar los crímenes de Stalin y redactar informes para hacerle tragar a la prensa occidental la píldora comunista.

La inteligencia americana y la prensa anglosajona descubrieron su juego pero el sistema chino-soviético hacia todo lo que estuviera a su alcance para presentarlo como un periodista de izquierda pero independiente. Burchett era bien visto y sus textos creaban el impacto buscado. Su gloria duró largos años. Sin embargo, dos periodistas comunistas que trabajaron con él de cerca terminaron por denunciar su falsedad. Tibor Meray, un reportero y escritor húngaro, también excomunista, que cubrió con Burchett y otros los diálogos en Kaesong, reveló puntos decisivos del asunto.

En un cable para el diario comunista francés Ce Soir, y después, en dos textos más, Burchett afirmó que un avión americano en Corea había lanzado insectos “portadores de gérmenes” sobre una banda de tierra de 200 metros de larga por 20 de ancha y que él, Burchett, había visto con sus ojos “legiones de moscas y de pulgas arrastrarse por el suelo”. Agregó que los “voluntarios chinos” (no podía decir que había soldados chinos en ese lugar) habían quemado rápidamente esos insectos. Meray, sin embargo, recuerda que el no vio el bombardeo bacteriano y que los supuestos “testigos coreanos” hablaron de “moscas y mosquitos”. ¿Es posible que cuando las queman las pulgas se transforman en mosquitos?”, preguntó jocosamente Meray. Y remató: “¿Cómo sabían esas personas, sin el menor examen de laboratorio, que esos insectos estaban infectados?”.

En su artículo de 1996 Souvenirs de Wilfred Burchett, escribió: “En febrero de 1952 nosotros dos estábamos en Kaesong y no pudimos ver un solo insecto infectado. En consecuencia, él no pudo haber escrito un artículo original sobre el tema de la guerra bacteriológica. Burchett tuvo que haberse apoyado sobre los materiales que le entregaban los chinos y escribió su artículo cuando ellos le pidieron hacerlo” (2).

Años después, en sus memorias de 2001, Pierre Daix, ex jefe de redacción de Ce Soir, desnudó igualmente la actividad del australiano: “Instalé en grande los artículos de Burchett… Falsas noticias, excitación al odio, toda la panoplia del deshonor del periodismo aparece allí”.

Este embuchado de la “guerra bacteriológica” en Corea tuvo un curioso eco en Colombia. Trece años después, los jefes de las Farc sirvieron el mismo plato: el ejército colombiano lanzó “medios bacterianos contra los guerrilleros” de Marquetalia, afirmó el jefe comunista Gilberto Vieira en 1965 en un debate en la Cámara de Representantes. Nunca logró obtener una prueba de eso. Sin embargo, la leyenda perduró. El politólogo Eduardo Pizarro repitió el cuento en un texto de 1991 y agrandó el crimen: según él, los “medios bacteriológicos” habían sido lanzados “contra los habitantes” de Marquetalia.

En Corea del Norte, los campos de prisioneros de guerra, donde había soldados australianos, fueron descritos por Wilfred Burchett como hoteles de lujo en Suiza, lo que desató la indignación pues muchos sabían que esos prisioneros vivían en condiciones atroces que violaban las disposiciones del Convenio de Ginebra.

En 1951, el periódico comunista francés L’Humanité, le compró a Burchett una serie de artículos sobre la China Popular y el gobierno de Mao Tse tung. En los seis meses que pasó allá el periodista no vio sino maravillas y nunca cambió de opinión. En 1973, en un libro sobre China, Burchett elogió el Gran Salto Adelante, otra operación colectivista de Mao que, de 1958 a 1961, causó una catástrofe: ese país pasó del hambre a la hambruna y ésta mató a 45 millones de campesinos.

Obviamente, Burchett cubrió de elogios, durante años, a la URSS. Habló del “nuevo humanismo” soviético y destacó, sobre todo, los “avances” de ese país en materia “científica y económica”, en un texto para el National Guardian americano. Su capacidad para maquillar la realidad benefició también a Pol Pot y a los Khmer Rojos en sus notas sobre los eventos en Camboya. El gran reportero explicó que ese país “garantiza a todos el derecho a trabajar y a un nivel de vida justo” pues tenía una de las constituciones “más democráticas y revolucionarias de todos los tiempos”.

Durante la guerra de Vietnam, Burchett escribió desde detrás de las líneas comunistas. Viajaba protegido por soldados norvietnamitas y aceptó vestir el uniforme de los Viet-Cong. Perdió por eso el derecho a utilizar un pasaporte australiano, pero eso no le impidió volar a donde quisiera: para eso le quedaban otros pasaportes, como el cubano, el búlgaro y el norcoreano.

Burchett fue pagado por el KGB desde 1957. Cuando estalló el cisma chino-soviético, Burchett se puso del lado de China y perdió esos emolumentos. Según el escritor Robert Manne, hay pruebas de esos pagos. Yuri Krotkov, un dramaturgo y ex miembro de la KGB desertó al Reino Unido en 1963. En 1969, testimonió antes un Comité del Senado de los Estados Unidos y habló de los lazos de Burchett con el KGB. Los amigos de Burchett gritaron que Krotkov era un mentiroso, pero más tarde, el célebre disidente ruso Vladimir Bukovski descubrió, en los archivos secretos del KGB, durante el gobierno de Yeltsin, el memorando de la decisión del terrible organismo policiaco de otorgarle a Burchett 20 000 rublos y pagos mensuales de 3 000 rublos. “Cada detalle del memorándum del KGB, del 25 de octubre de 1957, es consistente con el testimonio de Washington de Yuri Krotkov”, escribió Manne. “Resultó así que Krotkov no era un mentiroso sino un narrador de la verdad” (3).

Le puede interesar: Elecciones e intervención extranjera en Colombia

¿Hay periodistas que siguen hoy el ejemplo del agente Burchett? ¿Quién podría dudar de eso? La mayoría de enviados especiales y corresponsales extranjeros en Colombia son personas honestas. Sin embargo, hay unos casos muy extraños. ¿Cuando un tal Nicholas Casey, del New York Times, se hace fotografiar sobre una moto con gente de las Farc, y cuando intriga, con noticias falsas sobre el Ejército de Colombia, para deteriorar las relaciones entre Estados Unidos y Colombia, está él haciendo periodismo? Quien siga los pasos de Burchett sabe que será desenmascarado algún día, no solo por los enemigos de tales métodos, ni por los periodistas que respetan su profesión, sino por sus propios amigos y cómplices, como le ocurrió al reportero australiano.

 

 

(1).- La Grande parade, Plon Pocket, Paris, 2001, página 191.

(2).- Ver Les Cahiers d’Histoire Sociale, N.7, Paris, diciembre de 1996, página 74.

(3).- Ver el artículo de Robert Manne en: https://www.themonthly.com.au/issue/2013/august/1375315200/robert-manne/wilfred-burchett-and-kgb#mtr

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Comentarios:

Edgar
Edgar
2020-05-31 14:42:10
De primera. Parece la narración de una novela de espionaje.

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