Decí, por Dios

Autor: Laura Cecilia Bedoya Ángel
25 febrero de 2019 - 02:54 PM

Así viven el mal amor Sibaris, recogido por Quinto Horacio Flaco, y un malevo, contado por Santos Discépolo.

Medellín

Bandoneón, hoy estamos enfrentados a diversas preguntas que pueden ser una sola y están dirigidas con distinta intención a mujeres. Voy a hablar de la que es la primera interpelación en el orden de esta exposición y que está escrita por el poeta latino Horacio.

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Quinto Horacio Flaco era su nombre, y es el autor de la Oda a Lidia. Pues bien, el poeta la conoce y está enterado de lo que pasa en torno a ella, lo veremos entonces con varias preguntas tendenciosas y pidiendo su respuesta veraz respaldada en el respeto a los dioses. Oigamos al poeta:

“Dime, Lidia, una cosa, y, ¡por todos los dioses!, no me mientas. ¿Por qué tienes tal prisa en acabar con Síbaris a fuerza de tu amor? Dime por qué el estadio soleado ya nada significa para él, que antaño soportaba con paciencia el polvo de la pista y el calor. ¿Por qué ya no cabalga con su grupo de amigos del cuartel, ni con dentados frenos atempera el ardor del morro de los potros de la Galia? [...]”.

Recuérdame este parlamento de Horacio, el de Discépolo.

Enrique Santos Discépolo, era su nombre y es el autor del tango Malevaje. Las muchas preguntas formuladas aquí están dirigidas hacia la mujer objeto de su amor:

Decí, por Dios, ¿qué me has dao,
que estoy tan cambiao,
no sé más quien soy?
El malevaje extrañao,
me mira sin comprender...

Me ve perdiendo el cartel
de guapo que ayer
brillaba en la acción...
¿No ves que estoy embretao, (1)
vencido y maniao
en tu corazón? (…)”

Convidan ambos pasajes a la elaboración de una intertextualidad, concretamente del tango Malevaje con la Oda a Lidia del poeta latino, cuya intención al escribir el texto fue hablar de los efectos negativos del amor.

Acorde con el pasaje de Horacio, diré que el amor profesado de Síbaris hacia Lidia, lo ha proyectado como un ser pasivo en su entorno de clase privilegiada, sobre todo en lo concerniente a las prácticas y actividades referidas a los hombres para ese entonces, como lo que es cercano a la rudeza y a la acción física, que requieren de maestría y entrenamiento corporal.

En las líneas de Malevaje el contexto es distinto, porque los lamentos y preguntas salen de un individuo perteneciente a un grupo marginal, el malevaje en el que es característica la pelea, lo que indica que por ese amor e impasibilidad, ya su fama de guapo está perdida, la fuerza que es la que le imprime identidad está en receso, “¿no sé más quien soy?”

Ambos enamorados están marcados por una realidad, Síbaris por moverse tranquilamente en un medio social en el que se valora el vigor y la fortaleza, actos que son mirados como lo corriente. Para el sujeto de Malevaje en el entorno de la subcultura en que se instala, es costumbre la pelea y el desafío.

La imagen varonil, en los dos hombres, debe reflejar el hábito del brío, de la valentía y del ímpetu; ese es el orden al que deben responder, como si fuera su segunda naturaleza. Son a mi modo de ver, personajes de un guion a los que se está encerrando en su contexto.

Por otro lado, en este escenario el amor se refleja en una pausa de la acción del cuerpo, están ligadas la materia y el afecto en una visión negativa del amor. Cuentan los historiadores que en las primeras épocas del Imperio romano, el amor era una servidumbre.

Muchos reflexionarán acerca de la pregunta sobre el estadio y la cabalgata, entonces vale la pena recordar que la educación en la época de Augusto tenía como uno de los objetivos primordiales, lo deportivo, para entrenar de esta manera un cuerpo joven y guerrero, por esto el reclamo a Síbaris ante la actitud del enamorado, quien prefiere los efectos de Eros que se traslucen en su nueva vida.

Voy camino del tiempo del malevaje, y lo bélico que en el imperio romano era de la esfera pública, en el guapo está en su campo individual, el malevo pelea por iniciativa propia, su ámbito tiene códigos afines a sus hábitos, como diría Jorge Luis Borges: “su ética de hombre que está solo y que nada espera de nadie; (…)”

Mi recorrido sigue con el destino del malevo que se encarnó en el compadrito, figura mítica de la historia del tango, conjugada con la imagen del gaucho; “de cuando el campo entraba en la ciudad”(2), y sus hombres desposeídos fundaron “la secta del cuchillo y del coraje”(3)

Nos sitúa este contexto del malevaje, en la existencia de quienes vieron en el cuchillo y en el duelo, un estilo de habitar el mundo, añorado para algunos cuando ya estaban en la bruma de sus vidas y los transportó a estos versos: “Ya no me falta pa completar/más que ir a misa e hincarme a rezar! (…)”.

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Son rimas dicientes de lo que fue el fundamento de un escenario marginal que arropó el coraje como protagonista y fundó en sus hombres un arquetipo necesario para la historia del tango.

Despido este ensayo con un proverbio que evoca Georges Duby: “Baño, vino y Venus desgastan el cuerpo, pero son la verdadera vida”

  1. Embretao: preso
  2. El compadrito. Borges Y Silvina Bullrich
  3. El tango, Jorge Luis Borges.

 

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