Amós Oz y las vigilancias sutiles o esos límites de vida: la conjetura

Autor: Memo Ánjel
10 febrero de 2019 - 08:50 PM

Y quien no pueda más, por favor, que se muera. Se acabó.

Amós Oz. Escenas de la vida rural (En un lejano lugar, en otro tiempo).

Medellín

Conjeturas

La conjetura es una idea que nos hacemos de un hecho, un sobresalto, una presunción. Una abuela rusa, por ejemplo, conjetura que todo lo que toca en Jerusalén está lleno de microbios y, como no los ve, los imagina royendo, saltando, ensuciando, con cara de gente mala; pegados a los vidrios, mirando por la ventana, subiendo por las escaleras, introduciéndose en la ropa, copulando. Y en esto que presume, se angustia y trata de moverse lo menos mientras busca jabones para lavarlo todo, queriendo también lavar las palabras de los otros para que, por el aire, no lleguen con esa suciedad que teme. Hay que hablarle de lejos a esta señora, no tocarla, dejar que ella limpie sus platos y desinfecte la ropa. Y esto que pasa (se narra en Una historia de amor y oscuridad), sucede porque los hombres y mujeres son como las tortugas, que cargan su casa encima (su vida y espacios) y desde ahí miran y se mueven buscando tranquilidad y, como opuesto, temores. Y como de la vida no se puede salir, pues ella se compone de lo que nos pasa, de las relaciones que hacemos y de los balances que nos creamos con relación a la alteridad, a ese espacio que veo y en el que entro, pero donde no puedo ser más que yo, la conjetura es la forma de limitarnos y de vigilarnos. Y no se trata solo de una conjetura dolorosa, como pasa con el amor y los celos, los complejos de culpa y la paranoia, sino de una mera sospecha que nos detiene, a veces tonta. Frente al otro, algo debe estar pasando. Y ese otro es otro en su totalidad porque está ahí (no es una imagen lejana, que al final sería una invención) y con sus actos nos limita. Vemos lo que hace, nos habla, deja señales, pero no podemos entrar en él. Somos mirándolo o pensándolo, intercambiando palabras, pero no en su interior. Lo vigilamos. Delante del otro somos unos interrogadores que nunca están satisfechos a plenitud con las respuestas (los únicos que lo logran son los que hacen llenar formularios con datos comprobables), pues debe haber más, eso no sabemos, pero nos gustaría saberlo; y ahí nos limitamos yendo por un mar de conjeturas sutiles. La vigilancia de lo supuesto.

Lea también: La niñez dentro de una burguesía que cae

Las preguntas nos han hecho inteligentes. Con ellas buscamos principios, causas, leyes probables (Kant creyó que funcionábamos como la química y la física de su tiempo), efectos posibles de controlar, nuevos espacios y construcción de memoria. Preguntándonos (en el caso de la ciencia, por ejemplo) hemos construido el mundo para poder funcionar en él con mínimos de error. Pero igual, las preguntas también nos entorpecen cuando queremos ser el otro, el yo del otro (pasa con la política), el entendimiento del otro, los movimientos del otro. Esas ansias de otredad ajena, lo que sería la alteridad imposible, la asume la literatura preguntándose qué pudo haber pasado en un sitio, quién pudo ser él o ella, cómo fue su vida y qué pasó en esas circunstancias. El historiador trata de hacerlo, pero se queda en datos que llama responsables; no así el escritor, que al no temer a las falsaciones (la multiplicidad de escenarios y el ensayo-error), se reconstruye o teatraliza en otro tratando de dar razón de sí mismo en un tiempo y lugar diferentes. Es lo que hizo Amós Oz con sus conjeturas sutiles: verse en la invención del otro.

El mismo mar, obra editada en español por Siruela

Un otro en Amós Oz

La lengua hebrea es nueva y vieja al mismo tiempo. Para un israelí culto, leer un texto de hace ochocientos años es fácil: entiende las palabras, las imágenes, los sentires, la manera de pensar; se ve en la situación propuesta y se sitúa en la vida de esos tiempos. Y si es religioso, entiende las palabras de hace más de dos mil años, no porque las haya interpretado sino porque las viene diciendo a diario en la sinagoga. La Torá no será alterada ni siquiera en una coma, ordena Maimónides, el filósofo judío más importante del medievo. Pero también hay un hebreo moderno (ese que propagaron Eliezer ben Yehuda y sus hijas desde principios del 1900), que crea otras palabras, lee situaciones distintas, asume la cotidianidad (la de religiosos y ateos) y en él se publican las noticias en los diarios y las novelas de los escritores modernos. Con los mismos caracteres del Antiguo Testamento y el Talmud (salvo las acotaciones de Rashi, que usó letras peculiares) y la pronunciación sefaradí, las historias de los judíos israelíes han sido muy diferentes a las de los judíos de la diáspora. Son otras vivencias, otros hombres y mujeres, otra historia y, en términos de Amós Oz, una tragedia que reclama hacer la paz y no el amor. Una tragedia entre dos pueblos anclados en un lugar de la tierra. Dos identidades que son de ahí y no se pueden ir, porque si lo hicieran dejarían de existir. Uno en el otro, entre el fanatismo y la necesidad de acuerdos, la vida de cada cual dependiendo de la del otro: miles de conjeturas, ojos que se miran y caras que se hablan bien o mal, cada uno tratando de vivir una vida entera, como bien escribió otro autor israelí, David Grossman. Y en este punto en la tierra, de gente que vive y vigila lo suyo en menos de treinta mil kilómetros cuadrados, hay sueños y pesadillas, amores y desamores, logros y fracasos, religiosos que no salen de sus fundamentos y ateos que dan razón de lo material, que es lo que se extiende por todas partes. También abundan los que salen y regresan, pues el afuera no está mejor: el mundo es una creación de donde uno nace y aprende a hablar, pues allí están las palabras que hacen posible la vida, las tradiciones, los encuentros y las soledades. Uno es la infancia, lo demás es exilio. Esto lo tenía claro Eduard Said. Y de manera más profunda, Amós Oz, que vivió el concepto todo el tiempo.

Amos Oz, siendo él, fue también el otro. Y ese otro, para la vida, se le volvió necesario. Por esto escribió sobre las palabras, la infancia, la Jerusalén vieja y nueva, los amores y la oscuridad, las presunciones que se van dando con la edad, las traiciones cotidianas, la opinión variable, la necesidad de hablar, las cartas, los poetas creadores de espacios nuevos, los kibbutzim y sus tareas con el agro y el ganado, los pensionados fabuladores, las parejas que se vigilan, los desiertos vistos desde la ventana y el patio, y las tragedias cotidianas situadas en vidas precisas, pues cada tragedia es particular (desde los griegos y Shakespeare) y se mantiene viva en los pisos altos y los bajos, en las calles y los restaurantes, en la gente sola que le pide más al televisor y en los que se apuntalan en un sitio para mirar a quienes los miran. Y en ese otro, que puede ser un fanático o una persona dulce y liberal, de alguna manera hay parte de uno mismo. Lo decía Emmanuel Lévinas: en el rostro del otro está lo que hemos hecho con él. Y ese rostro que nos mira es quien nos incita a la conjetura, a presumirlo y, de manera sutil, a seguirle los pasos para imaginarlo. Y quizá esta sea la tragedia, que al no ser algo evidente y probable, lo que sucede no se acaba. Por el contrario, sigue, como en Fima o No digas Noche, o en La caja negra. En estas tres novelas, todo son conjeturas y vigilancias, igual que pasa en una cuarta, Versos de vida y muerte, y en una quinta, Judas. Y se podría seguir con una sexta y séptima, para obtener el número de brazos de la menorá, lámpara de siete brazos que no solo significa el número de días de la creación del mundo, incluido el descanso, sino lo que entra por los sentidos, que es la base de la conjetura, en especial de la de a diario, la sutil, lo que justificaría el estarnos percibiendo-vigilando.

Vea además: Csezlaw Misloz y el sentirse exiliado

La pregunta

Todo buen escritor trata de resolver, en su obra, una pregunta. Amós Oz se hizo una interesante: ¿Qué es una conjetura, lo mismo que vigilar? ¿Es lo que presumimos que nos pasa y por eso nos sobresaltamos? ¿Es un dios fugitivo que juega con nosotros desde la eternidad del tiempo? ¿Es una partida de ajedrez como la que juega la muerte con el caballero en El séptimo sello, la película de Bergman? ¿Es la presunción fallida de lo que dábamos por probable porque la rutina era la misma? ¿Es estar vivo y por eso hay que llegar a un final? ¿Es lo que es Quizás en otra parte, como pasa en otra de sus novelas? No hay una respuesta concreta, porque de serlo sería otra conjetura. Los seres humanos no somos matemáticas; inventamos las matemáticas para medir y pesar. Y si bien somos física, química y biología, lo que nos sucede no tiene más que límites particulares, la vida de cada uno. Y en esa vida que, como en Hasta la muerte, hacemos una cruzada inventándonos nuestra propia Jerusalén, vamos por allí y por allá, vemos llover y salir el sol, nos vigilamos y amamos, y después algo pasa, lo que incluye ir a la guerra o quedarse quieto bajo un taburete, cuando no mirando contra una pared para hacerse a la ilusión de que entro en ella. Y en medio de todo esto, las conjeturas y las vigilancias sutiles, que son las que arman ese rompecabezas que no terminamos de armar porque la vida no nos da tiempo.

En su pregunta, Amos Oz conjetura sobre un pueblo imaginario (Tel Ilán) al que le ha caído una maldición que comienza como una metáfora en la que los animales desaparecen en medio del misterio, De repente en lo profundo del bosque, y termina con Un lejano lugar, en otro tiempo, un cuento corto donde el mundo se acaba, pero aún se espera una promesa. En este par de textos se suman todas las conjeturas, las fantásticas y las escatológicas, las de la niñez y la vejez, las de la obra de Amós Oz, que en Judas se hizo una última conjetura: ¿Qué pasa cuando una traición no lo es, pero sí encarna una mayor para señalar a otro?  Para Borges, la traición era el peor de los pecados. ¿Y qué pasaría si este pecado fuera tan abundante como los diablos, que son más que las abejas, como leí en algún libro medieval?

No digas noche, de Amos Oz

Amos Oz escribió de manera muy detallada: cada movimiento, cada objeto y situación, cada tiempo corto y largo, cada acción-reacción, cada espacio con sus vientos y arenas, cada diablo suelto, cada deseo imaginado o sin concluir. “Sin embargo, en este punto, se produce un giro inesperado en la historia”, anota en Judas. La conjetura, la vigilancia sutil, el nudo que se suelta o se enreda más; quizá Amós Oz sea un muerto que no se ha muerto. Habría que estar vigilantes.

 

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