¡Quién dijo ocio!

Autor: Fernando Vera Ángel
21 junio de 2020 - 12:01 AM

A la hora de balances, admito que aprovecho de tal manera el enclaustramiento forzoso que pretendo reeditarlo otro tanto. O de cuando en vez

Medellín

Al igual que millones de colombianos disciplinados, sometidos como estuvimos de buena o de mala gana a una inusual e intempestiva rutina, yo también pasé de tres meses largos de confinamiento. Algunas diligencias personales impostergables me inducen a aprovechar días de pico y cédula, pero es pertinente señalar que las realizo siempre con premura y cuidados extremos, sin extenderme más allá de sesenta minutos durante las fechas en que acojo la droconiana norma.

A la hora de balances, admito que aprovecho de tal manera el enclaustramiento forzoso que pretendo reeditarlo otro tanto. O de cuando en vez. Eso sí, ajeno en la medida de lo posible a la tortura sicológica de que es imperativo llevarlo a cabo para evitar contagios callejeros que puedan resultar fatales.

Jamás quisiera experimentar de nuevo ciertos paranoicos estados de ánimo que me produjo ingresar en abril y mayo a recintos comerciales en donde mientras realicé esos merodeos fui víctima de sensaciones de pánico y ansiedad que me hicieron evocar dantescas escenas de películas sobre las dos guerras mundiales. U otras que reseñan con crudeza y realismo lo vivido por los pueblos coreanos y vietnamitas. O aquellas que reviven las invasiones soviéticas a naciones europeas y los horrores de regímenes militaristas y dictatoriales de las repúblicas caribeñas y latinoamericanas en aciagas décadas intermedias del siglo veinte que se repiten por estos lustros. No más al lado.

El primero de junio suspendí varias horas mi monacal encierro para comprobar la semi batahola que se sucedió por el levantamiento a medias de la medida del acuartelamiento “obligatoriamente voluntario” dispuesto por el Gobierno Nacional. Desde la reanudación de ciertas actividades que se dio en esta fecha confirmo el paulatino retorno de habituales clientes a centros comerciales en donde solíamos marcar tarjeta con inglesa puntualidad. Por ahora está lontano el encanto de estas ciudades del que tuvieron hasta marzo del 2020. Entonces había en ellas un frenesí indescriptible. Las tertulias se daban por cientos entre jóvenes, adultos y lúcidos abuelos, esos mismos que reclaman el regreso a su cotidianidad sin ataduras, pues se las mantienen bajo el supuesto de la salud pública con el distanciamiento social.

Por ahora, los usuarios de las grandes superficies fenicias parecemos marcianos. Nos volvimos seres huraños que evitamos el diálogo con desconocidos. Hablamos lo preciso a través de asfixiantes tapabocas. Con desconfianza respondemos a preguntas de obligatorios controles. Sin entusiasmo aceptamos requerimientos de alejamiento interpersonal, repetida medición calórica y desinfección de calzado. Atrás quedó la proverbial característica paisa de entablar charlas para suavizar la tortura de turnos en filas para esto o para lo otro. Inclusive, para amenizar ratos de espera en los que ahora celulares, tablets, libros y revistas reemplazan a eventuales congéneres.

La rutina que adopté en razón de la cuarentena la varío en ocasiones por  pocos imprevistos: por una oferta televisiva atractiva, por una interconexión grupal de whattsApp. Por fuerza de las circunstancias aprendí a desarrollar una hoja de ruta que me deja acelerar sicológicamente el paquidérmico andar del reloj, instrumento de síquica tortura en la obligatoriedad del enclaustramiento. Ahora le encuentro las bondades que conlleva, sin la resistencia que le tuve en principio.

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Pasadas las cinco de la mañana sigo con  cartuja rigurosidad encendiendo el móvil. Revisar mensajes de todo tipo es norma básica, no como consecuencia de la viral temporada, sino en razón de mi oficio. Algunos memes me ponen a botar corriente filosófica, otros me disgustan por mofarse del dolor ajeno. Media hora después de la rutinaria apertura del día a día estoy frente a la pantalla del computador de escritorio, desde hace lustros mi principal herramienta de trabajo, de negocios, de cultura general, de relax, de interacción. Mi amigo fiel, dirán algunos, añorando su Renault 4. Con frecuencia suelo preguntarme cómo podría vivir sin este socio, dispuesto a acompañarme pese a lo impropio de la hora en que puedo recurrir a él. Es la misma pregunta que me hago al minimizar la necesidad de la cada vez más obsoleta telefonía fija y tengo cerca un celular disponible. O silencioso, si así lo quiero.

Como inicio de la jornada rutinaria, dos diarios de lectura física cotidiana me copan alrededor de una hora. En el repaso minucioso de ellos tuve oportunidad de toparme por estas fechas con las crónicas de Alejandro Mercado y Memo Ánjel en El Tiempo sobre cómo se aislaron para reducir la inminencia del contagio del COVID19.  Otras de personajes casi anónimos o de puntual reconocimiento igual relatan el día a día por esta contingencia universal.

Al concluir el mecánico ejercicio físicomental me dispongo al primer golpe gastronómico, a un texto entreabierto o aún preservado por celofán, a un cuaderno de notas. ¡Y pa´l televisor!, en busca de alguna película para repetir junto a mi esposa, si hay en la parrilla alguna de aquellas que nos gustaron en la pantalla grande. O para ver por primera vez. O para seguir ciertas sagas, ahora en la programación de operadores televisivos sin odiosas cláusulas de obligatorio cumplimiento. Alrededor de las diez de la mañana hacemos unos ejercicios domésticos, recorremos escaleras del edificio donde vivimos o caminamos por calles aledañas a nuestro lugar de residencia.

El resto de la jornada calendaria pasa lenta o veloz, de consuno con los eventos que incluya. A las ocho de la noche, en una ventana o en el balcón,  aún aplaudimos a médicos, auxiliares, bomberos, conserjes y personas que evidencian el acatamiento al juramento hipocrático, sus cualidades solidarias, su responsabilidad ocupacional. Cosa de dos o tres minutos. Después, las horas se suceden igual de lunes a domingo, hasta casi la medianoche, cuando apagamos por unas horas las luces multicolores de la caja mágica que se ha convertido durante esta pandemia nuestro gran aliado existencial.

Textos que esperaban en anaqueles hasta sentirse al fin escudriñados, botellas de vino ansiosas de que las sacase de inventario, esculque de apolillados recortes de prensa esculque de apolillados recortes de prensa yálbumes fotográficos apolillados son pruebas irrefutables de que el ocio improductivo es cosa de ociosos

 

*rpclarin@une.net.co

 

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