¿Nuevos tiempos en el mundo democrático?

Autor: David Roll Vélez
31 octubre de 2019 - 12:03 AM

Ese conflicto entre el individuo y la sociedad viene de atrás, y que en cada momento histórico adquiere una nueva dinámica y se le inventa una nueva solución.

Bogotá

El Brexit destruyó la armonía del gobierno de los ingleses, que fueron quienes inventaron la democracia; los chalecos de tránsito dejaron en ridículo al gobernante de Francia, el país que patentó ese modelo político como propio, y muchos habitantes de Estados Unidos, el país que primero puso realmente en práctica una república democrática, se mueren de vergüenza cada día por las más de 10.000 mentiras que ha dicho y sigue diciendo su actual presidente, a las que el director Washington Post, el periódico que las ha contado, llama más bien afirmaciones falsas. Incluso España, que llegó tarde al modelo pero funcionó muy bien tantos años con su bipartidismo, ahora no logra armar gobierno de ninguna manera y no tiene como negociar con el separatismo catalán. Además, ninguna otra democracia europea está tampoco como para decir que saca la mano por las demás, ni siquiera Alemania, el país de mostrar en Europa.

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Y aquí, al otro lado “del charco” y abajo del Río Grande, tampoco escampa. Los mexicanos convirtieron en realidad las series de Netflix, como Ingobernable, en las que los capos dan órdenes a los presidentes, y se destruye el mito de un líder cocinado en bajito por dos décadas, que, si bien habla suavecito como el cartero del Chavo y ya no es como en campaña, no se le ve gobernando. Ni se diga del resto de Centroamérica, salvo Costa Rica, que la semana entrante celebra 70 años de Democracia.

El cono sur también “arde”, como han dicho algunos medios. Los chilenos ponen en duda una democracia que les costó tanto conseguir y era modelo para Latinoamérica, y que además un gobierno de izquierda afinó durante años para tratar de evitar justo lo que está sucediendo. En Bolivia, un líder indígena, que fue sindicalista cocalero, y un exguerrillero, que enriquecieron a su país contra toda predicción, como presidente y vicepresidente, están borrando su legado con un golpe de Estado del tamaño del desierto de Uyuni. Los argentinos, que fueron dueños de uno de los seis países más ricos del mundo, no saben como desmontar el Estado del Bienestar que instauraron hace años y que solo funciona en épocas de vacas gordas, por lo que reeligieron el populismo que justo los sacó del club de los ricos. Perú no logra encontrar un equilibrio político que le garantice hacia el futuro la bonanza económica lograda, porque sus presidentes son destituidos por el Congreso (sin efecto), están en la cárcel o se suicidan. De Venezuela mejor no hablar porque es una profecía autocumplida del desastre, y aun Ecuador, que por fin había alcanzado estabilidad presidencial, tiembla de nuevo. Hasta el enorme Brasil, que siempre animó a todos, ahora parece un gigante con pies de barro, tras los desastres por corrupción del Partido de los Trabajadores y la incontinencia verbal del nuevo mandatario. Incluso los uruguayos parecen cansados ya del Frente Amplio y de “gandizar” a personajes que no fueron realmente defensores de la no violencia en su juventud. Mejor dicho no se salva nadie de este mal momento, salvo nosotros que, a pesar de todos los pesares, después de lo vivido durante cincuenta años, cualquier problema es caricia tras el Acuerdo de Paz, usando el término de la popular radio historiadora.

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¿Arde el mundo? ¿Arde Europa? ¿Arde América? Unos dicen que sí y ven revoluciones del pueblo por todas partes, desde Cataluña hasta Santiago de Chile, sin darse cuenta de que por mucha gente que salga en las pantallas protestando las cuentas no dan para nuevas revoluciones, porque están infladas por las redes y el inmediatismo de las comunicaciones. Otros dicen que son problemitas que siempre ha habido aquí y allá y que así son las democracias, solo que se nota más que antes ante tanta abundancia de información. Otros pensamos que hay que releer a Marcuse, y por supuesto a Freud, para entender que ese conflicto entre el individuo y la sociedad viene de atrás, y que en cada momento histórico adquiere una nueva dinámica y se le inventa una nueva solución. La medicina de la anterior crisis fue derrotar el fascismo y el comunismo de diversas maneras y propagar las democracias sociales con ambiciones contenidas. Pero esta pastillita ya no está sirviendo, y salvo algunos pocos líderes religiosos no se ve a grandes filósofos o políticos señalando las rutas de escape como en otros tiempos. Se puede inferir, mirando hacia atrás, que terminaremos encontrando la solución. Pero el problema es que todavía no está claro ni siquiera cuál es el problema en estos nuevos tiempos.

 

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