¿Confianza total en la ciencia y tecnología?

Autor: Carlos Alberto Gómez Fajardo
10 septiembre de 2019 - 12:05 AM

El cientificismo es una reducción absurda. La pasión por lo técnico invita al precipicio del olvido del ser auténtico del hombre

Medellín

Carlos Alberto Gómez Fajardo

Se ha definido al cientificismo como el endiosamiento de la confianza en los logros de la ciencia y la técnica: se trata de una moda, de un hábito colectivo. Quizás por ello mismo se imponen como valores absolutos la eficiencia, la rapidez, el progreso, el crecimiento económico, la comodidad, la dinámica de beneficios y utilidades. La creación de optimismos irracionales expresa la fragilidad y pequeñez de los dioses contemporáneos. Van de la mano con lo trivial, lo que se limita a las sensaciones y al poder del consumo. Parece que queremos olvidar hechos como el hundimiento del Titanic, el insumergible; el desastre de Chernóbil, la infinidad de problemas generados por el mal uso de medicamentos, los accidentes aéreos, las decisiones desastrosas de dirigentes: abundan los ejemplos de las consecuencias negativas de acciones técnicas que revelan los defectos y limitaciones de cualquier quehacer humano.

Lea también: El lobo de la piel verde

Cabe recordar que el ser humano y sus logros no se reducen a lo que se llega por medio del ingenio. Hay otras dimensiones del ser personal: lo subjetivo, lo espiritual, lo biográfico, lo estético, lo familiar. Hay otras misteriosas motivaciones para la acción libre. Van más allá de las satisfacciones de las necesidades básicas. Las certezas afectivas y existenciales (el amor, el afecto, la solidaridad) no obedecen ni pueden ser reducidas a niveles de medición y cuantificación supuestamente científicos. Otra de las pruebas de esta realidad multidimensional del ser humano es la escasa utilidad práctica de las mediciones de algo que investigadores de diversas disciplinas denominan “calidad de vida”. Cada uno de ellos la define según sus necesidades y conveniencias. Cualquiera, considerándose idóneo, dice cualquier cosa refiriéndose al término “calidad de vida”; ello aniquila el valor racional de esa variable. Esa colosal confusión sólo se refiere a algunos aspectos parciales de la realidad, sean estos clínicos, psicológicos, económicos, epidemiológicos.

Georges Bernanos en su clásico ensayo Francia contra los robots se refiere a la pérdida de la dimensión de la interioridad humana en el mundo contemporáneo; recuerda agudamente que la civilización moderna se ha convertido en una especie de conspiración contra la vida interior.

Se necesita de la vida interior: la autenticidad, el reconocimiento de las realidades afectivas y espirituales. El respeto a la tradición y a la no cuantificable riqueza de valores que han sido transmitidos con el idioma, la fe, la historia, la herencia familiar, la cultura y por supuesto, también la ciencia y tecnología, -las cuales son también adquisiciones históricas enriquecidas por sus correspondientes procesos y tradiciones-. El conocimiento es una adquisición de generaciones, no del sujeto aislado que se considera a sí mismo como un “científico” innovador y que con frecuencia más de la deseable, es un ignorante sobre lo que trasciende su campo de especialización. Muchos han llamado la atención sobre los problemas asociados al exceso de especialización y se habla de sujetos tecnócratas que poseen un mar de conocimientos de unos centímetros de profundidad. En realidad, operarios, comerciantes y tecnócratas cuya idoneidad puede ponerse en cuestionamiento. Como piensa Gómez Dávila: “Para qué engañarnos? la ciencia no ha contestado ni una sola pregunta importante”. Y: “Nada patentiza tanto los límites de la ciencia como las opiniones del científico sobre cualquier tema que no sea estrictamente de su profesión…”

Lo invitamos a leer: Elio Sgreccia, la dignidad y el respeto

El cientificismo es una reducción absurda. La pasión por lo técnico invita al precipicio del olvido del ser auténtico del hombre. Este proceso de deshumanización quizás guarde relación con la extendida queja de que vivimos una época de “crisis de valores”: esto sucede en una sociedad que tiende a endiosar metas y logros técnicos parciales, al hacerlo, disminuye el valor de la dignidad de la persona concreta. La realidad no se limita a lo cuantificable en términos de comodidad, de utilidad y de rendimiento económico.

 

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