Burda apología del terrorismo
27 de Septiembre de 2008


La muerte de ‘Tirofijo’ produjo, no decimos que alegría, pero sí una sensación de alivio en el pueblo colombiano.

A ciencia y paciencia de las autoridades venezolanas y esto es que no haya sido con su beneplácito -ayer
se inauguró la llamada “Plaza Marulanda” y en el
centro de la misma un busto del extinto fundador y comandante de las Farc, Pedro Antonio Marín, más conocido como Manuel Marulanda Vélez, alias ‘Tirofijo’, en el populoso barrio “23 de enero” en el oeste de Caracas. El estrambótico tributo fue organizado por la Coordinadora Simón Bolívar, la Coordinadora Continental Bolivariana, el Movimiento M-28 y el Partido Comunista de Venezuela, a cuyo nombre escuchamos hablar, por una cadena radial colombiana, a un tal Juan Contreras, quien se ufanó de que aquella era “la única plaza en el mundo que se ha hecho para honrar la memoria del heroico combatiente”. Será la primera y la única, es verdad, porque el repudio que empieza a manifestarse no sólo en Colombia, en la propia Venezuela y en todo el mundo, debe ser motivo suficiente para que a nadie más se le ocurra semejante exabrupto.

Informa la prensa caraqueña que para presidir la ‘ceremonia’ viajó desde Santiago de Chile Carlos Casanueva, secretario general de la CCB y miembro del comité central de Partido Comunista chileno, quien además presentó una biografía de ‘Tirofijo’ que según él “conmemora la heroica resistencia que libra el pueblo colombiano  contra el imperio”. Es importante saber que la CCB agrupa organizaciones de extrema izquierda, cuya principal enseña es el respaldo a la lucha armada para la toma del poder, y sus promotores aseguran tener representaciones en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Mucho se ha dicho que el régimen del coronel Chávez la apoya subrepticiamente con sus petrodólares.

Sea de ello lo que fuere, ¿con qué derecho esos camaradas asumen el papel de “tribunal de la historia” – porque, evidentemente, pretender elevar un monumento de carácter perenne a alguien implica que hubo un juicio histórico sobre sus hazañas y méritos – sustituyendo abusivamente al único tribunal de opinión legítimo para juzgarlo, que es el pueblo colombiano, que debió padecer sus crímenes y los de su organización a lo largo de los últimos 44 años? La muerte de ‘Tirofijo’ produjo, no decimos que alegría, porque nadie se alegra de la muerte de otra persona, pero sí una sensación de alivio porque, por fin, la justicia divina se había hecho sentir en Colombia, ya que en vida no había sido posible que pagara las múltiples condenas a que lo sentenció la justicia terrenal ni las autoridades habían podido hacer efectivas las 120 órdenes de captura que tenía en su contra por crímenes de lesa humanidad, como – para sólo citar algunos de los más recientes – la masacre de Bojayá, donde 119 personas murieron al interior de una iglesia bajo el espanto de los cilindros bomba de las huestes de ‘Tirofijo’; la bomba en el Club El Nogal de Bogotá que dejó 23 muertos; el secuestro y posterior asesinato de los once diputados del Valle de Cauca, y todos los crímenes horrendos cometidos bajo sus órdenes y que tienen a las Farc en la lista de organizaciones consideradas terroristas por la Unión Europea y el Departamento de Estado y, de manera expresa, por los gobiernos de más de 30 países en el mundo. De modo que lo de Caracas no es “el merecido tributo a un verdadero mariscal de la guerra de guerrillas revolucionarias y de la libertad”, como dice su sucesor, el ‘comandante Cano’, en su comunicado de agradecimiento a los camaradas caraqueños.

Eso que han hecho en Caracas, más que un homenaje a un narcoterrorista es un desafío y una afrenta al gobierno y al pueblo de Colombia, que se expresó de manera contundente el 4 de febrero de este año, cuando millones de colombianos marchamos en todas las ciudades para rechazar el secuestro y la violencia al grito de “¡No más Farc!” y además recibimos la solidaridad de cientos de miles de personas en 120 ciudades del mundo que marcharon también ese día. Inclusive en Caracas, donde se pretendió jugar con la esperanza y el temor de las familias de los secuestrados, las crónicas hablaron de más de cuatro mil personas desfilando en rechazo a los terroristas y secuestradores.

Por eso aplaudimos el oportuno pronunciamiento de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado, días antes de la sonada inauguración, y que mereció la diatriba de uno de sus oradores. Según la Comisión, ese homenaje “contraría todas las decisiones de las Naciones Unidas y de la OEA en la lucha internacional contra el narcoterrorismo, ratificándose que el presidente Chávez se constituye en una amenaza hemisférica de apoyo a las Farc”. Anoche, en momentos en que dábamos punto a este comentario, conocimos la comunicación del Ministerio de Relaciones Exteriores en que le “expresa al Ministerio del Poder Popular para las Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela el sentimiento de indignación de la Nación y el Gobierno de Colombia con ocasión del ofensivo homenaje que se realiza en Caracas al terrorista Manuel Marulanda Vélez”. Y recuerda que el Gobierno de Colombia “ha condenado cualquier tipo de apoyo o respaldo a las manifestaciones de violencia que se han cometido en otros países hermanos, cualquiera sea su origen o motivación, tal como se demostró en Santiago de Chile, con ocasión de la celebración de la Cumbre Extraordinaria de Unasur relacionada con la situación en Bolivia”.

En ese mismo sentido, “en el entendido de que el homenaje es una iniciativa de particulares”, como dice nuestra Cancillería, Colombia espera la solidaridad de la comunidad internacional en el rechazo a esta infame ofensa de un grupo de antisociales venezolanos a la dignidad de nuestra patria.