Macondo
La montaña mágica
Autor: Álvaro González Uribe
23 de Junio de 2007


Nunca he perdido la capacidad de sorpresa y admiración ante miles de objetos, personas y actitudes de este mundo regados por ahí sin que mucha gente los note.

Si todavía me sorprendo con mis cerros de Medellín como el Nutibara y El Volador, ¿cómo no voy a extasiarme ante la Sierra Nevada de Santa Marta? Y aclaro: no es que ésta sea “mejor” que los primeros, simplemente es otra maravilla de la naturaleza y la geografía.

La Sierra Nevada de Santa Marta siempre ha sido para mi una mole misteriosa. Es una pirámide natural solitaria que por un descuido se le cayó a Dios cuando la transportaba hacia otro lugar geográfico más acorde.

La Sierra es ajena a los Andes, sus parientes que declinan al sur unos y al oriente otros, pues no es un empuje perfilado del lecho del Pacífico hacia Suramérica como aquéllos, sino un recogimiento del piso Caribe hacia la parte norte del mismo continente. Y así como es extraña su ubicación, es misteriosa y llena su vida interior.

Cuando camino por la playa juego a la ubicuidad dando un paso a un lado, pues del piso seco de todo un continente paso chapoteando al lecho de un infinito océano milenario que llega hasta los lugares más recónditos del Mundo. En esos andares anfibios observo a la Sierra introducirse en suave caída dentro del Caribe, cómo gigantescos dedos que se lavan en el oblicuo fondo marino cuyo borde comienza en el litoral. Sin embargo, no sé si el mar se trepa a la Sierra o si ésta se sumerge en el mar.

Los 17.760 kilómetros cuadrados de Sierra han albergado y contienen las mismas pasiones de la historia de Colombia, América y el Mundo. Sus capítulos empiezan en su pasado remoto con los tayronas y luego con los conquistadores españoles encabezados por Rodrigo de Bastidas. Siguen en un pasado menos lejano con los koguis, kankuamos, arhuacos y wiwas. Continua con la bonanza marimbera que originó ese monstruo llamado narcotráfico que le quebró el espinazo a Colombia; y termina con su acontecer actual de sembrados de coca y amapola, de masacres y desplazamientos indígenas, y de apoderamientos guerrilleros y paramilitares. Historia marcada en todos sus momentos por una lucha parricida feroz: la del ser humano contra su Planeta.

Pero a pesar de los golpes la Sierra sigue ahí, poderosa, reinando sobre toda la cuenca caribeña con su corona de seis picos blancos y sus verdes vestiduras reales.

Los materiales celestinos de las relaciones buenas y malas entre los humanos y la Sierra son las aguas que ruedan peinando sus faldas, las que yacen abajo y las que derrama el cielo; sus vientos que se arrebatan el aire entre sí; los astros vigilantes y vigilados; y cientos de verdes que ascienden, se descuelgan y descansan plácidos o inquietos. La Sierra es lugar de sinergias, alianzas, guerras, uniones y divorcios entre el hombre y su ambiente: cosmogonía, ecología, agricultura, religión, supervivencia, amor, odio, vida y muerte.

Doy gracias por amanecer todos los días entre los pies frescos de este gigantesco macizo sobrecogedor, que con su tamaño y riqueza me recuerda la pequeñez de mi materia y de mi espíritu.

En este instante, cuando camino por el límite de arenas cálidas donde la Sierra empieza a ser mar Caribe, también agradezco mi fortuna de poder asistir a este espectáculo que no por cotidiano deja de ser grandioso: el encuentro de dos colosos que se miran y se besan, pero que también se arremeten con fuerza en algunas partes mostrándose con respeto sus armas milenarias para evitar equívocos sobre la soberanía de cada uno en su espacio.

Sin pretender desmeritarla, la montaña mágica alpina de Thomas Mann es sólo un promontorio escenario de una comedia. La de aquí alberga la magialidad real de Gabo y la caja de resonancia de Carlos Vives y de los juglares vallenatos. En esta montaña nada nace a medias. Por sus tres costados todo crece brutalmente, con furia y con pasión. Aquí la vida es más vida, la muerte más muerte y los sentimientos más sentidos, y por ello aspiro a que la Sierra sea la tierra del recuerdo y no la tierra del olvido.