Albores de ciencia y de país
Autor: Dario Valencia Restrepo
5 de Marzo de 2006


En la Nueva Granada de mediados del siglo XVIII tenía todavía vigencia la visión clásica de los griegos sobre un universo centrado en una Tierra inmóvil, a pesar de que habían transcurrido más de 200 años desde la publicación del sistema heliocéntrico por parte de Copérnico, y a pesar también de los significativos avances astronómicos que habían tenido lugar en la Andalucía musulmana hacia el siglo XII.

Tampoco por aquellos años se enseñaba en la colonia española la revolución científica de Newton, uno de los más grandes acontecimientos de la historia, ya divulgada en Inglaterra durante los últimos años del siglo anterior.

No es de extrañar aquella situación pues la metrópoli mostraba un considerable retraso en ciencia y técnica si se comparaba con países avanzados de la época como Inglaterra, Francia y lo que hoy es Alemania. Y con respecto al Nuevo Mundo, la corona española imponía una política signada por la espada y la cruz, una de cuyas consecuencias era una enseñanza, tal como lo señala José Manuel Restrepo, que no llegaba a las cuatro quintas partes de la población, que a unos pocos propietarios acomodados les permitía convertirse en abogados o clérigos, y que no mostraba ningún interés por la matemática, la física o la química.

Este estado de cosas empezó a mostrar algún cambio con la llegada de los borbones franceses al trono de España, en sustitución de la dinastía de los habsburgos, pues los nuevos aires de la Ilustración sacudían a Francia y se propagaban por Europa. Ello fue particularmente cierto con los esfuerzos en el reinado de Carlos III a partir de 1759 para racionalizar el gobierno del país y mejorar la administración de las colonias americanas e intensificar el comercio de éstas con la metrópoli. Aunque existían algunos antecedentes, es en este contexto histórico cuando se propician o autorizan misiones científicas de mayor alcance a cargo de científicos de diversos países del viejo continente.

Dos hitos de grandes consecuencias para el desarrollo de la ciencia en lo que sería la Colombia de hoy tienen lugar hacia fines del siglo XVIII: la Expedición Botánica propuesta y organizada por el español José Celestino Mutis, y el inicio del viaje a las regiones ecuatoriales por parte del alemán Alexander von Humboldt. Estas dos figuras señeras y la del gran criollo Francisco José de Caldas, así como sus encuentros, relaciones y descubrimientos, son el tema del bello libro titulado El día que Humboldt llegó a Cartagena de Indias y subtitulado Estrelleros y herbolarios en el virreinato de la Nueva Granada. Siglos XVIII-XIX.

Con ribetes literarios y penetración psicológica, el texto narra con emoción y en castiza y rica prosa la lucha de estos precursores por aprovechar los conocimientos astronómicos y matemáticos, impulsar la geografía y adentrarse en la descripción y clasificación de los tres reinos de la naturaleza en unas comarcas con riquezas y recursos muy desconocidos o desaprovechados. De las páginas emergen los tres personajes como arquetipos del auténtico hombre de ciencia que ama con pasión su trabajo; que en forma altruista quiere poner el resultado del mismo al servicio de sus semejantes; y que como el héroe ideal de Schiller mantiene su integridad en medio de las más adversas condiciones materiales y sociales.

Con base en una importante bibliografía, en especial los diarios de Mutis, Caldas, Humboldt y Boussingault, el libro presenta la visión del mundo y los nobles sentimientos que animaban a estos sabios, a la vez que recrea los ambientes políticos de la época que obstaculizaban su acción. Por ello es conmovedor conocer sendas cartas de los tres personajes del libro: de Mutis, que ante el virrey pide por segunda vez el auspicio de la expedición botánica y describe los grandes sacrificios personales que le ha demandado una labor sin el debido respaldo oficial; la de Caldas, que cercano ya al cadalso implora clemencia para poder continuar sus empeños científicos; y la de un Humboldt envcjecido que solicita ayuda económica al rey, después de haber gastado su fortuna personal en el viaje a América y en la publicación de sus libros sobre el Nuevo Mundo y la divulgación científica.

Bien se sabe que los ideales de la Expedición Botánica fueron un fermento para la emancipación de la Nueva Granada. Mientras unos criollos luchaban por la libertad política, los primeros científicos del virreinato luchaban por otro tipo de libertad: aquella que podría liberar a sus habitantes de las cadenas de la ignorancia y la superstición. Como bien lo dice el libro, no puede haber país, y menos desarrollo del mismo, si no se conocen sus recursos de agua y de tierra firme, sus habitantes, sus cartas geográficas, su posición en el mundo...

El autor del libro es Gabriel Jaime Gómez Carder, actual director del Planetario de Medellín “Jesús Emilio Ramírez”. Como en tantos otros emprendimientos de este tipo, el autor debió financiar la obra con su propio peculio. El trabajo que se ha comentado sucintamente merece una segunda edición, ojalá en gran formato y con reproducción en color de algunas de las bellísimas láminas de la Expedición que estuvieron a cargo de su extraordinario pintor Francisco Javier Matiz. Por supuesto, con una financiación diferente. Pues se trata de un libro que está llamado a despertar el espíritu científico y la aventura del conocimiento entre los niños y jóvenes, así como a inculcar en ellos la responsabilidad de poner los resultados de su trabajo al servicio de sus conciudadanos y de la construcción de un mejor país.