Editorial

La huella del Pastor
29 de Julio de 2013


El papa Francisco dejó una serie de profundos interrogantes que enmarcó en su afán reformador de la Iglesia, anunciado con su nombre pontificio y ratificado en sus intervenciones y actuaciones.

Más de tres millones de feligreses colmaron las playas de Copacabana, en Río de Janeiro, para la reunión final de la 28 Jornada Mundial de la Juventud, que concluyó ayer tras cinco días de entusiasta participación de jóvenes llegados de todo el mundo, que anuncian que volverán a reunirse en 2016 en Cracovia, ciudad natal del beato Juan Pablo II, el Pontífice que en el año 1984 dio inicio a estos encuentros que se han realizado en cuatro continentes, con excepción de África. 


En su primer viaje, el papa Francisco siguió ganándose el corazón de la feligresía, a la que manifestó que entiende cuando dice que “muchos han buscado atajos, porque la ‘medida’ de la gran Iglesia parece demasiado alta (…) han pensado: la idea del hombre es demasiado grande para mí, el ideal de vida que propone está fuera de mis posibilidades” para reclamar de la Iglesia un cambio que le permita tender puentes con los fieles: “A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente”.  


En sus encuentros con los obispos de Brasil y del Celam, el papa Francisco dejó una serie de profundos interrogantes que enmarcó en su afán reformador de la Iglesia, anunciado con su nombre pontificio y ratificado en sus intervenciones y actuaciones. Fue así como recordó el llamado a “la conversión pastoral”, anunciada en la Conferencia de Aparecida, que “atañe principalmente a las actitudes y a una reforma de vida. Un cambio de actitudes necesariamente es dinámico”. A los jóvenes los invitó a hacerse misioneros y a los eclesiásticos para que sean compañía en ese recorrido hacia la fe.


Coincidiendo con su llamado a “hacer líos” (crear confrontaciones) que presentó a los jóvenes durante la jornada inaugural del encuentro, siguió sorprendiendo al mundo con sus intervenciones sobre el Estado, la política y la inclusión. 


Cuando muchos esperaban, y casi exigían, una abierta confrontación con la presidente Dilma Rousseff, que se encuentra ad portas de tomar decisiones contrarias a la doctrina católica sobre la familia, Francisco se atrevió a reconocer al Estado laico pero reclamó que “la convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”. 


Sus encuentros con la dirigencia eclesiástica, económica y política, se caracterizaron por su afán de sacudir los elitismos y la exclusión y su invitación al reconocimiento del otro: “Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo con el pueblo, la capacidad de dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad”, dijo en su encuentro con los líderes políticos y económicos a quienes indicó: “la dirigencia sabe elegir la más justa de las opciones después de haberlas considerado, a partir de la propia responsabilidad y el interés por el bien común”.


En varias de sus intervenciones también hizo un llamado de atención a dos formas de exclusión: “Exclusión de los ancianos, por supuesto, porque uno podría pensar que podría haber una especie de eutanasia escondida es decir, no se cuida a los ancianos pero también está una eutanasia cultural. No se los deja hablar, no se los deja actuar. Exclusión de los jóvenes, el porcentaje que hay de jóvenes sin trabajo y sin empleo es muy alto y es una generación que no tiene la experiencia de la dignidad ganada por el trabajo, o sea esta civilización nos ha llevado a excluir dos puntas que son el futuro nuestro”.


Una vez más, el Papa ha ratificado que busca transformar desde la fe, el amor y la sencillez: “Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en su conversación. Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido”. Ahora que Francisco ha partido después de cinco días de intenso trabajo con los fieles, América Latina empieza a recoger sus palabras para entender la profundidad que está siendo característica del primer pontífice americano.