Editorial

El beato Óscar Arnulfo Romero
23 de Mayo de 2015


Lo que destrabó la causa iniciada en 1994 y que quedó engavetada desde 1997 en la Congregación de la Doctrina de la Fe, fue esa coincidencia en el magisterio que promueve una Iglesia pobre para los pobres, que acoge a las víctimas de los conflictos y que buscaba el cese de las confrontaciones.

Después de 35 años del asesinato del arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, la Iglesia Católica reconoce el suyo como un crimen “in odium fidei”, en virtud de lo cual lo consagrará hoy como beato, unción que viene a hacerle justicia al martirio de quien en vida fue reconocido por su pueblo como servidor y defensor de los pobres, mientras un ala reticente a la doctrina social de la Iglesia malinterpretó su opción por los derechos humanos y las víctimas del conflicto armado salvadoreño como una alternativa encaminada hacia el marxismo, alimentando la imagen de un clérigo controvertido y cercano a la llamada Teología de la Liberación.


Romero cayó asesinado el 24 de marzo de 1980 por el disparo de un sicario cuando oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos de cáncer, en los días previos al estallido del conflicto salvadoreño que se extendió hasta 1992. Su tiempo estuvo, pues, marcado por los conflictos internos y las guerras civiles en América Latina que cobraron otros mártires, como los jesuitas de la Universidad Centroamericana, también en El Salvador, y los sacerdotes polacos Michele Tomaszek y Zbigneo Strzalkowski, asesinados por Sendero Luminoso, en Perú. Años después, Colombia también fue escenario de estas persecuciones, que dejaron entre sus muertes a monseñor Isaías Duarte Cancino, asesinado por las Farc, y a monseñor Jesús Emilio Jaramillo, muerto a manos del Eln. Estos y otros sacrificados de la Iglesia tenían en común que no habían abrazado la línea radical de la Teología de la Liberación que predicaba que la lucha armada era una opción, sino que se mantuvieron firmes en que tal opción de vida se contradecía profundamente con la doctrina del evangelio que, en cambio, sí les permitía ser mediadores en conflictos y denunciar la pobreza y la violencia creciente.


Un discurso coherente con el mensaje emanado de las reuniones de los obispos latinoamericanos en Medellín (1968) y Puebla (1979), ratificado en Aparecida (2007), de que la Iglesia debe tener como prioridad el amor por los pobres. Un discurso que refleja la esencia del pontificado de Francisco y que explica tanto el impulso dado a esta causa de beatificación, como también su labor pastoral y diplomática. Lejos de pensar, como se ha querido hacer ver en los medios internacionales, que había que esperar a tener un Papa latinoamericano para llevar a los altares a monseñor Romero, lo que destrabó la causa iniciada en 1994 y que quedó “engavetada” desde 1997 en la Congregación de la Doctrina de la Fe, fue esa coincidencia en el magisterio que promueve una Iglesia pobre para los pobres, que acoge a las víctimas de los conflictos y que buscaba el cese de las confrontaciones: el punto de equilibrio entre una Iglesia en la confrontación y una Iglesia callada frente a la guerra.


Y si existe alguna duda frente a la determinación del papa Francisco de encausar al catolicismo por esa senda, vale la pena mencionar aquí que es esta misma vocación la que ha orientado, como lo mencionábamos antes, el aspecto diplomático de su pontificado, como quedó en evidencia la semana anterior, cuando decidió dar el reconocimiento oficial al Estado de Palestina, después de lo cual se reunió con su presidente, Mahmud Abbas, al que involucró en la búsqueda de la paz en Oriente Medio diciéndole: “Usted es un ángel de paz”. Francisco ha insistido en reiteradas oportunidades que la única solución posible al conflicto árabe-israelí es la de dos estados y ha hecho lo que en sus manos ha estado para promover la idea, como llevar al propio Abbas y al expresidente de Israel, Simon Peres, a rezar por la paz en el Vaticano. Otro botón de muestra fue la mediación entre Estados Unidos y Cuba para sacar del congelador una relación bilateral estancada hace medio siglo. En ambos casos el mundo ha aplaudido al pastor de los católicos, aunque seguramente las ampollas se levanten entre los sectores más retrógrados de la sociedad y de la curia romana donde, al parecer, y parafraseando al propio Papa, prefieren una iglesia enferma y encerrada a una iglesia herida que siga abriendo camino.


De vuelta al beato Romero, la ceremonia que congregará hoy a más de 300.000 católicos en San Salvador, y que será presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, debe borrar de una vez por todas la pretensión que los gobiernos de izquierda latinoamericanos han tenido de convertirlo en un ícono político, pues en el decreto que reconoce su fervor, el concepto de martirio no se circunscribió a las cuestiones religiosas sino al amor que manifestaba el prelado por su pueblo, algo que debería convertirlo en el símbolo de la reconciliación en América Latina y en su país, donde a pesar del fin del conflicto, las cifras de criminalidad muestran una guerra no declarada, la desnutrición alcanza al 12% de la población y la pobreza es el común denominador de la mitad de los salvadoreños. Un escenario que clama la atención de más hombres y mujeres con la vocación del beato Óscar Arnulfo Romero.