Editorial

Acechanzas sobre la libre expresión
3 de Mayo de 2016


Comienzan a escucharse cantos de sirena invitando a regular los contenidos y el uso de las redes sociales, en lo que constituirían modernas formas de censura.

Como declaramos el 4 de mayo de 2012, cuando anunciamos la presentación pública de FundaMundo como nuestra accionista mayoritaria, en EL MUNDO celebramos el Día de la libertad de expresión y de prensa como fecha clásica para los periodistas, colaboradores y educadores aliados del proyecto Educar mientras se Informa. Así nos reconocemos garantes del derecho ciudadano a recibir información veraz y análisis plurales sobre los acontecimientos actuales, así como de formarse su criterio y participar en diálogos que enriquecen la vida pública. Hoy apreciamos las garantías constitucionales y legales, así como el entorno de libertades, que nos permiten seguir ejerciendo nuestros derechos a investigar, informar y opinar con autonomía. 


Las garantías hermanas de libertad de expresión e información, se transforman al ritmo que lo hacen la democracia, la economía, las culturas y la tecnología; en su cambio también impulsan las transformaciones de esos entornos. Hace 250 años, Suecia y Finlandia proclamaron la protección del acceso a la información, que conlleva el respeto a la búsqueda de información. Durante 24 décadas, esta protección favoreció a periodistas y medios de comunicación que se beneficiaron de los amparos constitucionales con mayor sentido de responsabilidad que orgullo por el privilegio concedido; la ausencia de garantías, en cambio, ha pesado sobre los periodistas y las sociedades que pierden el derecho a saber sobre sí mismas, exigir sus derechos y decidir con buen criterio. Hoy, la presencia de emisores impensados hace algunos años, así como el cambio de propósitos y visiones de muchos medios de comunicación, son cambios substanciales, y en apariencia irreversibles, en la producción, circulación y consumo de información y opiniones.


En la actualidad, y cada vez más, estos derechos protegen a ciudadanos que han convertido las redes sociales en derivaciones de plazas públicas donde todos son emisores de informaciones y opiniones, que se divulgan con amplitud y velocidad impensables sin las oportunidades de internet. Que disfruten de habilidades para ser emisores en los nuevos medios no significa que estos ciudadanos hayan adquirido los conceptos filosóficos sobre la relación de la información y la democracia ni los éticos sobre los propósitos de informar y opinar. Como tales vacíos favorecen que los nuevos actores yerren en sus mensajes, comienzan a escucharse cantos de sirena invitando a regular los contenidos y el uso de las redes sociales, en lo que constituirían modernas formas de censura, con lo que esta significa para la democracia.


Puestos frente a las redes sociales y otras formas de comunicación, tradicionales y nuevos medios de comunicación han renunciado a reconocerse copartícipes de los procesos de formación de ciudadanía y han optado por ofrecer al público lo que está esperando en materia de info-entretenimiento, descrito por el escritor Mario Vargas Llosa como que “cada vez se tiende más a hacer de la información una diversión”, situación que atribuye a que “una de las características de la cultura de nuestro tiempo es que el entretenimiento se ha convertido en un valor que prevalece sobre los otros”. Ejercidas en el marco de las amplias libertades democráticas que las sociedades buscan ofrecer a todos sus miembros, estas nuevas visiones del periodismo tienen todavía el reto de dialogar con los principios que han fundamentado los reclamos porque se ofrezcan garantías institucionales a quienes, como proclama la Unesco, hacen el “ejercicio especializado del derecho a la libertad de expresión guiado por unas normas profesionales y por el interés público”.


La fuerte emergencia de nuevas realidades y retos a las libertades de expresión e información no ha implicado que el mundo, ni siquiera el democrático, haya conseguido vencer las fuertes barreras levantadas por gobiernos totalitarios, muchos de ellos corruptos; grupos terroristas, también totalitarios; organizaciones criminales corruptoras, y hasta oligopolios económicos, que se empeñan en impedir el acceso a la información pública y limitar la libre expresión, cerrando así los caminos de las libertades y la democracia que los ciudadanos construyen cuando pueden disfrutarlas.