Columnistas

Guerra sucia en la política
Autor: Alvaro T. López
25 de Agosto de 2015


Hay, de entre muchos, dos aspectos que llaman la atención por la incivilidad que conllevan, en el proceso proselitista que se adelanta con motivo de las próximas elecciones de alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles.

alvarolopez53@hotmail.com 


Hay, de entre muchos, dos aspectos que llaman la atención por la incivilidad que conllevan, en el proceso proselitista que se adelanta con motivo de las próximas elecciones de alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles. Lo primero es la curiosa propuesta de un pacto por la transparencia que, como para ser beatificados, presentan algunos de los personajes que intervienen en el debate. Lo dicen como si en Colombia no hubiera normas jurídicas que regularan las conductas de los ciudadanos. Ofende que haya quienes intentan hacernos creer que son los inventores de la decencia. Los impolutos ciudadanos, los adalides de las más aclamadas campañas contra la corrupción administrativa, intentan revivir las viejas estrategias de posar de dechados de virtudes.


En nuestro país, hay un gran pacto al que adherimos todos los ciudadanos: es el Ordenamiento Jurídico que regula el accionar del Estado, las obligaciones de los habitantes y las relaciones interpersonales. Ninguna persona puede impunemente calumniar a otra, y menos cuando de la ofensa se deriva un beneficio. Señalar de bandido al contrario para ganar las elecciones, no es legal y no se necesitan pactos que lo regule pues la Ley lo proscribe. Engañar a la gente y hacer trampa en las elecciones, son conductas punibles que, además, señalan el talante de quienes en ello incurren. ¿Cómo puede alguien proponer pactos de decencia, luego de tratar de vencer al contrincante con señalamientos injuriosos, con propaganda negra, con argumentos calumniosos?


El otro aspecto que llama la atención y que debería ser revisado es el de los avales inconsultos girados desde Bogotá. No se trata de imponer nombres, sino de darle al pueblo los gobernantes y administradores públicos que quiere y merece. Como van las cosas, no está lejos el día en que desde  el frio nos manden un bogotano de candidato, como en las épocas de la Colonia. ¿Por qué no llegar a un consenso entre todas las vertientes del Partido Liberal, pero consultando las bases? Con un procedimiento limpio e incluyente, se evitaría el desgaste de personas que por sus grandes valores podrían prestar grandes servicios. Se tiene que llegar a un modelo desde el que se construyan candidaturas de partido, desde la voluntad de todos.


Aun para las normas que amparan derechos de las personas y la existencia del Estado, hay mecanismos de inaplicación. Si todas las vertientes, o ismos, del Partido Liberal deciden por separado que se identifican con un candidato distinto del que recibió el aval de la dirección nacional, ésta no podrá amenazar con sanciones estúpidas, sino que debe entrar, sin la inveterada arrogancia, a  dejar en libertad a  la militancia para que asuma su propia decisión al momento de votar. El hecho de ser liberal no quita la capacidad de razonar. Por otro lado, no puede seguir siendo sacrificado un candidato con inmensas cualidades personales, políticas y profesionales, al que han ido dejando solo, porque hasta sus promotores ya anunciaron su voto en otras ciudades.