Cultural

Giuseppe Caputo’s diverse worlds
Los mundos diversos de Giuseppe Caputo
Autor: Jaime Darío Zapata Villarreal
11 de Agosto de 2016


Un mundo huérfano es la primera novela del escritor barranquillero Giuseppe Caputto. Los críticos la catalogan, desde ya, como una de las novelas del año.



Giuseppe Caputo.

A veces el mar, como un dios generoso, les deja regalos en la orilla. Otras veces no y lo aceptan con resignación. Son pobres. Han sufrido la violencia de la escasez y la violencia del lenguaje; son vecinos de la noche, de la soledad, hermanos en la promesa de mejora que se construye día a día, abrazo tras abrazo: “Eso hacíamos algunas noches: recordar la posibilidad de violencia mientras aprendíamos que afuera, a millones de años luz, existían lugares de belleza inverosímil”, se lee en la novela. 


Es una historia de amor confinada en la noche. Podría ser una historia sexual, política, social, con algunos rastros de luz, podría ser ese mundo u otros mundos o ninguno. Algunas de estas situaciones componen el paisaje de Un mundo huérfano, de Giuseppe Caputo (1982), la primera novela del escritor barranquillero que cuenta la historia de un padre y un hijo que tratan de sobrevivir a hechos hostiles en una ciudad sin nombre, oscura, con violencias y cariños desmedidos que se presenta como una radiografía de una sociedad que expone todas sus cicatrices sin atenuantes, a piel viva. 


Giuseppe Caputo habló con EL MUNDO sobre su ópera prima. 


Hay una escena muy importante en la novela y es la de la masacre, ya que en ella se reúnen distintas violencias que aparecen en la historia: sexual, política, social, pero también pequeñas violencias más cotidianas. ¿Qué pensó al escribirla?


En esta escena en específico la pregunta que me hice fue: ¿qué es lo que la violencia hace en las personas? Y una de las teorías con las que más me he identificado y dialogado es con una de Simone Weill que dice que la violencia convierte en objetos a las personas, y esta idea está relacionada con una imagen de esa escena donde estos muertos terminan representando a algunos objetos, como una correlación triste a esa idea. También ahí se representa la violencia más brutal y definitiva: la de matar, a la vez que se muestra cómo esa violencia está nutrida o soportada por todas esas pequeñas violencias que son más simbólicas y que pasan más por el lenguaje, los gestos, y que son las que le dan una red a esa violencia definitiva que es la masacre. 


¿Y cómo se contrapone esa violencia al componente artístico y creativo que se lee en esa misma escena?


Quisiera pensar que la creación y la violencia son contrarias pero realmente creo que no lo son tanto. La violencia también incluye un componente de creación, que provoca creación, así sea destructiva. Eso contiene una idea poética en el sentido más terrible del término, porque hay una composición:  la muerte se vuelve esculturas humanas.  ¿Y cómo se agota eso? Pienso que en la medida de que se agote el horror ya uno puede empezar a sentir dolor por algo. Porque mientras se está en el horror uno está en un estado de estupefacción que te limita y te mantiene en ese presente, porque cuando estás ante el horror sólo puedes ver horror, y por eso traté de empujar ese dolor cada vez más hasta agotarlo.


¿Se podría decir que Un mundo huérfano es una gran historia de amor? 


Sí, se podría decir que es una historia de amor en medio de un mundo difícil y hostil. Es un amor honesto. De mucha ternura. Y esto se relaciona con esa ternura que está tan desplegada en toda la obra, así no lo parezca. La ternura se vuelva magnánima en varios contextos, y  por eso ciertos gestos de solidaridad y compasión (que es distinto a la conmiseración)  se vuelven importantes en la novela. Por ejemplo la escena cuando están tirando los cadáveres al camión de basura y la gente empieza a decir: “trátenlos con cuidado, que ellos también sienten”;  esa es una ternura y un amor que también pasa por unos lugares muy distintos. Claro, la relación de amor más clara y evidente que es la del papá y el hijo, que pasa por lo romántico, y lo romántico no debe limitarse a lo que entendemos convencionalmente como pareja, porque la relación de ellos está llena de muestras muy efusivas de amor: hay un cariño muy físico, se la pasan abrazados. Es su amor.


Portada de Un mundo huérfano, de Giuseppe Caputo, Literatura Random House 2016.


Ese amor filial (entre padre e hijo) roza ciertos límites, es un amor de veneración, de dependencia, casi erótico.¿Cómo hizo para mantener ese equilibrio?


Evidentemente hay una ambigüedad pero es una ambigüedad que se resuelve por ejemplo en una escena en la que el hijo se quita la ropa y queda en calzoncillos en la cama, pero cuando pasa eso es porque no tienen otra cama, y hace mucho calor, o sea: no tienen otra opción. Además, es una novela sobre los hombres: están el padre y los amantes en el capítulo de la Ruleta; quizás en esos hombres sí hay una canalización de ese erotismo, una sublimación de ese deseo, de ese tabú, o quizá no, digamos que no, y ahí radica esa ambigüedad. Por eso  también en la Ruleta pensé en hacer una reescritura del Mito de Ícaro con el tema del laberinto, con el sauna, con la ruleta en la que puedes hundir la flecha y pasarte a otro pasillo.


La sexualidad, aunque no se menciona, está presente desde una amplia gama de situaciones en la novela.¿Cómo se entiende lo queer en ella?


Lo queer pasa por muchos lugares o lugares distintos a la identificación con el deseo o con la orientación sexual. Puede pasar con el tiempo, con la manera como nos relacionamos con él: como lo no normativo, lo inclasificable, lo que se sale de lo usual. Los personajes de la novela viven en un tiempo sin agendas: no trabajan convencionalmente, no tienen que cumplir horarios, un orden lógico, nada que los defina. Y en ese sentido la novela puede ubicarse en un tiempo anterior y posterior a la sigla Lgbti. Un tiempo en el que la identidad realmente pasa por otros matices.


También hay momentos de ternura en ella: de tolerancia por parte del padre, que nunca juzga a su hijo ni le recrimina nada…


Sí, es cierto. Por eso quise trabajar en la novela una masculinidad distinta. Para el papá no es un problema el comportamiento del hijo ni cómo se vista, ni siquiera en el momento de la masacre cuando le dice: “Yo salgo por comida, quédate tú”, que ya pasa por el cuidado y no por un sentimiento avergonzante. A veces cuando me preguntan cómo veo a Colombia en términos de tolerancia yo lo pienso en términos de linealidad, porque ocurren muchas cosas en varios lugares y al mismo tiempo: el tema del matrimonio, la adopción, las marchas a favor o en contra; ocurren las fiestas, ocurre la solidaridad, ocurre el sexo, ocurre la amistad, la rumba. Sí hay un progreso, claro. Hay más visibilización: pero también esta visibilización ha producido un contraataque. Creo que todo ocurre al mismo tiempo: la masacre y la celebración. 


¿Por qué son tan importantes la luz y la oscuridad en la novela?


Se puede entender la ausencia de luz tanto como algo bueno como algo malo. No creo necesariamente que la luz represente el conocimiento, el placer, lo positivo y la oscuridad represente lo contrario: cosas negativas. La oscuridad en la novela pasa más por la noche que por la oscuridad. La noche en nuestra tradición tiene que ver con la música, por ejemplo. En la Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz el alma pasa por muchos estados de desasosiego, de soledad, de sentirse perdido, y eso se refleja en un capítulo de la novela que es Perderse.  También se encuentra en toda la tradición mística de Jorge Eduardo Eielson, el poeta peruano, con Noche oscura del cuerpo, donde el cuerpo se presenta como lugar de placer y lugar de violencia. Por eso creo que dentro de la noche puede haber una vibración del alma que también es una vibración del cuerpo.


El sentimiento de vacío es recurrente en el hijo, que muchas veces dice: “me vacié o estoy vaciándome”.¿El vacío es parte de esa violencia, de esa oscuridad?


En medio de toda esa orfandad económica, social, religiosa, siempre tienen un ancla en algo, una esperanza en algo que siempre se va. El papá y el hijo son un apoyo mutuo el uno al otro: hablar y estar juntos matiza esa sensación. Ese vacío también significa que estás pasando por un momento que te condena a un presente, un presente inconsciente de otra cosa, o, al contrario, un presente demasiado consciente de lo que está pasando; entonces cuando se vacía eso sólo existe lo que está ante tus ojos y no hay nada más.


Y también están la orfandad, el dolor, la soledad…


Hay una orfandad social que pasa por esa desigualdad que también se ve en el juego de las luces, de los faroles. En ese sentido la luz representa un poder y la ausencia de la luz la desposesión en una ciudad costera que es la ciudad de la novela (que está inspirada en mi Barranquilla natal). Que se vaya la luz es un drama y no sólo porque se oscurece el paisaje sino porque se puede dañar la comida, no puedes hacer nada, muchas cosas vitales dependen de esa luz, y entonces desaparece lo que entendemos como civilización. Pero también hay una orfandad familiar porque el hijo es el papá del papá, el hijo es joven, no tiene a nadie quien lo cuide. Y a la vez hay una orfandad religiosa que se manifiesta en la búsqueda de una narrativa que los vincule a algo y el personaje de Olguita manifiesta eso. Ella tiene una red de seguridad que es su fe. La orfandad se multiplica en todos esos lugares. 


Hay un asunto con la vejez muy presente en la novela: la vejez entendida como deterioro pero a la vez como posibilidad en otros (en otros posibles amantes y  padres para ese hijo)¿Cómo se entiende la vejez en ella?


Por ahí también pasa la compasión entendiéndola como mirar al otro y entender que el deseo no merma, y en eso radica el gran fracaso que siente el protagonista en esa escena cuando ve al anciano en el sauna: al verlo a la espera de que alguien esté con él, el protagonista se imagina tocándolo, haciéndole un gesto y que ese gesto le activa el deseo, pero ese deseo a la vez le produce aversión. Yo creo que ese conflicto es fundamental: es un temor, también, a hacerse mayor. 


Las palabras, el ritmo, la estructura son muy importantes en la novela.¿Supuso mucho esfuerzo encontrar ese tono?


Quise que el lenguaje fuera muy a tono con lo que estaba contando. El ritmo es muy importante para mí. También quise que se reflejara ese lenguaje como una herramienta política: la escena de los policías y la gente protestando, por ejemplo, es muy clara al mostrar las complejidades de las relaciones entre ese dolor y la violencia ejercida por las palabras. 


¿Cuáles fueron sus referencias a la hora de escribir esta novela?


Diamela Eltit, por ejemplo, que es la profesora de mi vida.  Estuve con ella en un taller en Nueva York  y definitivamente me cambió la manera de ver la literatura, de entender la escritura, de relacionarme con la lectura, así que posiblemente ella esté por allí. Para mí la poesía es muy importante. Las dos poetas que abren y cierran el libro, Marosa Di Giorgio y Alda Merini, son esenciales para mí porque están en un diálogo permanente con la mitología católica. De Colombia admiro a Fernando Vallejo, a Tomás González, a Evelio Rosero, a Marvel Moreno, a Piedad Bonnett, a Laura Restrepo, en parte porque trabajé mucho tiempo como jefe de prensa de Alfaguara y leí tanto entonces que pienso que todos esos años de lectura tienen que estar por algún lado, aunque no sea plenamente consciente. James Baldwin me encanta, tiene un libro que se llama El cuarto de Giovanni, y también Andrew Holleran, con El danzarín y la danza; ambas novelas entendidas como novelas queer. Y Felisberto Hernández, por supuesto, que es mi ídolo y que como casi todos los buenos escritores uruguayos han sabido construir mundos singularísimos y fascinantes. 


El mar es muy importante para los personajes del padre y el hijo.¿Qué es el mar?


El mar es dios y la ausencia de dios. Es el proveedor, el dador, la promesa de felicidad. Pero como todo dios, puede quitarte lo dado. Ahí reside su poder. Por eso el espíritu de la novela juega con esa ambigüedad también.