La escandalera

Autor: Dirección
1 diciembre de 2018 - 07:36 PM

Esa lógica de la irrupción sin permanencia, de la retransmisión sin seguimiento, ha hecho sucumbir la que inspiró al periodismo como actor de la vida pública y guardián de la democracia

Medellín

En los años ochenta, la sociología de la comunicación adhirió a la teoría de las realidades fragmentadas que defendieron importantes filósofos. A partir de allí, esa ciencia acuñó, además, la tesis de la existencia de una realidad socialmente construida por los medios de comunicación; una idea que renunciaba a la pretensión de que los medios periodísticos fueran espejos de la realidad y aceptaba, entonces, que, más bien, eran forjadores de la que se entiende como la realidad social o común: aquella que compartían la opinión pública -versión de aquel tiempo sobre la que hoy reconocemos como sociedad participante-, el poder, y los medios de comunicación. El hallazgo reconocía en el periodismo dos capacidades, a la vez que obligaciones, la de indagar en la realidad para descubrir lo que debiera ser conocido por todos y la de construir agenda pública con independencia y libertad. También, el descubrimiento abrió debates sobre si esos temas y agendas debieran ocuparse de los temas importantes para el devenir de la sociedad (interés público) o si tuvieran que dedicarse a los atractivos para la gente (interés del público); tales discusiones, sumadas al reto de la supervivencia para unos y el anhelo de ganancias para otros, han sido fuente de profundas transformaciones de los medios de comunicación y el periodismo.

Lea también: De derechos y libertades

La sociología de la comunicación no ha modificado substancialmente los conceptos sobre realidades múltiples y realidades socialmente construidas. Lo que sí ha cambiado, y muy profundamente, son las realidades. Entre las que más variaciones ha tenido está la realidad socialmente construida, que ha sido transformada por la agresiva irrupción de redes sociales que cambian las lógicas de la razón pública por la indolencia de ciudadanos que sienten que ya no son sólo espectadores porque han derivado en ligeros comentaristas, sin conocimiento de los hechos -a veces hasta con información precaria- y sin intención de hacer seguimiento a los asuntos a los que asoman. Ya no son diletantes, son líquidos, a la manera de las sociedades contemporáneas descritas por Bauman. Esa lógica de la irrupción sin permanencia, de la retransmisión sin seguimiento, ha hecho sucumbir la que inspiró al periodismo como actor de la vida pública y guardián de la democracia.

De su interés: Por la libertad

En sus nuevos ámbitos y modos, los medios informativos mantienen las condiciones que los hacían objetivo de las críticas de los sociólogos, en especial aquella que les ha señalado su acoplamiento a los poderes político y económicos, con el consecuente alejamiento de otras realidades y el ocultamiento o minimización de verdades que afectaban a las mayorías. Sin haber logrado capacidad de ver aquellos hechos, personajes y situaciones sin habilidad para hacerse visibles, muchos de estos medios han sucumbido a la mercantilización, frivolidad y superficialidad que caracteriza sus redes sociales.

Además: Educar para la comunicación y las redes sociales

En Colombia, la realidad que nos toca, y el mundo, del que nos llegan avisos intermitentes, la realidad socialmente construida se está forjando con el espíritu mercantil de medios informativos e influenciadores en redes sociales. Ella se forja con impactos que se suceden unos a otros, con el afán de mantener atentos a espectadores-consumidores-clickeadores que pueden despistarse ante la aparición de cualquier nuevo hecho más impactante por novedoso o insólito. Esa condición crea una enorme distancia entre la realidad publicada y la realidad verdadera, que debe resignarse a la oscuridad. Inmersos en la lógica del espectáculo, medios y redes alimentan escándalos que se suceden, tapándose unos tras otros, como lo muestra el infográfico en nuestra contraportada, con la garantía para los responsables de que ese constante pasar las páginas los somete por un momento al escarnio público pero les garantiza que no serán inquiridos realmente, que podrán escabullir preguntas y sobrevivir a investigaciones en las que nunca se pone punto final.

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Atado a los impactos y los escándalos, el periodismo se ha resignado a ir tras las redes sociales o los provocadores de esos espectáculos. En su carrera, relegó la más importante delegación recibida de la ciudadanía en la sociedad de masas, la de preguntar al poder. Su renuncia empezó cuando concedió entregar cuestionarios para que sean contestados por escrito, perdiendo la capacidad de interpretar o interpelar al interlocutor; hoy es peor, pues se está resignando a reproducir comentarios que los protagonistas hacen en sus redes sociales, como lo está haciendo el usualmente solícito a los periodistas Gustavo Petro, oculto tras las revelaciones sobre la recepción a un particular de gruesas sumas de dinero. Un periodismo que no interroga a los protagonistas, que evita preguntas incómodas, que se resigna a ir tras las redes sociales, apenas comentándolas, ha dejado de cumplir su función social, de responder al sueño de sus inspiradores.

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Tras los debates por las manipulaciones al electorado mediante noticias falsas y otros artilugios, por Cambridge Analytica, y por la abundancia de falsedades en redes sociales, el periodismo alcanzó a soñar con su renacer. Pasada, también, esa página, queda la lamentable del sometimiento de muchos medios de comunicación a la lógica y vaivenes de las redes sociales.

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