Héroe silencioso

Autor: Lázaro Tobón Vallejo
20 septiembre de 2018 - 12:02 AM

Me despedí de mi hermana con un simple adiós, en la seguridad de que no nos volveríamos a ver más.

Colombia no ha sido ajena a la migración de ciudadanos provenientes de un mundo diverso. Muchos de ellos, convirtieron nuestro país como su segunda patria, se arraigaron y fundaron familias que le han aportado o aportaron durante su estancia en nuestro territorio un grano de arena en el desarrollo en todos los ámbitos de la actividad humana, incluso, teniendo la oportunidad de quedarse en las ciudades capitales, decidieron continuar su andar y establecerse en pequeñas ciudades o municipios. Muchos son ellos, que merecen ser recordados por sus ejecutorias, en antonomasia a los patrones del mal, que las productoras de televisión se han encargado de poner en los pedestales de los falsos dioses.

 

Hoy hablaré de uno de ellos, don Antonio Zulaica Muñiz, (Ujo, España 1902 – Rionegro, Antioquia, - 1970). Médico de profesión, llegó a Rionegro – Antioquia durante la Guerra Civil Española. Él escribió en el año de 1966 sus memorias, un legado de vida dejado a sus hijos, qué perfectamente podría convertirse en una novela histórica sobre los hechos acaecidos en el territorio español, y como lo dice él:

 

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“Lo que se relata es simplemente un reflejo de cuanto tuvo conmigo algún contacto, en riguroso sentido personal, producido por las alternativas ineludibles a las que había que someterse sin ahondar en las causas.

 

La suerte y la casualidad me colocaron entre las filas republicanas, que en verdad poco significaban en los episodios guerreros y quizás ni en los políticos, que iban dirigidos, es fácil que torpemente, por quienes esperaban llevar a término sus programas bien distintos de los de la República. Pero mi condición de republicano me ayudo a moverme con soltura y pocas veces contra mi voluntad en una guerra que se vino, cumplió y terminó por manos ajenas a las republicanas que eran las más prudentes y sensatas, pero que se vieron obligadas a entregarse a las fuerzas más combativas.

 

El inicio: 20 de julio de 1936, relata lo que estaba pasando en Gijón: “De madrugada el lunes, me despertaron los disparos y estallidos de alguna bomba. Salí a la calle. Supe que el regimiento de Simancas, que tenía por cuartel el edificio donde yo viví seis años interno durante el bachillerato, se había sublevado y salió a la calle con el ánimo de apoderarse de los centros de mando y comunicación. Mas los sindicatos, bien organizados y al tanto de los hechos, hicieron frente a los soldados que se vieron obligados a refugiarse en su cuartel. La primera envestida en Gijón había fracasado y fracasaría durante 15 meses…”

 

En una fascinante historia don Antonio Zulaica Muñiz, relata como le tocó ser médico de guerra, sortear una gran cantidad de momentos aciagos para su integridad personal.

 

Primera huida: “La situación militar del norte de España en el mes de octubre era angustiosa. Se habían perdido San Sebastián, Bilbao, Santander, y Asturias estaba prácticamente cercada. El día 20 las baterías falangistas situadas a unos 15 km. de Gijón se preparaban a hacer fuego sobre la ciudad. No quedaba otra solución que resistir, lo que parecía vano o aprovechar el mar para ponerse a salvo. La mañana de ese día de otoño fue hermosa, clara y tibia. A las diez una bandada de aviones bombardeó la ciudad despiadadamente, incendió los depósitos de gasolina, y tocó los submarinos y el destroyer, sin hundirlos pero inutilizándolos. El desconcierto fue total. Una angustia muda latía en cada persona. El final había llegado. No cabía sino esperar…

 

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Me despedí de mi hermana con un simple adiós, en la seguridad de que no nos volveríamos a ver más. Ni el fin de la guerra ni su salud precaria permitían hacerse mejores ilusiones. Fue el momento más doloroso de toda la contienda. Mi hermana, casada, sin hijos, había sido para mí segunda madre. Murió poco después de mi llegada a América, santamente como había vivido. Es tormento sin consuelo separarse para siempre de ser tan querido, sin poder darle un abrazo. Pero así tenía que ser y así fue.”

 

Huyó de España, porque era candidato a ser fusilado por los franquistas: “Escribí a mi hermana y cuñado que residían en Medellín Colombia contándoles mis aventuras, menos azarosas de lo que podría pensarse, afirmándoles que no volvería a España donde de seguro me esperaban muchos meses o quizás años de cárcel por el grave delito de no ser falangista…”

 

Corría el año de 1939, cuando don Antonio inició su periplo hacia la tierra americana. Entró a Colombia por Bocas de Ceniza, pero se radicó en Rionegro. Allí se dedicó al ejercicio de su profesión, también fue profesor en el Liceo. Cuentan quienes le conocieron que recorría las veredas del municipio y de municipios vecinos en largas jornadas a caballo para visitar sus pacientes o hacer brigadas móviles de salud, apeado con el maletín de médico y con algunos acompañantes, algunos de ellos, también médicos.  Quienes aún recuerdan a don Antonio Zulaica Muñiz, le siguen admirando por su don de gentes y, sobre todo, por ser liberal no el sentido político, sino desde la perspectiva de la equidad social ejercida desde la medicina que impregnó en su andar por las tierras del oriente antioqueño.

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